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Sus huellas en el cine
Mucho después, el más difícil, un trabajo a ocho manos con él, Alberto Cabado, Horacio de Dios y Daniel Mallo, para el documental «¿Ni vencedores ni vencidos?» (A. Cabado y Naúm Spoliansky, 1970), el primer documental que intentó una historia objetiva e imparcial de la Argentina del siglo XX, con el peronismo incluido. El gobierno de entonces lo prohibió, al menos por unos meses.
Además, están los dos destacables acercamientos de su hijo Mario a su novela «Sobre héroes y tumbas». Primero, el corto semificcional «El nacimiento de un libro» (1963), con Egle Martin y Ernesto Bianco actuando algunas páginas. Luego, «El poder de las tinieblas» (1979), con Sergio Renán, adaptación del capítulo «Informe para ciegos» que inquietó a la censura de su época. También aparte, los malos acercamientos españoles a «El túnel», en versiones de José Luis Cuerda (1977) y Antonio Drove (1988), rodada en inglés con Peter Weller y Jane Seymour. Y varios cortos, de autores variados desde México y España para abajo.
Sabato participó además en el texto del corto «Gotán» (1963, Ricardo Alventosa), el mediometraje «Buenos Aires, tercera fundación» (1980, Clara Zappettini), y los documentales «Evita, quien quiera oír que oiga» (Eduardo Mignogna, 1983), sobre Eva Perón, y «Al corazón» (1996), de Mario, sobre el tango en cine. En los últimos años algunos registros de su vida, mayormente para televisión o circuitos culturales, pero fue su hijo, quien hizo la más hermosa y sentida biografía que podía esperarse: «Ernesto Sabato, mi padre» (2009). Una obra realmente buena, que a más de aplausos logró lo que ninguna otra película: a la salida el público estrechaba la mano del autor, diciéndole «Un abrazo a su padre», «Un beso a su padre». Pero el hijo tenía un motivo adicional de alegría: «Este film deja testimonio público de la voluntad de mi padre, de ser velado en su club de barrio, allá en Santos Lugares», dijo al momento del estreno. «Así nadie insistirá en velarlo en el Congreso, y nos libraremos de figurones en el cortejo». Una profecía cumplida.


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