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“‘Vinagre y rosas’ me convirtió en el chulo de Sabina”
En el libro «Romper una canción», Benjamín Prado detalla cómo fue escribir con Joaquín Sabina las letras del exitoso disco «Vinagre y rosas». «Ahora yo me quedo en casa a escribir mis novelas y él va por el mundo ganando dinero para mí», dice.
Periodista: ¿Qué clase de libro es «Romper una canción»?
Benjamín Prado: Es varias cosas. Es como escribimos Sabina y yo «Vinagre y Rosas». «Es un libro que cuenta cómo creemos que se debe escribir una canción. Y, en ese sentido, es una especie de taller de escritura. Creo que desmitifica la idea del genio intuitivo o del crápula que cierra bares y las canciones le caen del cielo. Se muestra que para que Sabina sea Sabina, Joaquín tiene que trabajar mucho. Los siete meses que cuenta el libro están llenos de juergas, alcohol, complicidad, pero sobre todo de trabajo, de un trabajo parecido al de los mineros que para sacar el oro tienen que picar mucho. También es un libro de viaje y un documento sobre la amistad entendida como un modo de la tolerancia».
P.: Usted comienza anunciando lo contrario: «fuimos a Praga a romper nuestra amistad».
B.P.: Es que eso sería lo más razonable. Dos tipos por más que se quieren, y nosotros nos queremos como hermanos desde hace 30 años, si se juntan a compartir la creación de canciones, lo más fácil es que acabe todo mal, a los golpes y sin hablarse. Cuando comenzamos, yo estaba pasando una situación emocional medio rara, y él también. Éramos tipos que no tenían pinta de escribir ninguna canción. Pero estuvo Ángel González que era la persona que mejor he visto escuchar en mi vida, que sabía dialogar, compartir, unir a gente. Si no hubiera sido por Ángel hubiera sido muy difícil que nos juntáramos a pensar un disco.
P.: Otro poeta que los unía, era Rafael Alberti.
B.P.: Hay una especie de continuidad en la amistad. Cuando era jovencito conocí a Alberti. Después me hice amigo de Joaquín. Uno de los mayores de placeres para Joaquín era que lo llamase y le preguntara: ¿tienes tiempo para cenar con Rafael Alberti? Era feliz. Alrededor de Rafael y de Ángel nos sentábamos muchos. Almudena Grandes, Luis García Montero, nosotros y varios otros. Cuando empezamos a escribir, Ángel había muerto hacía menos de un año y los dos teníamos ese puñal hundido hasta la empuñadura. En la canción «Menos dos alas» recordamos «cuando volvía/ del extranjero;/ tan forastero,/ a las 2 no era de día,/ y a las seis ya era de noche,/ -viva el derroche,/ muera el dinero-/ y le aplaudían/ los camareros». Ángel venía de Nuevo México, de dar clases, y era como un imán todos íbamos a juntarnos en torno a él. Ahora Joaquín anda de recitales, cantando esa canción de aquellos encuentros. Ayer me llamó para decirme que me va a dar uno de los discos de platino de los tres que le han dado en España por «Vinagre y rosas», y me dice que uno tiene que estar en mi casa. Cuando Joaquín vuelva de México y yo de Buenos Aires, juntaremos en Madrid a otros amigos para completar el viaje, porque en eso está la amistad, en ser imán de los demás, en tener regresos.
P.: ¿Cómo eligieron ir a Praga para escribir las canciones?
B.P.: Algunas ideas nacen en los malos bares, ésta también. Fue algo que él dijo con una copa de más, y yo escuché a deshoras, como para ponerme a pensar. Benja, me dijo, esa fantasía que tenemos hace años de irnos por ahí a escribir quién sabe qué, poemas, canciones, una obra de teatro, por qué no lo hacemos ahora que yo vivo una felicidad doméstica de la que no sale un maldito verso que me guste, y tu te acabas de separar de tu novia, y estando medio deprimidos, aprovechemos eso, y déjame que te vampirise; ¿dónde quieres ir?, yo pongo cualquier lugar del mundo a tu disposición: ¿Buenos Aires, La Habana, Nueva York, Praga?. Mira, Sabina más Prado más La Habana o Buenos Aires, no dan igual a trabajo. Vayamos a una ciudad centroeuropea bucólica, ideal para tipos arruinados como nosotros. Y fue así que nos fuimos a Praga. Y fue un acierto por la melancolía casi terminal de Praga y porque allí nadie conoce a Sabina, y podía hacer lo que más le gusta en este mundo, que es escribir en los bares. A Joaquín se lo suelta en un bar con su cafecito y su whiskito, rodeado de información, y es feliz. Eso no podría hacerlo en Madrid ni en Buenos Aires. Así que Praga fue un acierto. Hicimos esa canción «Cristales de bohemia», que tiene la chulería del deportado. «Vine a Praga a romper esta canción/ por motivos que no voy a explicarte./ A orillas del Moldava/ los barcos nos enseñaban/ a dejarte por darte la razón». Desde el principio me dijo tenemos que hacer algunas canciones como las de José Alfredo Jiménez. Pero Sabina, no me jodas, yo soy del rock and roll, no me vas a venir con rancheritas o es que quieres mostrarte acabado. Y como no se para en nada, un día me invitó a cenar y contrató mariachis que empezaron a tocar: «tantas luces dejaste encendidas, yo no sé cómo voy a apagarlas». Y a mí se me contagió esa fanfarronada de José Alfredo, que como a mí lo abandonan todas las mujeres y les dice: «te vas porque yo quiero que te vayas, a la hora que yo quiera te detengo», y así son sus canciones, la jactancia del derrotado. Y con esa idea se escribió «Agua pasada».
