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Un vendaval que cambió la política en tierra caliente
Sus detractores coinciden con sus fieles en que a su sucesor, Juan Manuel Santos, le será difícil superar los logros de Uribe en materia de seguridad, así como su capacidad de trabajo y su conocimiento profundo de cada rincón y cada problema de Colombia.
Se va con una popularidad del 75% y dispuesto a ser, en su faceta de «simple ciudadano», un «colaborador» más en la lucha contra las guerrillas y el narcotráfico.
En esa lucha, enfocada sobre todo a acabar con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la principal guerrilla del país y la más antigua de América Latina, se volcó a fondo en el plano militar y político, pero también en el diplomático. Precisamente las FARC, que mataron a su padre, lo pusieron contra las cuerdas en la relación con sus vecinos Venezuela y Ecuador.
Aunque hay un proceso de acercamiento en marcha, Uribe no logró recomponer los lazos con Ecuador, rotos desde el bombardeo militar colombiano de marzo de 2008 a un campamento de las FARC ubicado en ese país.
En cuanto a Venezuela, Uribe deja en pleno apogeo la crisis bilateral más grave de la historia reciente, que estalló por sus denuncias de que ese país da refugio a guerrilleros de las FARC y el Ejército de Liberación Nacional (ELN).
El presidente venezolano, Hugo Chávez, rompió relaciones con Colombia a raíz de esas denuncias ante la OEA, lo que a juicio del analista Pedro Medellín se enmarca en la pelea «personal» que mantiene con Uribe desde hace tiempo.
Aunque con ideologías bien distantes, Uribe se parece a Chávez en el modo personalista de gobernar, que llevó, según sus críticos, a una concentración peligrosa de poder.
En esa línea, sus mayores errores fueron buscar una segunda reelección, mediante un proyecto de ley de referendo que tumbó la Corte Constitucional, y sus continuas peleas con el estamento judicial, que hicieron tambalear en más de una ocasión la independencia de poderes.
Nacido el 4 de julio de 1952 en Medellín (noroeste), Álvaro Uribe Vélez fue un estudiante brillante, se doctoró en Derecho y Ciencias Políticas en su ciudad natal, y completó estudios de Administración y Gestión en Harvard y en Resolución de Conflictos en Oxford.
Disidente del Partido Liberal, fue alcalde de Medellín (1982-1983), concejal (1984-1985), senador (1986-1994) y gobernador de Antioquía (1995-1997) antes de ganar sus primeras elecciones presidenciales en 2002. Desde entonces realizó más de 300 consejos comunales, en los que cada fin de semana escuchó y debatió in situ los problemas de sus compatriotas.
Con Lina Moreno, una mujer discreta y que se dejó ver poco en actos públicos en sus ocho años como primera dama, Uribe tuvo dos hijos, Tomás y Jerónimo. Ambos son empresarios y se los relaciona con más de un negocio turbio.
Le encanta la arepa con queso, una comida típica del Caribe colombiano, rara vez ve televisión, es un lector empedernido y madrugador: se levanta temprano, reza porque es un ferviente católico y hace ejercicio antes de comenzar su agenda diaria.
Tiene cuenta en Twitter, pero no en Facebook, y afirma que en sus ocho años de Gobierno ha procurado responder las más de 80 llamadas de compatriotas que entran a diario en su conmutador personal de la presidencia.
En una entrevista reciente concedida al diario El Tiempo, cuenta que lloró varias veces en estos años, una de ellas en febrero de 2003, tras el atentado de las FARC contra el club El Nogal de Bogotá, que dejó un saldo de 36 muertos y unos 200 heridos. A partir de la semana próxima, cuando se convertirá en un ciudadano más, visitará la cripta donde están las cenizas de sus padres, retomará el cuidado de sus caballos y volverá a trabajar en sus fincas, porque le preocupa verse «las manos sin callos».
Agencia EFE


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