Todo autor tiene, como en la escritura, un estilo sentimental

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Hay romances clandestinos o públicos y notorios que provocan curiosidad, más aún si tienen como protagonistas a figuras como Jorge Luis Borges o Roberto Arlt. Daniel Balmaceda reúne a varios de los más destacados en su libro "Romances argentinos de escritores turbulentos", que acaba de publicar Sudamericana. Balmaceda es periodista graduado en la Universidad Católica. Es autor de, entre otros libros, "Espadas y Corazones", "Historias inesperadas de la historia argentina", "Historias de corceles y de acero", "Romances turbulentos de la historia argentina". Dialogamos con él.

Periodista: ¿Su libro no se debería llamar "Romances turbulentos de escritores argentinos" en vez de "Romances argentinos de escritores turbulentos"?

Daniel Balmaceda:
La primera impresión es ésa, pero no todos los escritores son argentinos, los romances son argentinos. Es el caso de Saint-Exupéry, de Horacio Quiroga, de María Luisa Bombal que tuvieron relaciones en el país. O como Neruda que, además de aventuras en el país, tuvo una larga relación con una argentina. Antoine de Saint-Exupéry no tuvo ninguna relación con una argentina, pero conoció acá a la salvadoreña Consuelo Suncín, viuda de Enrique Gómez Carrillo, con la que se casó en Niza, en 1931. Estuvieron por casarse en Buenos Aires, pero la boda la interrumpió la Revolución del '30. Saint-Exupéry había tenido algunas otras historias; era muy salidor, de ir al Tabaris, al Armenonville, a bailar a Palermo. Volando para la Compañía Aeropostal de Francia llegaba a Buenos Aires, a la Patagonia y a Santiago de Chile, donde tuvo una novia. Pero cuando conoció a Consuelo fue el flechazo definitivo.

P.: ¿Por qué eligió a escritores muertos para contar de sus amores?

D.B.:
En general trato temas de historia. Del mismo modo que en libros anteriores me ocupé de personas de las que puedo tomar distancia temporal y eso me permite observarlos con más objetividad, en este caso hice lo mismo, por eso busqué ubicarme en el siglo XX. Salvo una relación de Lugones, que es de fines del XIX, todas las demás ocurrieron el siglo pasado.

P.: ¿Considera su libro un anecdotario?

D.B.:
Exacto. En principio iba a separar a cada escritor en un capítulo y recorrer su historia. Después empezó a complicarse porque se entrecruzaban las historias entre ellos. Me pareció hasta más cómodo para el lector masivo que hubiera pequeñas historias que fueran armando un panorama de conjunto. En un momento, Roberto Arlt está con Conrado Nalé Roxlo, después toman camino separados, para volver a juntarse más adelante. En otra forma de relato habria momentos redundantes y no sé si se vería que estaban todos de algún modo en los mismos grupos.

P.: En quien más se interesa, al que le dedica mayor cantidad de notas, es obviamente a Borges.

D.B.:
Cuando dividí en capítulos me di cuenta que Borges se lleva muchísimos. Eso se debe, además, a que él abarca todo el período. Comenzó con sus romances en la década de 1910 y terminó en 1970, en el divorcio de Elsa Astete.

P.: ¿Por qué no siguió con la relación con María Kodama?

D.B.:
Porque creo que no se tomó la distancia suficiente como para tener una mirada objetiva. Cualquier tema que involucre la relación Borges-Kodama genera polémica, hay posiciones muy enfrentadas. Para una mirada desde una perspectiva histórica todavía falta tiempo para conocer detalles, pormenores de esa relación. No me interesaba molestar a María Kodama, ni a la gente que está alrededor de ella, ni al grupo de borgianos que siempre polemizaron respecto a esa relación.

P.: Muchos de los romances que usted cuenta, como los de Borges o los de Arlt, más que turbulentos son tristes.

D.B.:
Hay vidas cargadas de tragedia, como la de Lugones, la de Quiroga, la de Arlt, la de Macedonio con la muerte de Elena. Son tristes y trágicas. Tragedias que terminan transformándose en literatura, que es la forma de canalizar lo sucedido. En cuanto a los fracasados romances de Borges tiene que ver con su personalidad. Borges creía que la relación era más íntima de lo que la mujer con la que salía pensaba. Lo que para él era noviazgo, para ellas era amistad. El hecho de ir a comer con él, salir todos los días, acompañarlo, no suponía para ellas ninguna relación, y para Borges sí. Eso hacía que él se decepcionara con mucha más facilidad, que es lo que le ocurre al enamoradizo. El enamoradizo siempre cree que está ante la relación de su vida. El conquistador va viendo si el vínculo progresa o no, y en qué sentido avanza. Son dos actitudes, como Bustos Domecq son dos personas, Borges y Bioy Casares.

