Virginia Woolf «Momentos de vida» (Lumen, Montevideo, 2009, 361 págs.)
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Hay quienes sostienen que la traducción de la novela «Orlando» y el ensayo «Un cuarto propio», que Victoria Ocampo le pidió a Jorge Luis Borges, y la editorial Sur publicó en 1936, llevaron a un cambio fundamental en la literatura latinoamericana, cuyos ecos llegan a verse aún en Gabriel García Márquez. Lo curioso es que cuando Victoria Ocampo le pidió a Virginia Woolf los derechos, la escritora inglesa no creyó que la argentina le hablara en serio porque no entendía quién en Latinoamérica se podía interesar en su obra.
Se dice que la autora de «La señora Dalloway» llegó a saber la repercusión que tenía en Buenos Aires su libro «Un cuarto propio» (las malas lenguas sostienen que la traducción fue más de Leonor Acevedo, que de su hijo), que unos treinta años después de su suicidio sería una de la banderas internacionales del feminismo.
Ahora aparecen en castellano, dentro de la Biblioteca Virginia Woolf, esta colección de ensayos que fueron publicados póstumamente, en 1976, en Gran Bretaña, por la editora Jeanne Schulkind, quien reunió cinco ensayos autobiográficos de diversas épocas: «Recuerdos» (1907), «Apunte del pasado» (1938), «22 Hyde Park Gate» (1920/1), «Old Bloomsbury» (1922) y «¿Soy una snob?» (1936), colocando a cada uno un breve prólogo contextualizador (aunque por só solos los textos siguen vigentes por su lucidez y calidad un siglo después), que permite saber más acerca de lo que trata el texto. En todos los casos fueron borradores que una obsesiva de la letra no hubiera permitido publicar sino después de varias correcciones más, porque varias ya las tenían las páginas que ahora aparecen por primera vez.
El título de obra lo tomó Schulkind de un fragmento de «Sketch of the Past» donde explica que los momentos de vida, los momentos del ser, son aquellos en que se tiene una experiencia individual del sentido de la realidad, frente a aquellos del «no ser» en que no se tiene ese tipo de conciencia de la existencia, y se está separado de la realidad por un escudo protector de rutina. Para Virginia Woolf esos momentos privilegiados son instantes que suponen un descubrimiento o una revelación. En distintos momentos de su vida, como lo testimonian estos apuntes autobiográficos, saldrá en busca de esas epifanías desde una inimitable escritura del yo, esa introspección que le sirve para retratar su mundo desde diversas evocaciones. La Magdalena de Proust puede ser para Virginia Woolf el recuerdo de un vestido floreado de su madre que la arrastra a detalles de su infancia. Aquí están su juventud, su matrimonio (seria interesante saber qué pensaba su marido, Leonard Woolf, cuando corregía esos textos), los vínculos sociales, las tensiones de la apacible época victoriana y los secretos que sólo puede contener una verdadera amistad. Esta obra es una feliz recuperación que enriquece el mundo de una de las mas grandes escritoras del siglo pasado.
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