12 de mayo 2014 - 00:00

Una máquina de hacer pensar

Los trabajos del Nobel Gary Becker tuvieron gran impacto en la forma de pensar la economía, pero más en sus alumnos.
Los trabajos del Nobel Gary Becker tuvieron gran impacto en la forma de pensar la economía, pero más en sus alumnos.
Más allá de sus impresionantes atributos académicos, Becker era un gran profesor, una excelente persona y un acérrimo defensor de la libertad. Sus publicaciones académicas incluyen 66 artículos, 10 libros y 24 capítulos. A ellos deben agregarse numerosas intervenciones periodísticas, entre ellas su famosa columna semanal en el Business Week y su popular blog junto a Richard Posner. Recibió la Medalla Clark en 1967 y el Premio Nobel en Economía en 1992, entre otros reconocimientos. Muchos argentinos pudieron conocerlo en persona en 1993, cuando visitó la Argentina invitado por la Fundación Libertad de Rosario.

Tuve el placer de conocer a Becker en 2000, cuando comencé mis estudios en la Universidad de Chicago, la misma donde él obtuvo su doctorado. Luego de graduarse, Becker trabajó por un breve período en esta institución de Illinois, pero renunció a su posición para dirigirse a la Universidad de Columbia, en 1957, para retornar definitivamente en 1968. Becker aseguraba que mudarse a Nueva York había sido la decisión correcta debido a que le permitió desarrollar más su independencia y su confianza en sí mismo que si hubiera permanecido siempre en Chicago. ¡Hay que tener coraje para rechazar una posición en la Universidad de Chicago!

Mi primer trimestre estaba formado por tres cursos: Teoría del Ingreso I (macroeconomía), Econometría I y Teoría de los Precios I (microeconomía). Becker daba el curso de Precios a medias con Kevin Murphy. Este primer curso de micro es el sello de la Escuela de Economía de Chicago. Ahora está en manos de Murphy; antes de Becker, entre otros, lo dictaron Milton Friedman, Arnold Harberger, Jacob Viner y Frank Knight.

Recuerdo esa primera clase, era un viernes de principios de septiembre y todavía hacía calor en Chicago. La cita era en el aula magna de Ciencias Sociales, una especie de sala de teatro con butacas de madera y tapizado de cuero, ubicada en un edificio de principios de siglo XX. Las paredes con estilo gótico eran de piedras tan gruesas que hubieran sobrevivido a un ataque nuclear. En el escenario no había actores ni telones. Parado frente a la audiencia estaba un tipo alto y canoso de traje marrón con fondo de pizarrones móviles de los que hay que usar tiza. Disimulaba sus 70 años muy bien. Además de los 35 alumnos del doctorado en Economía (más los alumnos que recursaban), había mucha gente que no habíamos conocido en las actividades de orientación. Por su enfoque interdisciplinario, el curso de Becker era muy popular entre los alumnos de las escuelas de Leyes, de Negocios, de Políticas Públicas e incluso entre los alumnos de la Escuela de Medicina. Las clases eran simples, la matemática sencilla. Nada de espacios convexos y secuencias que convergen en el infinito. Una restricción presupuestaria sumada a una condición de primer orden le era suficiente. Becker comenzaba planteando un tema, generalmente con forma de un problema en particular. Esa primera clase, como corresponde, comenzó con la teoría de la demanda.

Las clases transcurrían siempre en el más estricto silencio, ya que nadie se animaba a interrumpirlo, pero como a Becker le gustaban las interrupciones, si los alumnos no lo hacíamos motu proprio entonces él nos incentivaba. Ya en la primera clase sabíamos lo que iba a suceder. Becker en un momento paraba de hablar y se dirigía al atril donde había dejado sus papeles mientras buscaba sus anteojos en el bolsillo de su saco. En el podio tomaba la lista con los alumnos inscriptos en el curso y al azar o a propósito seleccionaba a uno para hacerle una pregunta. Mirando a su hoja decía un nombre (generalmente mal pronunciado, ya que la mayoría éramos extranjeros) para luego levantar la vista y buscar al estudiante que, temeroso, levantaba la mano para hacerse cargo del desafío. El intercambio comenzaba usualmente con un "¿y usted qué piensa?" o un "¿por qué?". Lo peor que podíamos hacer era responder con un "no sé, ya que Becker entonces retrucaba con un "bueno, vamos a pensarlo juntos". Su objetivo no era ver sufrir a sus alumnos, él quería hacernos pensar, y qué mejor forma de pensar que enfrentándonos a situaciones nuevas que requieren de nuestro intelecto para entenderlas. Recuerdo una vez, cuando al preguntarle a Jacques Potin, un compañero francés, sobre si era posible que se dé una situación en especial, éste le levantó la apuesta a Becker contestándole: "¿Por qué no?". Becker comenzó a reírse, sorprendido, como si por primera vez en 50 años uno de sus alumnos lo hubiera puesto a él en la posición de tener que responder. Obviamente, Becker no aflojó y Jacques tuvo que justificar su respuesta.

El desafío (del bueno) era una marca registrada de Becker. Todas las semanas durante su curso nos preparaba junto con Murphy un trabajo práctico 100% original. Yo me juntaba con un grupo de argentinos los jueves por la tarde en la Biblioteca Regenstein, nuestro primer hogar, para intentar resolver el práctico en grupo. Nótese que digo intentar porque realmente nunca encontrábamos la solución correcta y se veía reflejado en nuestra nota, que usualmente rondaba un tres o un cuatro sobre diez, como mucho. Pero la nota alta no era el objetivo; la idea de los prácticos de Becker no era que lleguemos a un resultado "correcto"; es más, muchos de los problemas no tenían una solución única, ya que los planteos eran demasiado abiertos. Lo que se buscaba era exponernos a problemas nuevos, muchos eran problemas en los cuales Becker estaba trabajando en ese momento. Básicamente nos enfrentaba a los mismos desafíos que él y aprendíamos a aplicar el enfoque económico a todas las áreas del comportamiento humano.

Becker era desafiante con todos y a todos los hacía pensar con sus preguntas. Los seminarios en los que participaba eran intensos. No importaba si el expositor era otro Premio Nobel o un alumno que exponía su trabajo por primera vez. Siempre tenía algo para decir. Todos los que interactuaron con él fueron enriquecidos por la experiencia, aunque luego del seminario alguno haya tenido que tirar su paper a la basura y empezar de nuevo. Ése era Becker, una mente brillante que nos hizo brillar a todos por más que no hayamos hecho otra cosa que reflejar su luz.

(*) Ph. D. Universidad de Chicago y profesor UCEMA

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