P.: Es conocido el momento en que frente a la actitud romántica de Borges y su propuesta de casamiento, Estela Canto le dice que antes tenían que conocerse en la cama, y él se repliega.

D.B.:
Le costó muchísimo hablarle de matrimonio, y frente a esa respuesta de Estela no supo qué hacer, huyó. La represión que sentía Borges respecto al sexo confrontó con la libertad de Estela en ese sentido. Eran posiciones irreconciliables.

P.: Las anécdotas que usted cuenta suelen ser pudorosas.

D.B.:
En el momento en que tuve que decidir si avanzaba en esos aspectos, me pareció que iba a ser de mal gusto, o que podían desbalancear respecto a otras historias de las que no se conocieran tantos detalles íntimos. Sentí que no hacían falta. Lo que estaba intentando hacer no era enciclopedismo de las relaciones sexuales de los escritores sino abrir una ventana para despertar la curiosidad sobre ellos. La mayoría de las historias son conocidas, son parte de trabajos de biógrafos muy capaces; el de mi libro fue reunirlas y armonizarlas en un mismo relato.

P.: Soslaya aspectos, por ejemplo, de Mujica Láinez.

D.B.:
Me pareció que la relación con Anita valía, como su temprana reunión con Silvina Bullrich, su encuentro con Alfonsina. Esas son las historias que tengo hasta este libro.

P.: ¿Qué historia le impresionó más?

D.B.:
Probablemente, la relación de Horacio Quiroga con Alfonsina Storni. En algún momento esa pareja de talentos podrían haber concretado algo más importante que una aventura, un proyecto sentimental que de pronto se vio truncado. Una mujer como Alfonsina, no agraciada en su belleza pero muy admirada por los hombres, a los que le ponía distancia, y un picaflor como Quiroga que logró que ella le prestara atención. Y ver que tenían una sinergia muy buena entre los dos, y sin embargo, en el momento de la concreción, cuando Quiroga le pide que vaya con él a vivir a Misiones, y ella no va por consejo de Benito Quinquela Martín. Cada uno hace su camino, y los dos eligen finalmente un camino trágico con muy poca diferencia de tiempo. La chilena María Luisa Bombal también tuvo una vida bastante trágica hasta que pudo acomodarla al final alejándose de Santiago, de Buenos Aires, y yéndose a vivir a Estados Unidos.

P.: ¿Cuál le pareció el más aventurero de todos los escritores?

D.B.:
En forma general, Saint-Exupéry. Como conquistadores compiten fuertemente Bioy Casares, Quiroga y Arlt. Eran tres encaradores. Creo que finalmente elegiría a Roberto Arlt, el más apasionado a la hora de la conquista. De los tres, Bioy era el más frío y elegante, en cambio Arlt el más cálido y arriesgado. En general, todos los escritores tienen como en la escritura un estilo sentimental. Ha habido muchos cambios en las formas de las relaciones sentimentales, éste es otro mundo. Pero si bien hoy podemos notar muchos cambios, en el siglo pasado ya se daba lo mismo quizá no de forma tan abierta. Los que se reunían en la casa de Oliverio Girondo era un grupo de gente muy especial, diferente del que se juntaba en la casa de Bioy y Silvina Ocampo, y distinto el que iba los de Victoria Ocampo o a lo de Natalio Botana.

P.: ¿Por qué dejó a algunos importantes escritores muertos de lado? ¿Piensa tratar sobre Marechal, Cortázar, Puig y Soriano en una segunda parte?

D.B.:
En los casos de Marechal y de Cortázar los investigué, los trabajé, y me quedaban afuera en lo que yo buscaba del libro, no terminaban de integrarse al resto de las historias. Lo mismo me pasó con Alejandra Pizarnik. No quería hacer una compilación caprichosa sino que tuvieran alguna hegemonía todas las relaciones. En el caso de Manuel Puig y Osvaldo Soriano no avancé sobre ellos, no estuvieron en mis planes. Eso muestra que todavía quedan historias para contar. No sólo de los que faltan, también de aquellos sobre lo que ya he escrito. Que hay otras recopilaciones posibles de momentos de amor de escritores. Acaso me pase como cuando publiqué "De corceles y de acero", que me quedaron un parn de historias de Manuel Dorrego afuera, que en algún momento aparecerán.

Entrevista de Máximo Soto

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