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Un delito lucrativo en un país arrasado

Sobre todo, teniendo en cuenta que el dinero de los rescates superó el año pasado en 8 millones de euros el presupuesto anual de la región. «Un somalí viene a ganar 1.000 dólares (800 euros) al año de media, mientras que con los piratas puede embolsarse 20.000 de una vez».
La diferencia es, pues, de 20 a uno frente a oficios de escasa rentabilidad, como el de marinero en unas aguas esquilmadas por los extranjeros: «Muchos piratas son antiguos pescadores que perdieron sus empleos debido a la pesca ilegal y sienten que no se están beneficiando de la riqueza de las aguas de su país».
Quienes faenaban en ellas han optado, pues, por colocarse el parche y poner su desenvoltura en el mar al servicio del crimen. Son el origen de los nuevos bríos que ha cobrado el secuestro de barcos, que comenzó siendo una especie de impuesto revolucionario a los foráneos que se aprovechaban de los caladeros somalíes. Por ello insisten en llamarse guardacostas. Constituyen el cerebro de los ataques, según la BBC. El músculo lo ponen milicianos con décadas al servicio de los señores de la guerra. La tercera pata del negocio son los técnicos, expertos en computadoras, GPS y tecnología militar.
Los piratas son la nueva casta que reina en el caos tras la expulsión en 2006 del movimiento de los Tribunales Islámicos. Nuevos ricos que lucen estatus: «Tienen chalets, coches caros, se casan con las mujeres más lindas», cuenta Middleton. Lo confirma Mohamed Ali Yarow, propietario de una tienda en la localidad de Garowe: «Son mis mejores clientes. Compran ropa y perfumes de marca y no regatean».


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