19 de junio 2015 - 00:00

“Tempestad”, más cerca de la fábula que de la alegoría

Sturua no se compromete a fondo con los conflictos de “La tempestad”, de la que sólo quedó una apretada sinopsis argumental para ser leída más como una fábula infantil que como la alegoría que se desprende del texto original.
Sturua no se compromete a fondo con los conflictos de “La tempestad”, de la que sólo quedó una apretada sinopsis argumental para ser leída más como una fábula infantil que como la alegoría que se desprende del texto original.
"La tempestad", de W. Shakespeare. Dram. y Dir.: R. Sturua. Int.: Teatro Et Cetera de Moscú. Vest. y Esc.: G. Aleksi-Mesjishvili. Ilum.: G. Filshtinsky. Efectos de ilusión: A. Krasilnikov. Mov. plásticos: A. Droznin. Video: K. Vorobiev y P. Schelkanov. (Teatro San Martín.)

El mar rugiente, la tormenta, el estallido de los rayos blanqueándolo todo reproducen con vitalidad operística la irrefrenable necesidad de venganza del sabio y estudioso Próspero. Con su magia, el exduque de Milán consigue que sus enemigos naufraguen y lleguen a la isla en la que él pudo encontrar refugio tras su injusto destierro.

Estos fenómenos ilusorios que despliega el anciano adquieren en la puesta de Robert Sturua un notorio protagonismo. Al comienzo, es como si atravesaran la caja escénica reavivando cierto temor atávico en el espectador. Pero luego el intenso despliegue de transparencias y colores más las impecables proyecciones en video transforman al espectáculo en una subyugante instalación de imagen, luz y sonido.

Es sabido que el director georgiano entabla una relación muy pasional con los textos que dirige. El año pasado montó en el San Martín "El luto le sienta bien a Electra", donde prácticamente jibarizó el libro de Eugene O'Neill y hasta se burló de su carácter melodramático con ingeniosa malicia. Su versión de "La tempestad" no polemiza con Shakespeare. Tampoco se apropia ni se compromete a fondo con los conflictos de la pieza, de la que sólo quedó una apretada sinopsis argumental para ser leída más como una fábula infantil que como la alegoría que se desprende del texto original. De esta manera, se le da más importancia a la aparición de la pareja de bufones, Trínculo y Esteban (muy Circo de Moscú), que a los dilemas del protagonista.

Los conflictos se presentan y disuelven sin que medie proceso alguno. Así, Próspero se vuelve piadoso y perdona a sus adversarios luego de ser derribado por un rayo (una experiencia similar hizo que el anticatólico Saulo de Tarso se convirtiera en el apóstol Pablo). Pese a dichas objeciones, la obra mantiene vivo el interés del público y sobre el final ofrece una conclusión, algo sombría, pero certera: la auténtica sabiduría reside en aceptar que los seres humanos no van a cambiar nunca.

Dejá tu comentario