P.: ¿Cómo se les ocurrió eso de poner en el dibujo de un corralito los versos y palabras que no veían válidas para la canción?
B.P.: Joaquín Sabina es porteño de corazón, tiene la Argentina metida en la sangre. No sé por qué, no sé de dónde le vino el amor, pero es así. Yo soy su amigo, pero a la hora de escribir canciones sé quién es, sé que ha escrito algunas de las mejores canciones de nuestro idioma, y aun con la confianza que nos tengamos, no es fácil decirle: mira, eso que has dicho es una estupidez, no me gusta. Es como decirle a Picasso: esa oreja no me gusta, empieza de nuevo el cuadro. Él, a su vez es muy respetuoso. Entonces encontramos la forma de llevarnos la contraria y de ser inflexibles, sin dejar de ser educados. Inventamos el corralito, recordando el corralito argentino que hizo perder tantos valores, con una gallinita que se pudiera tragar lo que le poníamos, y cada vez que decía algo que me parecía mal o yo decía algo que a él no le gustaba: ¡al corralito! Lo escrito es la sombra de lo no escrito, de lo tachado, por eso el libro se llama «Romper una canción». Y la rompimos muchas veces, hasta que saliera entera. Así con todas.
P.: ¿Hay algo de ficción en lo que cuenta?
B.P.: Sólo en las canciones y no siempre. «La Virgen de la Amargura» es el nombre que le dimos a alguien que existía, en realidad le dábamos nombres peores. Le dije: no vamos a contar esa historia, a recorrer el mundo haciéndome quedar como un llorón; además, a esa chica la dejé yo. Ajá, se me planta, pero eso no le conviene a nuestra carrera. Y ahí inventa la historia del tipo abandonado, tirado por la desdicha, en su origen cierta pero superada por lo que se imaginó. Hay canciones, como la «Viudita de Clicquot», que es una autobiografía de Joaquín, su historia por décadas, que la escribimos los dos. Literatura es escribir la autobiografía de otro, de un otro imaginado, la autobiografía del que lee.
P.: ¿Ninguna canción es de uno de ustedes?
B.P.: No hay un solo verso que sea como a uno de los dos se le ocurrió, siempre hubo un cambio, siempre hubo un tercer verso. Cuando encontrábamos algo que nos gustaba, decíamos, por el puro placer de seguir, puede haber uno mejor. Muchos de los versos que más me gustan fueron escritos ya en Madrid, en el estudio de grabación, al filo de lo posible. Hasta el final estuvimos jugando. Claro que un juego muy serio porque el flaco ese todo lo que hace tiene una trascendencia bárbara. Cualquier cosa que dice, que pone, hay 70 mil páginas en Internet.
P.: ¿A qué se debe?
B.P.: No sé. Vive al margen de la realidad. Está la realidad, y luego está Sabina. ¿Cómo puede cosechar discos de platino en España, en Argentina, en México, si no se venden? Sabina los vende. Sus conciertos son algo delirante, llega la gente 4 días antes, y llena estadios una y otra y otra vez. Joaquín está al margen de la realidad del mercado, de la realidad social, no es de la izquierda ni de la derecha, lo quiere todo el mundo. A veces dice cosas de una incorrección tan maravillosamente incorrecta que si las dice otro lo fusilan al amanecer, pero es Sabina, y se le perdona todo. Logró lo increíble de estar en el corazón de la gente, y es así, no anota frases ni se viste de artista para salir al escenario, nunca es de mentira, nunca está fingiendo, triunfó siendo auténticamente él.
Entrevista de Máximo Soto


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