“Uno repite todo, sólo que bajo diferentes disfraces”

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Un hombre mayor que sostiene que la imaginación es todo, se siente encerrado en su departamento porteño y decide salir a retomar y revisar una aventura del pasado. Así, de pronto, impulsivamente se decide a regresar a Bariloche, donde estuvo muchos años atrás. Allí entra en un bosque que se vuelve un universo mágico, por momentos onírico, donde comienza a encontrarse con personas que de algún modo lo interpelan. Así comienza Antonio Dal Masetto su novela "Imitación de la fábula", que publicó Sudamericana, donde reformula para adultos una tradición clásica del cuento infantil del escenario del bosque encantado, de las sorpresas que se suceden. Antonio Dal Masetto ganó el Premio Konex de Platino 2014 en novela. Nacido en Intra, Italia, llegó a la Argentina a los 12 años, y con su casi veinte noveles, varias de ellas traducidas a diversos idiomas y que conquistaron lauros, se ha convertido en una de las plumas más destacadas de la narrativa argentina de la segunda mitad del siglo XX. Dialogamos con él.

Periodista: Con "Oscuramente fuerte es la vida" y "La tierra incomparable" usted se anticipó a la moda de la "literatura del yo", y a novelas como "Mamá" de Jorge Fernández Díaz, y "La abuela civil española" de Andrea Stefanoni, por mencionar un par de casos.

Antonio Dal Masetto: Eso no respondió en ese momento a ninguna intención literaria. Simplemente llegó el día en que me dije quiero dar testimonio de quiénes eran estos que vinieron, quiénes eran esos inmigrantes. Eso fue "Oscuramente fuerte es la vida". Recuerdo que llamé a mi mamá y le dije mirá quiero charlar con vos y que me cuentes cómo era tu vida cuando eras chica. Apareció en mi vida en el momento que tenía que aparecer, no tenía nada que ver con la literatura, era una deuda de orden personal. Mi primera novela, "Siete de oro", fue de 1969, y "Oscuramente..." salió en 1990, muchísimos años habían pasado. ¿Qué pasó en el medio? Salieron unos cuantos libros, pero todos esos libros estaban relacionados con la ciudad, los pueblos, Bariloche donde viví un tiempo, con lo argentino. Alguien me preguntó ¿por qué nunca escribió nada sobre el tema tan fundamental como es su trasvasamiento de Europa a América? Yo vine a los 12 años, con mi mamá y mi hermana, en los años cincuenta, en un barco de inmigrantes. Mi viejo había venido dos años antes. Me pregunté: ¿por qué no escribí sobre esto que es un corte en mi vida que implicó pasar a otra cosa? Encontré una respuesta que no sé si es válida, pero al menos arrima. Cuando uno llega a un lugar nuevo lo que necesita es encontrar ubicarse, instalarse, no ser considerado un extraño, ser aceptado. A los 12 años era un pibe medio inocentón. Me habré agarrado a trompadas con algunos pibes, en Salto, porque me decían "gringo, gringo, gringo de mierda", esas cosas de pibes. Pero acaso eso quedó como marca. En consecuencia cuando me puse a trabajar en la escritura, e intenté dedicarme a eso, lo único que tocaba eran temas argentinos para que dijeran ah, es uno de los nuestros. Llegó un momento en que me dije bueno, los libros fueron aceptados, fueron leídos, ya estoy instalado, ahora puedo dedicarme a lo mío.

P.: ¿No siente que con esos libros, que tuvieron reconocimiento, se volvieron best sellers y fueron premiados, estableció un modelo entre nosotros?

A.D.M.: No lo puedo decir yo porque parecería vanidoso, pero gente amiga me ha dicho ahora todos escriben sobre la mamá, y sobre ellos mismos, pero vos lo hiciste antes.

P.: Ahora en su nueva novela, "Imitación de la fábula", usted vuelve al escenario de su primera novela, "Siete de oro".

