Aunque también con momentos entretenidos, la más espectacular que imaginativa nueva «Transformers» a veces hace temer que tanta explosión y pelea robótica haga mal a la cabeza.
«Transformers 2» («Transformes 2 Revenge of the fallen», EE.UU., 2009, habl. en inglés). Dir.: M. Bay. Int.: S. LaBeouf, M. Fox, J. Duhamel, T. Gibson, J. Turturro, I. Lucas, R. Wilson.
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De algo se puede estar seguro: nadie va a salir de ver «Transfomers 2» pensando que le falta acción, y tampoco se puede poner en duda la generosidad de Michael Bay -y su de su coproductor, Steven Spielberg- al momento de dosificar las escenas de luchas entre robots gigantes a lo largo de sus dos horas y media de proyección.
Sin embargo, bien promediada la película, el espectador empezará a preguntarse si esta catarata de metal retorcido que fluye como lluvia cromada desde la pantalla no terminará haciéndole mal a la cabeza. Ahora, si bien es cierto que el abuso hace daño y la sobredosis de super-acción robótica es un hecho innegable, esto no es un verdadero problema en sí mismo, aunque obviamente los increíbles efectos especiales necesarios para concebir semejantes imágenes ya no sorprenden como en el primer film -salvo, quizá, la excepcional batahola en Shanghai con la que empieza esta secuela, una pieza de celuloide auténticamente explosiva.
El verdadero problema no son tanto los robots que aparecen en la pantalla como los humanos robotizados trabajando detrás de la cámara. Especialmente los vinculados con un guión y una dirección demasiado mecanizados hacia la ultima hora de película, adoptando todos los conocidos atributos de un film en piloto automático que supone que su eficacia se mide por la cantidad y tamaño de sus explosiones y las intrincadas animaciones digitales necesarias para dar vida a los impresionantes robots buenos y malos que luchan por condenar o salvar a la raza humana.
El guión tiene un cambio importante respecto del film anterior, que tenía una veta de homenaje paródico al género de las grandes producciones de ciencia ficción sin salirse del esquema de película descerebrada de Transformers. Esta vez en cambio no hay una línea demasiado desarrollada en este sentido, y lo que sí se nota es el énfasis para volver más fuerte la violencia, que igual que las magníficas locaciones arqueológicas en Jordania y Egitpo, por momentos alcanzan dimensiones épicas, incluyendo algunas escenas que recuerdan al «Armagedón» de Michel Bay.
Dada la mayor iutensidad y crudeza de todo el asunto, la trama sobre Shia LaBeouf y Megan Fox encontrando una astilla del monstruo del film anterior olvidada por error, y por ende convertidos en el principal objetivo de la raza de robots malos, ahora tambien hay una mayor cantidad de chistes guarros y elementales, pensados para distender un poco las cosas. Salvo algunos momentos divertidos -y algunos muy sexies cuando están protagonizados por Isabel Lucas- lo cierto es que el humor minimalista no es muy eficaz, y en cambio funciona como desalentador anticlimax de las secuencias más fuertes.
Entre los chistes malos y la sobredosis de luchas robóticas del final de la película, elaboradas con más espectacularidad que imaginación, lo que equilibra las cosas son detalles como la excelente actuación de John Turturro (un ex agente renegado ahora convertido en un paranoico experto en estos robots) y la genuina fascinación que provocan los Transformers, que aparecen aquí en toda la gama de diseños posibles y que, por sí mismos, son la verdadera justificacion para ver este megaengendro en la mejor tradición del Hollywood del siglo XXI.
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