Palermo, Sicilia. Un sujeto acostumbra doblar a todo trapo justo cuando el semáforo se pone en rojo. Un día calcula mal y aparece en el Purgatorio. Debe ser el Purgatorio, porque tiene toda la pinta de una oficina pública. Ahí se queja: ¡no le computaron los licuados de frutas y jengibre que se tragaba todas las mañanas! ¿No dicen que la comida sana alarga la vida? Le dan la razón, hacen el cálculo y lo devuelven a la Tierra para que aproveche la diferencia de tiempo como mejor pueda. El problema es que eso de las virtudes de la comida sana está exagerado. Su vida no se alargó ni dos horas.
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De todos modos, como esto es una película, gracias al montaje y la ilusión en tan escaso tiempo el hombre consigue hacer lo necesario para irse en paz consigo mismo y dejar en la familia un buen recuerdo. A la disparada, pero lo consigue. La comedia también está hecha a la disparada pero mejora cuando la mujer entiende que está siendo abrazada por un muerto, y cuando de pronto salta el delicioso “Voglio vivere cosí”, quiero vivir así, en versión de Claudio Villa, siempre mejor que las versiones de Christian De Sica y Pavarotti, y no contamos más, salvo lo que por ahí escribió alguien que sabe: “Cuando terminamos de cometer errores termina la vida, que es solo un pedazo de tiempo compuesto por momentos de inadvertida felicidad”.
Ese alguien es Francesco Piccolo, autor de los libros de reflexiones “Momenti de trascurabile felicitá” y “Momenti de trascurabile infelicitá”. En ambos se inspiró esta comedia de Daniele Luchetti, que bien puede ponerse a la par de fantasías similares consagradas, como la hermosa “Escalera al cielo”, de Powell & Pressburger, con David Niven, o “El difunto protesta”, de Alexander Hall y “El cielo puede esperar”, de y con Warren Beatty, ambas basadas en una pieza teatral de Harry Segall.


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