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Wall St. no le teme a nadie (y Yellen no se le animará)
José Siaba Serrate
Después de conocer los números, Charles Plosser, titular de la Fed de Filadelfia, consideró que es hora de empezar a librarse del programa, el controvertido QE3. Sería "inteligente" iniciar la desconexión y "dejar que la economía se estabilice por las suyas", dijo. Plosser opinará en el cónclave del 17 y 18, pero carece de voto hasta 2014. ¿Ejercerá influencia? Módica. Su prédica, sin ser solitaria, no alcanza masa crítica.
Quiérase o no, en los hechos, aunque no en los papeles, otro jugador de peso con voz y sin voto es Wall Street. Sus penurias, sobre todo, las del mercado de bonos, gravitaron en la sorpresiva decisión de septiembre, cuando el banco central tenía preparado comenzar la reducción del QE3 y, a último minuto, prefirió hacer mutis por el foro. La inestabilidad de las tasas largas, que treparon de mayo a septiembre del 1,60% al 3%, dictaminó la inconveniencia de acometer el desguace. La novedad relevante, pues, fue comprobar el viernes que cuando las cifras del informe laboral derramaron señales concretas de fortaleza, la Bolsa, que se agachó la cabeza las cinco ruedas previas, reaccionó con un salto pujante. La tasa de desocupación cayó 3 décimas de un mes al otro y cerró noviembre en el 7% (por primera vez desde 2008). El registro importa porque Bernanke, en junio, al bocetar la retirada gradual del QE3 deslizó que podía expirar hacia mediados de 2014 cuando la desocupación rondara, precisamente, el 7%. Tomando sus dichos como referencia se advierte que la merma del desempleo se anticipó ocho meses, mientras que la reducción del QE3 ni siquiera dio la puntada inicial.
¿Qué pasó que lo que provocaba pavura tres meses atrás, en apariencia, hoy sirve de tónico muscular? Una golondrina, desde ya, no hace verano. La templanza podría derretirse si la Fed atiza el fuego. Pero la estrategia del banco central -en especial, después del malogrado ensayo de septiembre- apuntó a convencer a los mercados de que el "tapering" es un ejercicio monetario de naturaleza incruenta. La Fed no pretende restringir la liquidez, sino su incremento a una tasa menguante a medida que va disminuyendo el tamaño de las compras. Y lo que consiguió, culpa de las tasas largas, fue un severo estrangulamiento.
Hubo que comunicar distinto. A fuerza de declaraciones -y oportunos papers de investigación- se perfeccionó el mensaje: se comprarán menos bonos, pero, a cambio, se mantendrá la vigencia de la política de tasa cero por más tiempo. La idea es dejar de comprar bonos y no dejar de estimular. ¿Una manera de lograrlo? Charles Evans, de la Fed de Chicago, también el viernes, acercó la posibilidad de tomar el compromiso de no elevar las tasas cortas si antes la desocupación no desciende del 6% (el umbral indicativo actual es el 6,5%). Hay que entender cuál es el canje que se ofrece: la Fed no quiere sumar activos tangibles (la cartera de bonos sobrepasará pronto los 4 billones de dólares) y prefiere adquirir pasivos intangibles (acentuar la política de "forward guidance"; de apalancarse en la palabra, que puede ser igualmente poderosa, pero es mucho más barata para desarmar si hay que recular de prisa).
¿Funcionará? Está empezando a funcionar. Aunque el punto crítico no son las acciones, sino la renta fija. Todos los ojos se posan en la tasa larga (pero es la tasa de dos años la que avisará primero si la estrategia cruje). Dada la reacción favorable de la Bolsa, ¿se animarán las autoridades a inaugurar el "tapering" con un gesto simbólico la semana próxima? Creemos que no, que querrán probar mejor el terreno (y cerciorarse sobre la calidad de la recuperación económica). Y más si el poder confluye hacia Janet Yellen. Un traspié en su bautismo de fuego sería durísimo de remontar. Si no hubo prisa en septiembre, no hay motivos para introducirla ahora.


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