13 de julio 2015 - 00:00

Un pastor que se asume como líder político

Asunción (enviada especial) - No es menor que el papa Francisco haya elegido personalmente los destinos de la primera gira sudamericana organizada por su pontificado. Tampoco es casual que "en su casa" haya dejado tan claro el mensaje que desea -y exige- que refleje la Iglesia Católica en temas pastorales, políticos y sociales.

Su intenso paso por Ecuador, Bolivia y Paraguay le sirvió para llevar al terreno en la región que siente propia los preceptos que marcan su pontificado: diálogo y combate sin tregua a las injusticias sociales, así como rechazo a las ideologías que "siempre acaban en dictaduras".

En sus dos primeros destinos no temió mostrarse cómodo con los presidentes Rafael Correa y Evo Morales, una actitud que, se sabe, le reprocharán los sectores conservadores políticos y eclesiásticos acostumbrados a una Iglesia que señala con el dedo.

Aunque no deja de asumirse como un referente político, Francisco no basó esa cercanía en una afinidad ideológica, como a muchos les gustaría, ya sea para criticarlo como para sumarlo entre los suyos. No. Lo suyo fue un acto de respaldo a las políticas que expresan en la práctica aquello que viene pidiendo en sus dos años de pontificado: redistribución del ingreso y combate a "la sociedad del descarte".

En los últimos ocho años, bajo la gestión de Correa, 1,3 millón de ecuatorianos salió de la pobreza, lo que implica una reducción del 32,6%. Mientras que en Bolivia, Morales sacó de la extrema pobreza a 2 millones de ciudadanos.

Ahora bien, así como no temió elogiar algunas de las políticas de esos dirigentes no dudó tampoco en castigarlos, incluso en su presencia, por los sesgos negativos que se les adjudican.

Una idea se volvió premisa en la gira: la de la peligrosidad de las ideologías, de los sectarismos, de los populismos que se abanderan en el pueblo y anulan la diversidad.

El carácter de estratega de Francisco -algo que se vio en la discusión de la apertura de la Iglesia, cuando con una mano contentó a los homosexuales pidiendo tolerancia para ellos, mientras con la otra tranquilizó a los ortodoxos aclarando que el matrimonio sólo es entre hombre y mujer- no estuvo ajeno en su visita a la región. Celebró y condenó con igual ímpetu a Correa y a Morales.

Tampoco estuvo ausente la vocación dialoguista del Papa. Un camino que conoce bien, tanto que ayudó a destrabar más de 50 años de desencuentros entre Cuba y EE.UU.

En Ecuador pidió diálogo con la oposición, en Bolivia respaldó la postura de Morales por una salida soberana al mar ("Pienso en el mar y espero diálogo", dijo) y en Paraguay, donde defendió la necesidad de que las políticas públicas integren a campesinos e indígenas.

"El diálogo es claro, sobre la mesa, si no, no sirve", exhortó el sábado en Asunción, en un mensaje que el presidente paraguayo, Horacio Cartes, escuchó incómodo.

Como líder espiritual, es innegable que su carisma y sus gestos fraternales y modestos lo convirtieron en un papa excepcional para los fieles. En un Paraguay que aún vivía del recuerdo de la visita de Juan Pablo II hace 27 años, las virtudes del polaco poco a poco fueron perdiendo magnitud ante los gestos de Francisco.

Los fieles se rindieron ante un papa que en todo momento los valoró como pares y así los hizo sentir, sin que sus acciones resultasen forzadas.

Hasta en Bolivia, el menos católico de sus destinos, los movimientos sociales e indígenas se entregaron a un líder que si no conquista con su calidez, lo hace con su claridad conceptual.

Con su gira, Francisco consolidó su visión de Iglesia en esta parte del mundo. No escondió su mensaje en la retórica eclesiástica que tantas veces sirvió para opacar, para volver indescifrable la postura del catolicismo sobre temas sensibles.

Dejá tu comentario