6 de octubre 2011 - 00:00

Temor radical por la gran explosión del 24 de octubre

En el radicalismo ya se habla de ese día como el «big bang». Temen algunos, y prometen otros, que el 24 de octubre -cuando haya terminado la clásica tregua en la interna que rige sobre toda campaña electoral nacional, el debate por el futuro de la UCR y su conducción- el estallido por la pelea entre dirigentes termine con el radicalismo tal como se lo conoce hoy.

La conducción del mendocino Ernesto Sanz supo mantenerse hasta ahora bastante lejos de los problemas que presentó no sólo el resultado de las primarias abiertas del 14 de agosto, con poco más del 12% de los votos que decepcionaron a toda la militancia, sino también de la errática campaña de Ricardo Alfonsín y los incontables fallos en la estrategia que terminaron alimentando al Gobierno y al resto de los opositores.

Pero nada indica hoy que Sanz esté en camino de armar una fuerza suficiente para renovarse en la presidencia de la UCR ni que tenga intención de hacerlo a partir de diciembre.

En el horizonte aparecen otros problemas. La relación entre el Comité Nacional y las provincias no pasa por su mejor momento, todo lo contrario. Cualquier radical oficialista argumentará en contra de este razonamiento. Está claro que en las reuniones del Comité Federal no se debaten los planteos que luego muchos dirigentes hacen públicos en sus provincias a la hora de salvar las listas de diputados y senadores.

Estrategia

El propio Alfonsín llegó, durante una visita el miércoles de la semana pasada a San Juan y a Santa Fe, a utilizar la misma estrategia, aunque fuera en su contra: «Que voten a quien quieran, y si no me quieren votar, que no me voten, pero a nivel local cambien su voto y beneficien a los candidatos radicales», dijo. Ayer lo relativizó. Es sólo una muestra; la decisión de ayer la UCR de La Pampa completa el panorama.

Frente al esmeril que significó el resultado electoral y, sobre todo, una campaña que no termina de encontrar un perfil, en la UCR comienzan a aparecer opciones, ninguna de ellas simple.

La baja de acciones en el Morena (el movimiento que apoyó como estrategia la candidatura presidencial de Alfonsín, la fórmula con Javier González Fraga y finalmente bancó el acuerdo con Francisco de Narváez una semana después de que el propio candidato dijera que la alianza con Hermes Binner era crucial) tiene como contrapartida una serie de triunfos en las UCR locales que aún no están articulados.

Si se pregunta por estos días en la UCR qué dirigente puede estar en condiciones de tomar en sus manos la reconstrucción de un radicalismo que quedará seguramente en una situación demasiado complicada después del 23 de octubre, las respuestas apuntan a Córdoba y a Mendoza.

No existe hoy siquiera el radicalismo K, que entró a la Concertación de la mano de Julio Cobos. Esa opción hubiera significado caer directamente en manos del kirchnerismo, pero ni eso puede ser. Todos los radicales K perdieron en sus provincias, quedaron fuera del juego político por la propia interna de la UCR, como le sucedió a Cobos, o simplemente fueron políticamente molidos por el propio kirchnerismo al que murieron abrazados.

De ahí que el triunfo de Ramón Mestre en Córdoba capital o el de Víctor Fayad en Mendoza (apelando directamente a voto cristinista) aparecen como una primera muestra de los que sobrevivieron. Quedan a la espera de los resultados de Roberto Iglesias, por ejemplo, o de las listas de diputados y senadores. De allí pueden surgir otros emergentes que den alguna respuesta a los centenares de sufridos intendentes radicales que son quienes realmente sostienen el partido. Son esos 600 del aviso que buscarán ahora un líder.

El problema es que ellos tendrán, como les sucedió a los gobernadores de la UCR captados por el poder K (casi todos), que manejar territorio y fondos. Se sabe que ningún radical en esa posición pudo resistir la seducción de la Casa Rosada. Nadie garantiza, entonces, que el peligro de un nuevo radicalismo K (claro que con otros protagonistas) no esté rondando el partido, aunque esta vez con la intención directa de sentarse en el sillón de la calle Alsina.

Rubén Rabanal

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