Ezequiel Adamovsky: Lo primero que habría que decir es que viajar difícilmente pueda representar lo mismo para todas las personas de sectores medios.
Para algunos seguramente significa la ocasión de conocer, dar lugar a la curiosidad por sociedades diferentes, aprender, ampliar horizontes. Para otros será, antes que nada, una forma más de consumo, con todo lo que ello implica: el placer de acceder a un objeto deseado y la oportunidad de "mostrar" una cierta capacidad económica ante los demás. Finalmente, para muchas personas será una combinación de ambas cosas. No hay dudas de que el viaje al exterior es un marcador de clase muy importante. El viajar marca una diferencia, distingue a quienes lo pueden hacer de quienes no. Y esto vale tanto para los viajes más típicamente recreacionales, digamos, Miami; como para los que aspiran a contenidos de alta cultura, típicamente el viaje a Europa.
V.: Se escucha algunas veces a adultos decir "Ya cumplí, llevé a la familia a Disney...". ¿Viajar a determinados destinos del exterior se tornó un mandato de clase?
E.A.: Como decía antes, no hay nada malo en viajar, ni responde inevitablemente a un mandato de clase. Si no estuvieran privados de la posibilidad económica de hacerlo, seguramente los pobres también viajarían a destinos lejanos. Pero sí es cierto que, desde hace muchos siglos, el viaje se entrelaza con los mandatos de clase, construyendo jerarquías y marcando diferencias. Ya en la antigua Roma realizar viajes extensos era parte de la formación esperada de los jóvenes de la aristocracia. En nuestro país, el viaje a Europa fue un ítem fundamental en el sentido de superioridad que construyó para sí la clase alta desde el siglo XIX. No sólo como parte de la formación, sino también como un bien de prestigio, "mostrable" ante los demás. En sus "Aguafuertes", Roberto Arlt se burlaba ácidamente de quienes realizaban el tour por Europa con el único fin de regresar y publicar sus impresiones de viaje en alguna revista o contarle a los demás las maravillas que habían visto. Y como el mismo Arlt anotaba, entre todas las cosas maravillosas que los viajeros declaraban haber observado -ruinas, museos, paseos, monumentos, parques- nunca había registro de las miserias y padecimientos de la gente común. Como si ese aspecto de la realidad sólo fuera visible en el país propio. No hay estudios históricos específicos sobre este tema, pero seguramente parte de los sectores medios argentinos hicieron propia esta forma de relacionarse con el viaje y ese sesgo en la mirada, de admiración por el lugar visitado, al que se imagina como tierra de progreso, bienestar y cultura y, por ello, lo contrario del país.
V.: ¿Tiene algo que ver en esto la ascendencia inmigrante de muchos argentinos?
E.A.: No necesariamente. Sean o no de ascendencia inmigrante, muchos argentinos suelen compartir una cierta narrativa de lo que es la Argentina, que imagina al país como un enclave blanco y europeo, civilizado, en un continente latinoamericano que es mestizo y, por ello, menos moderno. Como si la Argentina fuera un país fuera de lugar en esta región. El problema con esta visión, entre otros muchos, es que la Argentina no viene dando demasiadas muestras de ese destino de grandeza que se fantasea. Por el contrario, nuestra historia de todo el siglo XX es de inestabilidad, crisis económica, violencia política. Eso genera una situación un poco esquizofrénica, que mucha gente de sectores medios resuelve desarrollando estrategias de desapego, sintiendo íntimamente que el país es un obstáculo para la felicidad personal. Es lo que se grafica en la frase muy común "en este país", que inevitablemente se completa con un sentido negativo. Como si uno no fuera también parte de "este país" del que habla. En ese escenario, el viaje aparece muchas veces como vía de escape o, al menos, como un gratificante reencuentro con ese "Primer Mundo" al que uno, como individuo, cree que debería pertenecer. En esos casos el viaje confirma que uno está fuera de lugar en el país en el que le tocó vivir. Ese desapego lo capta bien el slogan humorístico de la revista Barcelona: "Una solución europea a los problemas de los argentinos".
| Entrevista de Marcela Valente |



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