3 de noviembre 2010 - 08:04

Un velorio laico en Flores para lanzar el cristinismo

José María Díaz Bancalari, Juan Carlos Dante «Canca» Gullo, George Soros, Juan Pablo Schiavi, Gabriel Mariotto, Héctor Timerman
José María Díaz Bancalari, Juan Carlos Dante «Canca» Gullo, George Soros, Juan Pablo Schiavi, Gabriel Mariotto, Héctor Timerman
Fue un velorio laico, armado sobre la base de las peñas de los lunes en la casa de Flores del «Canca» Gullo, diputado peronista con alto relieve en el capítulo kirchnerista -es diputado desde 2007, después de un veranito junto a Elisa Carrió y Alfredo Bravo en los incendios de 2001-, en donde dio a luz anteanoche el cristinismo. Este rótulo reemplazará al kirchnerismo, que se fue con su jefe bajo el otro nombre de la necesidad política del oficialismo: la reelección de Cristina de Kirchner.

Un grupo de tribus que han sido kirchneristas enjugaron sus cuitas en una cena que terminó dominada por anécdotas de José María Díaz Bancalari, parero ocasional de esta nueva etapa del peronismo. No era ésa la intención de la peña, pensada como un asado en la larga mesa del quincho familiar de Gullo de la calle Cachimayo nada más que para reunir amigos heridos por la muerte de Néstor Kirchner. Doliente como pocos por esa noticia, Gullo ni había ido al entierro en Río Gallegos, sin ánimo para repetir un viaje que había hecho en el fin de semana previo a la muerte del ex presidente, en el cual, estando en la misma ciudad, no se cruzó con él ni por casualidad. Kirchner, que había ido a inaugurar una nueva casa para su nuevo domicilio electoral, no quiso mostrarse con el grupo que acompañó ese día a Gullo -Carlos Zannini, Débora Giorgi, Guillermo Moreno-, como tampoco con otra visitante, en las mismas horas, Hebe de Bonafini.

Para compensar su ausencia al entierro, Gullo amplió el padrón de invitados hasta completar lo que parece ser el núcleo básico del cristinismo que nació en su casa: de Héctor Timerman -adelantado del proyecto reelectoral- a Jorge Taiana, pasando por algunos cristinistas de la agrupación «hijos», como Facundo Moyano y Mariano Recalde. También delegados de Julio De Vido -el otro rostro de la necesidad-, como Osvaldo Nemirovsci (zar de la TV digital), Juan Pablo Schiavi (secretario de Transporte) o el presidente del Ente Regulador de Aguas, Carlos Vilas. Igualmente, el administrador del sistema de medios, Gabriel Mariotto, que captó la intergeneracional, musitó reflexivo: «Como no soy del peronismo de algunos veteranos que están acá ni de los jóvenes, que también están aquí, creo que mi rol es sólo escuchar». Lo ovacionaron con el afecto que despierta un funcionario a quien se le atribuye el manejo de frecuencias, ondas, cables y demás ingenios mediáticos que para algunos son sinecuras. Fatigaba el celular esperando noticias de cautelares para modificar (o no) la grilla de la TV, a la vez que escuchaba, entremezclados, los testimonios del peronismo más viejo de José María Díaz Bancalari y aparatistas de la juventud que acercó el kirchnerismo, como Juan Cabandié, Andrés Larroque y José Ottavis, cuya adhesión a las instituciones que les dan medios de vida despertaron la reflexión de sobremesa más melancólica: «Los viejos me parece que son más revolucionarios que estos chicos». Como a éstos les corre la responsabilidad de sacar del estado gaseoso a esa leyenda publicitaria que es la sigla La Cámpora -a la que les gusta referenciarse en el hijo presidencial, Máximo Kirchner, pese a que éste ni es un dirigente político-, los veteranos los mimaron como una esperanza de futuro en el cristinismo.

