13 de abril 2009 - 00:00

Un delito lucrativo en un país arrasado

Un delito lucrativo en un país arrasado
Madrid - Olvídese del garfio y la pata de palo. También del romanticismo. Los piratas del siglo XXI son corsarios de la miseria. Pragmáticos que huyen del motín y pasan por caja antes que por la quilla. Que han cambiado el ron por las drogas. Y hace tiempo tiraron por la borda el catalejo para rastrear a sus presas con GPS.

Los herederos de Long John Silver han perdido su aura legendaria, pero han hallado una Isla del Tesoro en pleno continente africano. Un paraíso para el bandido en las playas de un país en ruinas.

En Somalia, ser pirata está de moda. No sólo por el botín (los bucaneros se embolsaron el año pasado 24 millones de euros). Es también cuestión de estatus. Unirse a los corsarios garantiza una suba rápida hacia las cumbres de una sociedad hecha trizas desde que hace 18 años cayó la dictadura de Siad Barre abriendo paso a la ley de la jungla.

La tentación es fuerte para jóvenes criados en la anarquía. «Sin empleo y con pocas posibilidades de alcanzar los 40 en un país en guerra, quienes viven en la costa optan por la piratería», explica Richard Middleton, experto del think tank londinense Chatham House.

En Puntland -región semiautónoma del Norte-, el negocio no sólo se tolera sino que se festeja por el maná que trae consigo. «Es una de las zonas más pobres de Somalia, mala tierra para cultivar o criar animales, afectada por la sequía», asegura el experto. «La piratería ofrece allí una gran oportunidad de hacerse rico».

Millones

Sobre todo, teniendo en cuenta que el dinero de los rescates superó el año pasado en 8 millones de euros el presupuesto anual de la región. «Un somalí viene a ganar 1.000 dólares (800 euros) al año de media, mientras que con los piratas puede embolsarse 20.000 de una vez».

La diferencia es, pues, de 20 a uno frente a oficios de escasa rentabilidad, como el de marinero en unas aguas esquilmadas por los extranjeros: «Muchos piratas son antiguos pescadores que perdieron sus empleos debido a la pesca ilegal y sienten que no se están beneficiando de la riqueza de las aguas de su país».

Quienes faenaban en ellas han optado, pues, por colocarse el parche y poner su desenvoltura en el mar al servicio del crimen. Son el origen de los nuevos bríos que ha cobrado el secuestro de barcos, que comenzó siendo una especie de impuesto revolucionario a los foráneos que se aprovechaban de los caladeros somalíes. Por ello insisten en llamarse guardacostas. Constituyen el cerebro de los ataques, según la BBC. El músculo lo ponen milicianos con décadas al servicio de los señores de la guerra. La tercera pata del negocio son los técnicos, expertos en computadoras, GPS y tecnología militar.

Los piratas son la nueva casta que reina en el caos tras la expulsión en 2006 del movimiento de los Tribunales Islámicos. Nuevos ricos que lucen estatus: «Tienen chalets, coches caros, se casan con las mujeres más lindas», cuenta Middleton. Lo confirma Mohamed Ali Yarow, propietario de una tienda en la localidad de Garowe: «Son mis mejores clientes. Compran ropa y perfumes de marca y no regatean».

Dejá tu comentario