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Taganga, puestas de sol y arepas caseras
El atardecer siempre luce especialmente mágico en el pueblo de Taganga.
A pesar de su cercanía con Santa Marta, la ciudad más antigua de América del Sur, en esta pequeña localidad de apenas 3.000 habitantes el tiempo no pasa. Las calles son aún de tierra y arena, y quienes la pueblan se pasan sus horas entre las redes y el mar. Es precisamente por esta condición agreste -los hospedajes juveniles son apenas un puñado y la mayoría son atendidos por extranjeros- que Taganga es rincón de aventureros que se despojan del lujo para vivir el auténtico Caribe colombiano, entre arepas caseras y fantásticas puestas de sol.
En Taganga la rutina turística comienza a la mañana temprano, cuando los residentes alistan sus embarcaciones para atrapar cardúmenes y los viajeros atraviesan los senderos repletos de cactus y acantilados en búsqueda de playas solitarias en las cercanías (para los holgazanes siempre habrá una lancha disponible para llevarlo a destino). Además de silencio, estas costas atesoran en sus aguas un nutrido espectáculo de naturaleza marina. No por casualidad esta región es una de las más recomendadas del mundo para las actividades acuáticas.
Taganga es un paraíso resguardado que todavía se resiste a la explotación masiva y que mira de reojo cómo a apenas kilómetros brotan los grandes complejos turísticos. Sin duda, un escondite perfecto para respirar pureza.


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