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Sobre la memoria, con mucha teoría y tono monocorde
Paradójicamente, en un film sobre los recuerdos, el autor de «El circuito de Román» olvidó otros films vinculados a científicos y teorías que lo hubieran ayudado, como «Mi tío de América», de Resnais.
En dos momentos (que tal vez sean uno solo) de este film chileno-argentino, un investigador explica a sus alumnos cierta idea sobre el funcionamiento de la memoria. Lo hace mediante una vaga anécdota futbolistica, el recuerdo de un partido cualquiera. Conviene prestarle atención, así como a los aportes que luego hace otro estudioso, porque por ahí van ciertas claves de la película. Cuando recordamos, ¿qué parte recuerda exactamente algo, y qué parte recuerda que recordamos algo, y qué parte nos asocia ese recuerdo con otro, o con momentos imaginados, o con pensamientos propios o ajenos sobre algún aspecto que se evoca, varía todo eso, y lo hace desvariar? Antiguos poetas, pensadores de distintas disciplinas, psicólogos, divagantes de café, han especulado sobre tales asuntos de la mente en los que suelen meter baza el corazón y la conciencia.
El investigador de marras ha vuelto a la Universidad que lo vio desarrollarse, y donde a los 27 años causó admiración con la publicación de una tesis sobre la «migración cortical» de los recuerdos. Pero ya las revistas científicas de peso no le publican sus nuevos trabajos, los colegas lo tratan como si se hubiera ido a Sevilla y no le dan el lugar que pide, ni la época ni su estado de ánimo lo favorecen. Para colmo sufre cuestiones de doble autoría y un balance amoroso poco favorable.
Con estos elementos, el debutante Sebastián Brahm (sin «s» final) expone ciertas mezquindades del ambiente científico y universitario, el cansancio físico y espiritual del hombre, la distancia entre la joven promesa y el profesional frustrado que llega a dudar del valor de sus primeros logros. El problema es que el autor expone todo eso en sordina y mayormente a través de diálogos desapasionados. En muy pocas ocasiones mueve un poco la acción, y se anima a jugar cinematográficamente combinando las teorías con la propia vida del personaje. Cuando lo hace, sale ganando, por ejemplo con una escena de cama donde se suceden una novia a cada lado, bien ilustrativa de la teoría expuesta.
Paradójicamente, en una obra sobre los recuerdos, el autor no ha recordado algunas películas vinculadas a científicos y teorías científicas que lo hubieran ayudado, como «Mi tío de América», de Resnais, o «Imperativo» y «El factor constante», ambas de Krzysztof Zanussi, obras llenas de nervio, sentimientos, y claridad expositiva. En cambio, parece que prefirió recordar, y seguir, algunos ejemplos recientes del llamado Nuevo Cine a ambos lados de la cordillera, donde todo es monocorde, medio malhumorado, solo para entendidos y de explicación mayormente verbal.
Se nota que Brahm tiene capacidad. Esperemos la próxima. Dato al margen, la participación argentina: Julia Martínez Rubio («El hombre robado», «Todos mienten», «Castro»), acá desaprovechada, Pepe Salvia, coproductor («Buenos Aires 100 kms.», «El último verano de la Boyita»), Andrés Tambornino, edición, Martín Grignaschi, sonido.
P.S.

