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Wall St. cortó racha (y viene mitín de Fed)
Basta inspeccionar la estructura del retroceso para suscribir la tesis de un descanso y no la de un quiebre. El Nasdaq y el Russell 2000, tan vapuleados en los últimos tiempos, cayeron apenas el 0,25% en la semana. Renglones que soportaron una profunda corrección hasta fines de abril como biotecnología e Internet cerraron con alzas. Y las acciones de "social media" se dieron el lujo de anotar un avance del 4%. Las Bolsas de mercados emergentes tampoco se vieron afectadas, en claro contraste con las vacilaciones de Nueva York y Europa.
Eso sí, al optimismo que despuntó en Wall Street el último mes -el porcentaje de inversores "bullish" (alcistas) pasó de poco más del 28% el 8 de mayo a casi el 45% el jueves- se le habrá bajado el copete. La sobrecompra, visible después del efecto Draghi, fue rasurada. Si algo hay que apuntar de Wall Street, más allá de que según la óptica que se elija esté caro o bien valuado, es que no cede a la tentación del desenfreno. No se niega a los récords pero sí a las zancadas. Va paso a paso, probando con sumo cuidado el terreno. Esta retracción prudente es una demostración.
Si la crisis de Siria (que lleva cuatro años sangrientos) no fue más que una anécdota pasajera; y la de Ucrania, lo mismo, un justificativo útil para achacarle las ruedas en baja; y los entreveros de China con Filipinas y Vietnam ni siquiera son una mención, ¿será que las desventuras de Irak ponen en peligro la marcha del mercado alcista? No por Irak, pero hay petróleo en juego y el precio del crudo acusó rápido recibo. Que un grupo escindido de Al Qaeda se adueñe de buena parte del país, tome Mosul y ahora rodee a Bagdad, es un fracaso épico de la política exterior de EE.UU. Que Obama reaccione casi al mismo tiempo que nosotros -con los hechos consumados cuando Fallujah cayó en enero- luce patético. Pero Wall Street ya ha visto estas películas -sin ir más lejos, la crisis de los misiles en Siria- y las sostuvo poco en cartel. Que pasen sin dejar rastro no significa que carezcan de consecuencias de importancia. No obstante, a menos que esas consecuencias golpeen con fuerza extrema a su puerta, los mercados continuarán su vida por carriles separados.
De muy distinta naturaleza es la sorpresa que nos llegó de Londres. Mark Carney, el hombre fuerte del Banco de Inglaterra, alertó que la suba de tasas de interés allí podría producirse mucho antes que lo previsto.
El canadiense eligió un momento delicado. Por un lado, el Banco Central Europeo acaba de descerrajar un paquete de medidas de estímulo cuyos efectos benéficos no han terminado de derramarse. Y lo de Carney avanza a contramano (salvando las distancias, como Bernanke con el anuncio del tapering en mayo de 2013 tras la decisión del Banco de Japón de duplicar la base monetaria). Por otro lado, la Fed celebra su reunión este miércoles y no es un mitin cualquiera.
Habrá una posterior conferencia de prensa de Janet Yellen y publicación de una nueva tirada de proyecciones. También en EE.UU. se conversa de la próxima fase de la política monetaria aunque con más sutileza. ¿Está marcando Carney un punto de inflexión, el fin de la fiesta mundial? Es un portavoz demasiado volátil -segunda vez en el año que muda el libreto- para servir de proxy de las políticas de la Fed y de las ideas fijas de una veterana tozuda como Janet Yellen.
Digamos que el desembarco de Stanley Fisher -como número dos- generará más incertidumbre. La fuerte reacción de la libra sugiere otra cosa, pero, ya se sabe, los días del imperio británico y su influencia global son materia de un muy lejano pasado.


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