Legisladores de hoy como la senadora provincial Cristina Fioramonti, la diputada Juliana Di Tullio (acompañante de su hija, que milita en un partido de izquierda a la que estos peronistas quieren convertir para sus filas) y la diputada Mariel Calchaquí se rozaron con emblemas históricos de los años 70, como el ex rector de la UBA Ernesto Villanueva (hoy organizador de la Universidad de Florencio Varela que se abrió en un viejo edificio que fue de YPF) y ex funcionarios, como el ex subsecretario de la Cancillería «Tojo» Ojea Quintana; y un seleccionado de segundas líneas gremiales, como el secretario general de las 62 Organizaciones (Capital), Alejandro Amor; el secretario general del Sindicato Único de Publicidad, Vicente Álvarez; y el secretario de Organización de Gremios de Comercio, Oscar Nievas.

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Algunos, como el intendente de Quilmes, Francisco Gutiérrez, aportaron detalles de la reunión de ese día en la cual Daniel Scioli había demostrado que él, y no Hugo Moyano, puede reunir en serio al peronismo de Buenos Aires. Hubo reflexiones resignadas sobre la fuerza de ese acto en el cual el gobernador apuró un alineamiento de intendentes, legisladores y consejeros del partido detrás de Cristina de Kirchner, pero también detrás de él mismo, un peronista que para el kirchnerismo y el cristinismo sigue siendo de otro palo.

El encuentro, previsto para una veintena de invitados, creció con el avance de la noche, seguramente por la necesidad de juntarse después del acto sciolista. Llegaron a ser más de setenta: Gullo debió habilitar más mesas y pedir que un servicio de pizzas completase el menú, que quedó corto, pese a lo bueno del asado. «Se comieron todo», repetía el anfitrión cuando saludaba en la despedida.

Con tantas tribus mezcladas, hubo que improvisar a un orador que le diese sentido a la reunión; le tocó al ortodoxo Díaz Bancalari, quien jamás soñó estar en la cabecera de peronistas tan sueltos, hasta con algunos que querían llamar la atención con anécdotas sobre su actuación en la revolución nicaragüense. Se cortó en sus palabras por el esperable elogio a Kirchner: «No es lo mismo entregar la vida en una instancia crucial como el campo de batalla, que ir entregándola de a poco, de manera consciente. Eso fue lo que hizo Néstor como presidente por la Argentina. Nos dicen que Néstor no se cuidaba, pero lo hacía más que yo, que tengo colocados cinco stent; Néstor seguía una dieta rigurosa, hacía sus ejercicios», dijo en un pasaje. Y agregó: «No conocieron a Néstor quienes afirman que no le gustaba compartir los espacios de poder. Néstor era muy generoso y trataba de compartir con todos y hacer participar a todos. Néstor era consciente del rol activo que debía asumir en este proceso la juventud; y que ésta se debe preparar para ser protagonista en el futuro y en el presente. Lo que logró Néstor... -remató en una frase que encantó a todos- es enseñar que Perón tenía razón». ¿Tenía alguna duda a esta altura del partido?, se preguntó uno sobre este diputado que ha recorrido todos los peronismos con un pase libre.

Mientras corrían anécdotas sobre Kirchner con ánimo jovial y hasta alegre -es como todos quisieran ser recordados en la posteridad-, Taiana entretenía a quienes estaban sentados junto a él con otras anécdotas sobre sus conversaciones con Kirchner, el hombre que nunca terminó de entender por qué el ex canciller le renunció a su esposa presidente cortándole una llamada telefónica horas después de que Taiana compartiera con el matrimonio una más que afable cena en Olivos.

