El feriado permite hablar un minuto sobre promesas incumplidas. En primer lugar está la cuestión laboral, un tema que se ha vuelto clave -al menos de la boca para afuera- para las decisiones (sobre tasas) de la Reserva Federal. Cuando Barack Obama asumió hace cuatro años la desocupación era del 7,8% de la fuerza laboral (la subocupación, el 14,2%). Su promesa en aquel entonces fue que con el paquete de medidas económicas que aprobó el Congreso, él lograría que la desocupación nunca superara el 8% y que a fines de su primer mandato se colocase debajo del 5,2% (sin el paquete, la proyección era una suba al 9% y una caída al 5,5% para diciembre último). La historia muestra que la desocupación trepó al 10% y que estuvo 43 meses seguidos encima del 8%, colocándose al final del periodo en el 7,8% (la subocupación en el 14,4%). Estos números no incluyen a 1.100.000 norteamericanos que abandonaron la búsqueda de trabajo y a 1.700.000 que se acogieron al seguro de incapacidad, abandonando la «fuerza laboral oficial». La otra gran promesa de Obama fue reducir el déficit del Estado a la mitad para cuando terminara su primera gestión, habiendo acusado a George Bush de irresponsable y antipatriota por incrementarlo u$s 4 billones en ocho años. Por algún motivo el presidente parece haber olvidado también esta promesa y en apenas cuatro año el déficit creció más de u$s 6 billones, en tanto se agregaron más de u$s 5 billones a la deuda pública (ningún presidente estadounidense hizo crecer tanto el déficit y al deuda -en términos nominales y porcentuales- como Obama), generando los problemas políticos que tanto venimos mencionando últimamente (precipicio fiscal, límite de deuda estatal, etc.). Como el primer presidente en más de un siglo reelegido con menos votos que en el primero, ¿confiamos que cumpla con sus nuevas promesas?
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