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Un legado que busca la la grandeza, pero que perdió la chance de forjar una democracia
El presidente reelecto restauró el orgullo nacional, aunque la economía está estancada, la represión crece y el aislamiento internacional es palpable.
NACIONALISMO. Manifestantes oficialistas rusos se manifestaron ayer en Moscú, al cumplirse cuatro años de la anexión de Crimea.
A ojos de los rusos, la sangrienta guerra de Chechenia lo coronó como el salvador de la patria; la intervención militar en Georgia lo consolidó como un líder temible; la anexión de Crimea lo consagró como el nuevo zar de todas las Rusias; y la cruzada en apoyo de su aliado sirio Bashar al Asad lo convirtió en un líder universal.
Con honrosas excepciones, un siglo después de la Revolución Bolchevique, los descendientes de rojos y blancos apoyan unánimemente la política exterior de Putin, desde la recuperación de territorios a la guerra antiterrorista en Siria.
"Un imperio no puede ser democrático. Para ello, primero hay que dejar de ser un imperio", comentó Ludmila Alexéyeva, activista y eterna candidata al premio Nobel de la Paz.
Quizás por eso, Putin no quiere, pero tampoco puede ser un líder demócrata. No es lo que le exige su pueblo, que nunca ha podido saborear la auténtica libertad, más que durante breves momentos antes y después de la caída de la URSS.
Desde su llegada al poder maniató la oposición al punto de que no hay ningún partido que lo enfrente con representación parlamentaria, y cuando regresó al Kremlin en 2012 aprobó unas draconianas leyes contra la libertad de manifestación que estrangularon las protestas antigubernamentales.
Los rusos que votaron ayer por primera vez no conocen otro jefe del Kremlin que no sea el antiguo coronel de la KGB que llegó al poder por la puerta de atrás de la mano de Boris Yeltsin.
Lo avisó apenas llegó al Kremlin. Su misión era devolver a Rusia el lugar que le corresponde como superpotencia y a fe que parece haberlo conseguido sobre el papel, aunque Rusia sea un gigante con pies de barro.
A sus 65 años parece cansado, pero no dispuesto a abandonar el poder hasta dejar todo atado.
Cansado, pero no tanto por tener que lidiar con la conocida negligencia de sus funcionarios y la irresponsabilidad de sus oligarcas, sino de tener que rendir cuentas ante Occidente. Eso se terminó.
Algunos ya tienen la vista puesta en 2024 y, aunque él se ha negado por el momento, le piden que cambie la Constitución, que impide más de dos mandatos presidenciales consecutivos, y siga indefinidamente en el poder como el chino Xi Jinping.
Para algunos analistas, los 18 años de Putin en el poder son una historia de oportunidades perdidas. Rusia pudo sumarse al club de las naciones civilizadas, pero prefirió optar por la vía china: estabilidad y rearme en vez de reformas y democracia.
Solo Putin parece saber cómo seguir manteniendo el contrato social con los rusos, lo que significa invertir miles de millones en programas sociales con el precio del petróleo a la mitad que hace tres años, y gastar ingentes cantidades en armamento.
Como buen chekista, el líder ruso es muy aficionado a las teorías de conspiración estalinistas y parece convencido de que la mejor forma de garantizar la independencia de Rusia es con una nueva carrera armamentista como la que sepultó a la URSS.
Ese parece ser el último capítulo de su legado: una Rusia enfrentada a Occidente, aislada por las sanciones internacionales, casi sin aliados y con una población con mentalidad de fortaleza asediada.
| Agencia EFE |


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