Como los demás, Díaz Bancalari se deslizó por la ladera de las anécdotas; la más jugosa, cuando contó detalles de una charla en Nueva York entre Kirchner y el empresario George Soros, a la que le tocó asistir como integrante de una delegación presidencial: «Soros se puso a hablar haciendo reclamos, y Néstor aguantaba, callado, sin responder nada, hasta que en un momento Soros pareció estallar y le dijo: Dígame, Presidente, ¿cuándo piensan pagarles a los bancos los u$s 600 millones que dicen que les deben?. Kirchner respondió: Cuando devuelvan la plata que se robaron del país. Aplausos, pero Soros contraatacó: Mire, Presidente, le quiero decir que los negocios que hicimos en la Argentina los hicimos con el consentimiento de un presidente que era de su mismo partido. Pero para que vea mi buena fe, ahora mismo estoy ordenando una inversión nuestra de u$s 600 millones». «¿La trajo?», preguntó uno de los del fondo, impresionado por ese monto. «Sí, creo que la trajo», respondió Bancalari.

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Le habían gustado los aplausos al «Mono», y siguió con el relato ya conocido del diálogo en Madrid con el presidente de la cámara de empresarios José María Cuevas, cuando éste le dijo: «Mire, hagan algo, porque la Argentina es un país que decae desde hace años, que no tiene importancia en el mundo, es casi un país muerto», y Kirchner respondió: «Amigo, usted tiene que rezar para que la Argentina resucite porque los muertos nunca pagan sus deudas».

Nunca soñaron peronistas tan heterodoxos en aplaudir, como lo hicieron con furia, al «Mono» nicoleño, emblema del peronismo que Kirchner imaginó destruiría junto a ellos. Lograron que les brindase un apunte personal inolvidable: «Cuando yo estaba con Duhalde, me llamó Néstor y la verdad es que me ofreció todo. Pedí lo que quieras, me dijo» (lo escuchan todos con envidia retrospectiva). «Le respondí: Néstor, ¿vos querés tener al lado a un traidor?». «Nooo», dice la barra, y Bancalari los mira. «¿Qué hiciste?» «Fui con Duhalde, fui candidato con Chiche, entré al cementerio y me enterré con ellos...». ¿Y?, decía el silencio que impuso esa confesión funeral. «Y... yo otra vez no me iba a enterrar...». Carcajadas y aplausos.

Timerman, entusiasmado, agregó un regalo de su mejor cosecha: «Voy a enviar en Twitter lo que dijo el diputado Bancalari, que Néstor nos dejó que Perón tenía razón». Fue como si Julio Bocca hubiera regalado, de premio, un salto en jetée, una demostración de su genio más específico. También lo ovacionaron a este estilista del blackberry que cambió la forma de comunicarse de un Gobierno que gastó millonadas en comunicarse por otras vías menos eficaces que el «tiqui-tiqui» con el teclado del celular, como le gusta ironizar a la Presidente.

El canciller estaba en la mirada de todos porque se había animado, antes de que los restos de Kirchner yaciesen en Río Gallegos, a lanzar la reelección presidencial. Había hablado por las de él -como aclaró después de su aparición en la CNN el viernes pasado-, pero expresó lo que todos quieren y necesitan, que la Presidente apueste a la promesa de un nuevo mandato. Es el único recurso que tiene para prevenirse del peligro al que se expone una administración perforada por la desaparición de su jefe: que se produzca una corrida política del peronismo hacia otras querencias y que debilite a lo que es ya débil. En el fondo, Kirchner sostuvo hasta su muerte su candidatura para remediar el mismo daño que le produce el tiempo a una gestión en su tramo final: «Si digo que no hay candidato -Kirchner explicaba-, todos van a ir a buscar un candidato en otra parte». La reelección como necesidad, más allá de que el proyecto resulte, es algo que sostuvo también Carlos Menem a finales de los años 90. La agrupación que sostenía la quimera de la tercera reelección giraba sobre el lema «Menem, la necesidad». Sin los frenos que tienen otros dirigentes y funcionarios obligados a negociar, Timerman explicó a todos que la reelección es un proyecto de él, pero que tiene que ser de los demás. Y que entiende que Cristina no abra la boca sobre ese curso del destino. Pero festeja que cuando se escriba sobre esta reelección se lo mencionará como quien lanzó la primera bola.