Nadie nos puede acusar de simpatizar con General Motors. De hecho, cuando el año pasado todos los medios alababan a la automotriz, en esta columna alertábamos de la reunión "secreta" que celebraban los máximos directivos de la Fed y GM para buscarle alguna "salida" a esta última. Ahora, de ahí a avalar que el presidente del país que sea "exija" la renuncia del directivo que sea (aun cuando éste se embolse u$s 20 millones), en la empresa que sea, para prestarle dinero, es un paso demasiado largo. Que quede claro: los únicos que tienen derecho de poner y sacar directivos son los accionistas o la Justicia. Si GM se desplomó ayer un 25%, disparando la mayor baja de las últimas 3 semanas (el Dow retrocedió un 3,27% a 7.522,02 puntos), no fue porque la empresa esté a punto de quebrar (el 6 de marzo el papel valía u$s 1,27; ayer cerró en u$s 2,70), sino por la nacionalización de hecho que acabamos de ver. Punto. La otra pata de la baja fue el sector financiero, golpeado por las palabras de Timothy Geithner, reconociendo que hay varios bancos que aún necesitan ingentes cantidades de dinero para superar la crisis. A esto se sumó el casi 8% que retrocedió el precio del petróleo (u$s 48,41 por barril), castigado por la caída general de los commodities luego de las pésimas noticias del consumo chino de metales, sin olvidar el efecto de un mercado sobrerrecalentado tras el rally de las últimas tres semanas. En este momento, la moneda gira sobre su canto, y la chance de "suba" o "baja" es la misma.
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