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Testimonio: qué logró la Argentina en Londres
El embajador argentino en Washington, y «baqueano» de Cristina de Kirchner en la cumbre de Londres del G-20, brindó este testimonio sobre lo que -entiende- el Gobierno logró en esa reunión.
Original de la consulta sobre uno de los puntos de la declaración final del G-20 que le envió el premier inglés, Gordon Brown, a Cristina de Kirchner para que aprobase su redacción.
Así terminaron para la Argentina más de cuatro meses de intensas negociaciones, en tres continentes, y que, ahora veo, me llevaron a escribir y recibir cerca de 270 correos electrónicos.
Las instrucciones que Cristina de Kirchner me dio en noviembre fueron precisas. La Argentina pretendía:
1. Reformar los organismos internacionales de crédito.
2. Regular las inversiones financieras, las agencias de análisis crediticio y los paraísos fiscales.
3. Estimular las economías a través del Estado y proteger las fuentes laborales.
4. Financiamiento de exportaciones.
Todos esos puntos forman la esencia del comunicado final y no sólo porque los planteó la Argentina, sino porque los países desarrollados admitieron que las crisis profundas requieren las mismas soluciones. Ahora aplican las políticas que tanta veces nos criticaron.
El espíritu que envolvió el encuentro y del cual no fuimos ajenos fue bien descripto por los tres líderes más buscados por la prensa. Gordon Brown anunció el fin del Consenso de Washington, un eufórico Sarkozy exageró que éste era el acuerdo más importante desde 1945 y Obama declaró a la prensa que «por la magnitud del reto que afrontamos y de las medidas que hemos adoptado, Londres será parte de la historia».
Los dos días previos al encuentro de los líderes, un grupo de 22 delegados (G-20 más España y Holanda) estuvimos negociando casi sin interrupciones en un anexo de la Abadía de Westminster para lograr llegar a un acuerdo. En la sala de reuniones, la misma donde sesionó el Parlamento inglés durante los bombardeos nazis, los años treinta se hacían presentes en cada argumento.
A pesar de su aparente frialdad, el documento deja ver que los traumas de cada pueblo siguen presentes. Inflación, desempleo y colonialismo fueron los grandes temores que sostenían nuestro debate.
La aprensión alemana a los planes de expansión fiscal evocaban los años cuando los marcos necesarios para las compras diarias eran transportados en carretillas. La actitud firme y elegante de su delegado dejaba claro que la China humillada por las potencias extranjeras ya no volvería a repetirse. Y los argumentos de Michael Froman proponiendo nuevos planes de estímulo eran el intento americano de no olvidar a los millones de desempleados de la Gran Depresión.
También el equipo argentino debió recordar su historia. Las ventanas de los bancos ingleses estaban cubiertas por planchas de madera para protegerlas de la ira de los manifestantes ingleses que se sienten tan estafados como los argentinos en aquel explosivo final del Gobierno de la Alianza, en diciembre de 2001.
La Argentina mantuvo reuniones con varios países para aunar criterios sobre las reformas mínimas que exigiríamos al FMI. Si las políticas del Fondo fuesen útiles deberían ser implementadas por todos sus miembros y si no lo son, deberían ser reformadas.
Los ejemplos del desmanejo del mercado por sus agentes pretorianos eran demasiados conocidos por todos y por eso el documento final habla en 14 oportunidades de reformas y regulaciones de los organismos y de los fondos de especulación. Específicamente dice que todos los miembros de las instituciones financieras internacionales deben ser analizados en igualdad de condiciones y con métodos justos. Otro punto importante fue lograr que los directivos del Fondo Monetario y del Banco Mundial deben ser elegidos sin tomar en cuenta su nacionalidad. Ni el Fondo es de los europeos ni el Banco Mundial, de los americanos. Las instituciones representarán los cambios profundos que se han producido en el mundo.
La posición argentina sobre el FMI y el libertinaje económico es tan conocida que en las reuniones bilaterales mantenidas en la reciente cumbre de Chile Joe Biden y Gordon Brown le aseguraron a nuestra presidente que la experiencia argentina sería un punto de inflexión tanto en las reformas de los organismos como en la regulación del sistema financiero y las agencias de análisis crediticio.
Otro paso significativo es el ingreso argentino en el poderoso Consejo de Estabilidad Financiera que hasta ahora sólo lo integraban los países más desarrollados. Con los nuevos miembros del G-20 se democratiza la entidad que regula el sistema financiero global.
Cristina debió intervenir en varias oportunidades para que se respeten acuerdos que ya habíamos cerrado y que volvieron a abrirse en el plenario.
Uno, la eliminación de toda referencia a que el Fondo puede dividir a los países en listas de acuerdo con sus criterios de «buena conducta» hasta que se implementen los mecanismos de reformas acordados en Londres.
Dos, borrar toda mención a la flexibilidad laboral.
Y finalmente, para pedir que se especifique que los fondos para financiamiento de exportaciones debían estar administrados por los organismos multilaterales.
Durante los debates surgieron nuevos temas y otros fueron relegados. En una de las seis conferencias telefónicas que mantuvimos los negociadores antes de llegar a Londres se planteó que los salvatajes de bancos creaban una suerte de nuevo proteccionismo financiero. Era obvia una fuerte transferencia de capitales de nuestros países hacia bancos de Estados Unidos, producto de la solvencia adquirida con los fondos que tomaban del Estado americano. La respuesta llegó en un memo del secretario del Tesoro Timothy Geithner proponiendo aumentar la liquidez global y sostener la demanda comercial con una emisión de 250.000 millones de Derechos Especiales de Giros a ser distribuidos inmediatamente. Seguramente en los próximos meses deberemos resolver cómo regular las actividades de los mal llamados bancos globales que, en definitiva, siempre pertenecen a algún país.
Una cuestión que fue central en la Cumbre de Washington y que en Londres pasó inadvertida fue la Ronda de Doha. Sólo quedó una vaga referencia a la importancia de llegar a un pronto final. La discusión de una cifra que traería la eliminación del proteccionismo fue zanjada cuando un negociador dijo que estábamos discutiendo por una cantidad que no alcanzaba ni para salvar una empresa americana como AIG.
Poco antes de la hora acordada para finalizar la cumbre y mientras Obama, Sarkozy y el premier chino negociaban el tema de los paraísos fiscales, la asistente de Gordon Brown me acercó una nota manuscrita y un mensaje: «Pregunta Gordon Brown si la Presidenta se da por satisfecha con la inclusión de este párrafo».
Cristina había exigido una garantía de que las reformas y las regulaciones se llevarían a cabo. El texto que le ofrecía Gordon Brown es el último inciso del punto 20 y dice:
«Construyendo sobre las revisiones del FMI y del Banco Mundial le pedimos al Chairman que mantenga amplias consultas en un proceso incluyente y nos brinde un informe en nuestra próxima reunión con propuestas para profundizar las reformas que hagan eficiente el nivel de respuesta y adaptabilidad de las instituciones financieras internacionales».
Cuando Brown dio por concluida la cumbre y mientras todos se elogiaban escuché a quien representaba a una de las grandes potencias europeas decirle con una amplia sonrisa al presidente ruso. «¿Te das cuenta? Hace una hora dije lo mismo que después dijo Obama y mientras a él lo aplauden a mí nadie me prestó atención».


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