9 de junio 2014 - 00:00

Wagner cantó una bella Lecouvreur

“Adriana Lecouvreur” encontró en la voz de Virginia Wagner una notable protagonista.
“Adriana Lecouvreur” encontró en la voz de Virginia Wagner una notable protagonista.
"Adriana Lecouvreur", ópera en cuatro actos. Música: F. Cilea. Libreto: A. Colautti, basado en la pieza de E. Scribe y E. Legouvé. Coro y Orquesta Buenos Aires Lírica. Puesta en escena: C. Manich. Dirección musical: C. Vieu (Buenos Aires Lírica, Teatro Avenida, 6 de junio).

Muchas particularidades hacen de "Adriana Lecouvreur", la ópera de Cilea que Buenos Aires Lírica brinda en una nueva producción, una pieza de compleja realización escénica y musical. Se trata de una obra metateatral, en la que una actriz y los avatares del oficio teatral son protagonistas, junto a los devaneos de su vida amorosa.

Por otro lado es evidente que la esencia del drama de Scribe y Legouvé (estrenado en 1849) que sirve de base al libreto de Colautti es francesa, y que pierde fuerza en su traducción al italiano. La trama de la obra teatral original, de por sí intrincada, lo resulta más aún en la versión operística, y ésa es otra dificultad que se debe afrontar.

La directora de escena Crystal Manich (conocida aquí por su "Madame Butterfly" para esta misma institución en el 2010) maneja la totalidad de las situaciones con este sesgo metateatral, lo que, si bien depara algunas instancias interesantes, borra al mismo tiempo esa frontera y quita al planteo original gran parte de su encanto. Cada uno de los cuatro actos presenta una visión diferente de un bellísimo escenario, parte sustancial de la excelente escenografía de Noelia González Svoboda; dentro y fuera de él tienen lugar los giros argumentales.

El punto débil del trabajo de Manich es la marcación actoral, que no parece haber encontrado un rumbo certero y que deja a los cantantes librados a su propia inteligencia teatral y a su oficio. Muy eficaz resulta el vestuario de Lucía Marmorek y también la escenografía de Rubén Conde.

En su debut en el papel principal, Virginia Wagner impresiona con la belleza y el caudal de su voz, con su entrega musical y actoral y con la sutileza de sus matices, desde la famosa "Io son l'umile ancella" (suerte de "credo" del intérprete) hasta el dramatismo de la escena de su muerte.

Wagner encuentra una contrafigura perfecta en la Princesa de Bouillon que encarna Adriana Mastrangelo, impecable. El brasileño Eric Herrero compone a un Maurizio correcto, con un instrumento adecuado al papel pero menos matizado en lo gestual que sus colegas femeninas; de todas maneras, el tenor cuenta con lo suficiente para salir airoso.

Omar Carrión es un Michonnet desdibujado: pese a intenciones sutiles, su composición no llega a convencer y su caudal se pierde con frecuencia detrás de la masa orquestal.

Sergio Spina lleva a cabo otra notable y finísima composición como el Abate de Chauzeuil y conforma una dupla relevante junto al muy buen Príncipe de Bouillon de Christian Peregrino.

El excelente cuarteto integrado por Eugenia Coronel, Griselda Adano, Mauro Di Bert y Walter Schwartz aporta buen canto, frescura y dinamismo. En sus breves intervenciones el Coro preparado por Juan Casasbellas sonó ajustado.

Debiendo lidiar con el desbalance que trae aparejada la necesidad de ubicar metales y percusión en los palcos "avant-scène" y con la impiadosa desafinación que casi constantemente exhiben las cuerdas, Carlos Vieu proporciona una lectura bien delineada de la bellísima partitura, en sintonía con lo que sucede en escena, y es un autorizado guía para el aspecto musical de esta "Adriana Lecouvreur".

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