1 de abril 2009 - 00:00

Una historia increíble de codicia y engaño

Washington - El hijo mayor de la legendaria filántropa y aristócrata de Nueva York Brooke Astor enfrenta un juicio desde el lunes pasado, acusado de engañar a su madre moribunda para que le traspase millones de dólares al conducirla a modificar su testamento pese a que sufría el mal de Alzheimer.
La primera sesión supuso la reaparición del principal acusado, Anthony Marshall, único hijo de Astor, fallecida en 2007 a los 105 años. Marshall, diplomático retirado, llegó a los tribunales impecablemente vestido, ayudado por su esposa, su abogado y un bastón.
Además de Marshall, se sienta en el banquillo su supuesto cómplice, Francis Morrissey, un abogado acusado de haber falsificado la firma de Brooke en una enmienda del testamento poco antes de su muerte. También niega los cargos. Antes de fallecer, la fortuna de Astor
se estimaba en u$s 200 millones.

«Resistan esa tentación» de leer, ver y oír lo que los medios cuenten sobre este caso, recomendó el juez Kirke Bartley al centenar de candidatos a formar parte del jurado popular.
Y es que el «caso Astor» cuenta con todos los ingredientes para hacer furor en los medios sensacionalistas: cambios de testamento, peleas familiares y famosos testigos, todos ellos íntimos de la fallecida, como la esposa del diseñador Oscar de la Renta, un Rockefeller y el ex secretario de Estado Henry Kissinger. Además de estos ilustres amigos, están llamados a declarar médicos y psiquiatras que asistieron a la señora Astor, miembros del servicio, así como uno de los hijos del acusado, Philip Marshall.
Philip fue quien en 2006 destapó la situación en que vivía su abuela, acusando a su padre de querer quedarse con su fortuna y de no atender adecuadamente a la millonaria, por entonces ya enferma de Alzheimer. Entre las denuncias que conmocionaron a los neoyorquinos, Philip contó cómo la mujer tenía que dormir sobre un colchón con olor a orina.
De este modo, el nieto consiguió que a Anthony Marshall le retiraran la custodia de Astor, que pasó sus últimos días cuidada por su gran amiga Annette de la Renta, mujer del diseñador. El acusado podría pasar el resto de su vida entre rejas.
Astor siempre había dicho, y así constaba en un testamento anterior, que su fortuna sería administrada por un fondo de fideicomiso, destinando un pequeño porcentaje a su hijo; y la mayoría, a obras benéficas.
Astor se hizo famosa por sus labores filantrópicas. Su fortuna procedía de su tercer marido, Vincent Astor, que se había enriquecido con negocios de pieles e inmobiliarios, legando u$s 60 millones a su esposa y otro tanto a obras de caridad.
Como Vincent había conseguido su fortuna en Nueva York, Brooke decidió gastarla en obras benéficas en la ciudad, donando grandes sumas a la Biblioteca Pública de Nueva York o al Metropolitan Musseum. Tampoco era raro verla acercándose a algún barrio desfavorecido en su limusina.
A la gran dama neoyorquina le gustaba usar una frase de una obra de Thornton Wilder para explicar su labor: «El dinero es como el abono: no sirve de nada a menos que lo esparzas».
Agencias EFE, AFP y El Mundo

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