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Veronese actualiza a Ibsen sin traicionarlo
María Figueras y Carlos Portaluppi protagonizan una versión de «Casa de muñecas» en la que Daniel Veronese va más allá de la reivindicación feminista para hacer foco en abusos, mentiras y fantasías de una pareja de hoy.
La acción fluye sin descanso en esta dinámica relectura de «Casa de Muñecas», que ha sido hábilmente depurada de roles secundarios, discursos dogmáticos e incidentes subalternos. El director y dramaturgo Daniel Veronese se apropió del texto de Ibsen estrenado en 1879 sin traicionar los contenidos de la pieza.
Su maniobra más atrevida fue la de actualizar el perfil de los personajes, ya sea apelando al humor más alocado, al uso de referencias intertextuales (como las constantes citas a «Intimidades de la vida conyugal» de Ingmar Bergman), o a escenas de gran violencia física.
Aun cuando los mandatos sociales del siglo XIX fueron dejados de lado, la profunda disparidad entre Nora y su marido sigue vigente, como puede observarse a través de las sutiles humillaciones a las que él la somete. Queda claro que pese al tiempo transcurrido la mujer sigue siendo considerada un ciudadano de segunda. Pero, la puesta va más allá de la reivindicación feminista planteada por Ibsen para hacer foco en los abusos, mentiras y fantasías de una pareja de hoy en día.
Luego de ocho años de matrimonio, el vínculo entre los Helmer sigue muy erotizado. Es como si Nora utilizara esa vía para mantener a raya el brutal autoritarismo de su esposo. Entre mimos y risitas, él la trata de inepta, atolondrada y gastadora, mientras aplaude sus arranques infantiles, alienta sus prácticas de baile o juega con ella a un inquietante «poliladron» que preanuncia la ruptura de esta pareja.
María Figueras encarna a una Nora cómica y trágica, ridícula y conmovedora. Su humanidad emociona y su histrionismo deleita. Carlos Portaluppi en el rol de marido, realza con su versatilidad las contradicciones del personaje. El resto del elenco le imprime un sello muy particular a su trabajo. Así se destacan los significativos silencios de Cristina (Mara Bestelli); la debilidad de Krogstad (Roly Serrano) disfrazada de prepotencia; el cinismo y la insolencia de la doctora Rank (Ana Garibaldi), un rol que cambió de sexo con interesantes resultados, sobre todo en la primer escena.
«El desarrollo de la civilización venidera» reaviva la intriga ibseniana mediante un impecable manejo del suspenso. ¿Qué va a pasar cuando Jorge descubra que su joven esposa solicitó un préstamo a escondidas y ahora está a punto de ser denunciada a la justicia? Éstas y otras preguntas mantienen en vilo al espectador, mucho antes de que Nora se rebele y anuncie su partida. El público, que antes rió con sus actitudes payasescas, sufre al verla cada vez más acorralada. Ni siquiera el desenlace brinda un alivio.


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