A.D.M.: Es la primera vez que vuelvo a Bariloche. Desde un punto de vista vital fue una experiencia muy importante para mí. Me fui de aventurero, sobrevivía pintando paredes. Tomaba apuntes en una libreta de lo que se me ocurría. Cuando volví a Buenos Aires, después de casi cuatro años, me puse a trabajar en "Siete de oro". Tuvo buena acogida. Se hicieron varias ediciones. La tuve que leer en los años noventa para ver si había que hacerle algunas correcciones. Me encontré con una sorpresa: todo lo que escribí después de "Siete de oro" ya estaba en esa novela inicial. Todos los temas, todas las preocupaciones, los argumentos, estaban ahí, estuve repitiendo todo [Se ríe]. En realidad uno repite todo sólo que bajo diferentes disfraces, diferentes armaduras.

P.: Usted toma una tradición narrativa clásica, el cuento para chicos, la fábula, y la reformula para adultos.

A.D.M.: Me pareció que como tenía que contar algo que escapaba tanto de la realidad palpable y visible, el tema del bosque encantado, de los castrados, esas ciudades, esa chica de 12 años que habla como una adulta y viene de la nada a acompañar, a interpelar al protagonista. ¿Eso desde dónde lo cuento? ¿Es ciencia ficción? No, es una fábula. Si lo cuento como una fábula se vuelve creíble, porque no estoy pretendiendo contar una realidad. De cualquier manera instalo lo que yo creo y lo que yo pienso. La fábula me lleva a transitar un bosque que resulta un universo onírico. Y luego ese ascenso a la montaña, que también es un clásico, y que es la posibilidad de una mirada optimista después de ese desastre que la nena cuenta, y los pequeños conflictos que parecen de la personalidad de Vito, ese arrastre de cosas inconclusas. El allá arriba se convierte en una esperanza.

P.: ¿Le llevó mucho escribir "Imitación de la fábula"?

A.D.M.: Un año y medio. Acá escribo todo lo que puedo, y cuando me voy a Mallorca me llevo un paquete de borradores. Ahí pulo y resuelvo las cosas finales de la novela. Pero siempre el tema es encontrar la primera frase, el primer párrafo, el tono. Porque más allá de la historia, más allá de la anécdotas, es la palabra la que cuenta. Cuando era pibe, tendría 17 años, sacábamos una revistita con un par de amigos que conocí cuando vine a Buenos Aires, a los que le gustaban los libros. Ahí publiqué mi primer cuento. Una de las cosas que me propuse fue que una vez que el lector leyera la primera frase, la segunda lo agarrara de tal manera que no lo soltara, y así la tercera, y la cuarta, siempre a través de la palabra, no a través de la historia. Un encadenamiento de palabras, de frases, que ataran al lector y no le permitieran desatarse. Yo me leo en voz alta, y trato de escucharme. Si la voz se desliza sin problemas una frase tras otras está bien. Pero si algo tropieza, lo noto en la voz. Hay algo que no funciona. Lo reviso y veo qué hago. Ese es el trabajo que más tiempo me lleva, y me gusta hacerlo. Lo mismo me pasa con quitar material. Algo a lo que uno es tan reacio porque cree que todo lo que hizo está bien. Uno se va inventando trucos de escritor. De pronto un párrafo, está bien escrito, está bien lo que dice, me gusta tanto, pero hay algo que no va. Lo saco, y lo pongo al final del capítulo, y leo el capítulo sin eso, y no vuelve nunca más. Te das cuenta que en realidad estaba estorbando.

P.: ¿Luego de "Crónica de un caminante" está escribiendo algo?

A.D.M.: Estoy dando vueltas con un tema pero no sé si cuaja. Vuelvo a un pueblo en esa novela. Es la historia de un boxeador de circo. De uno de esos circos medio berretas que uno de los espectáculos que ofrecen es un boxeador que desafía a uno del pueblo donde llega. En cada pueblo siempre aparece un compadrito que quiere lucirse. Ese es el personaje. Tengo toda una historia posible, pero me parece que no lo quiero. No me siento identificado. Por eso estoy dejando descansar ese material. Cuando uno empieza a trabajar bien sobre un personaje es porque uno está muy identificado con el personaje, siente que es alguien como uno o que sabe bien cómo es, cómo se mueve, cómo piensa. Este todavía está afuera; estoy esperando que entre, o que yo entre en él.

Entrevista de Máximo Soto

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