30 de julio 2009 - 00:00

Vive su peor crisis, carece de ideas, pero logra renacer

Al cumplir medio siglo de existencia, ETA volvió a actuar. Sin embargo, aunque parezca difícil afirmarlo a horas de un atentado brutal que pudo haber tenido consecuencias dramáticas, no debe perderse de vista que la organización terrorista vasca está viviendo el momento de mayor debilidad de su historia.

Entre los elementos que lo demuestran, vale citar una significativa disminución en su capacidad de matar en los

últimos cinco años -que es casi nula si nos referimos a blancos estratégicos-, cúpulas de duración efímera que son descabezadas con golpes policiales, y el evidente ahogamiento político-financiero logrado a partir de decisiones judiciales y de pactos entre el PSOE y el PP.

Por sobre toda causa instrumental o estratégica, una razón prevalece a la hora de explicar las horas amargas de los terroristas abertzales. La sociedad vasca, aun en el segmento independentista, recortó en los últimos quince años el umbral de tolerancia sobre su accionar.

Dicen los vascos que, hasta mediados de la década pasada, las familias de los asesinados o amedrentados por ETA sufrían una mirada fría y distante en los barrios de Bilbao o San Sebastián, o directamente hostil en poblaciones menores. La solidaridad, si se expresaba, se hacía sentir en voz baja. Por el contrario, los homenajes a los etarras presos o caídos contaban hasta con alguna bendición del cura del pueblo.

Financiación

Si ese extremo ocurría (todavía hoy siguen vigentes algunos rasgos de ello), aún mayor era el espacio para reclutar miembros, financiarse con festivales o herriko tabernas (bares) y cobrar el impuesto revolucionario a los empresarios. Años después del fin de la dictadura, el recuerdo místico del antifranquismo vasco, el origen católico de derecha y su mutación socialista, y la «opresión española» revestían las conciencias para cometer atrocidades.

«El bucle melancólico», en palabras del escritor vasco Jon Juaristi, fue una fuente en la que abrevaron los nacionalistas en general (lo siguen haciendo, y son pacíficos, por supuesto), y los violentos en particular.

Por si no alcanzara, los 80 fueron los años de acción de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), la organización paramilitar que encabezó la guerra sucia durante el Gobierno de Felipe González.

Quizás como muestra de debilidad o de pérdida de noción de sí misma, ETA dio paso hace quince años a la «socialización del sufrimiento», en sus términos. Hasta entonces, sus objetivos fueron principalmente políticos del régimen franquista, militares, policías o enemigos emblemáticos (Juan Carlos I). Entre sus grandes matanzas, la del supermercado Hipercor en Cataluña (1987, 21 muertos) había afectado indiscriminadamente a civiles, pero la organización atribuyó la masacre a una desinteligencia de información, si cupiera el término.

Hacia fines de los 90 y hasta hoy, la cúpula expandió sus crímenes a concejales de pueblo (que como segundo trabajo eran plomeros, empleados de vialidad), periodistas o docentes. No fue en vano. El asesinato en 1997 de Miguel Ángel Blanco, un joven concejal del Partido Popular (conservador) de la localidad fabril de Ermua, disparó a millones de españoles a las calles, como no ocurría desde la primavera felipista. ETA sufrió un repudio masivo, notable en las calles vascas, como no había ocurrido hasta entonces.

Estrategias

Dos estrategias contrapuestas se pusieron entonces en juego. Por un lado, el Partido Nacionalista Vasco (PNV, centro), que gobernó en Euskadi hasta este año, trató de sumar a los independentistas radicales al diálogo y hasta a alguna alianza parlamentaria. Si bien esta formación demócrata cristiana (civilizada, europeísta) mantuvo firme el repudio a la violencia, los gestos de acercamiento al sector político cercano a ETA fueron elocuentes.

Mientras, José María Aznar trinaba. La contracara fue precisamente el proceso político y judicial de ilegalización de Herri Batasuna, iniciado por vías paralelas el pacto PP-PSOE, por su lado, y el juez Baltasar Garzón y otros tribunales, por el otro. La apuesta parecía contener más riesgos que lo que la realidad demostró.

Decaimiento

Los últimos dos años evidencian que ETA surgió de la última negociación frustrada con José Luis Rodríguez Zapatero con menos fuerza que nunca.

Antes, cada tregua era seguida por una ola sanguinaria. En esta oportunidad, como dato elocuente, las primeras víctimas del reinicio violento fueron dos inmigrantes ecuatorianos que habían ido a buscar a un familiar al aeropuerto y se habían quedado dormidos en el estacionamiento de Barajas. ETA bajó otra vez la escala social de sus víctimas. Pero este presente ciertamente crítico para el terrorismo vasco no debe llevar a la confusión de que la situación está próxima a ser resuelta.

La ilegalización de Batasuna (formación que no condena la violencia de ETA) lleva más de seis años, y elección tras elección, ya sea vía abstención, voto a Clemente o apoyo a partidos creados especialmente para eludir la censura política, queda demostrado que hay un núcleo de voto abertzale que navega entre el 10% y el 18% del electorado. La baja en el umbral de tolerancia de la violencia no se traduce necesariamente en la disminución del porcentaje de independentistas.

Por otro lado, es un dato que los jefes de ETA no tienen rumbo. Son jóvenes de entre 20 y 40 años, nacieron en democracia y no se destacan por sus elaboraciones ideológicas. Tienen problemas logísticos y hasta de subsistencia.

Pero lo cierto es que se renuevan. Hay una cantera que permite a la organización reemplazar a las cúpulas que caen. Y estos jóvenes algún lazo tienen con los veteranos que hoy los miran hasta azorados desde la cárcel. Parecen dispuestos a cualquier locura, como atentar contra un edificio en el que dormían 41 niños.

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