13 de octubre 2014 - 14:15

Wall Street: el S&P 500 sigue contra las cuerdas

¿Un octubre -otro más- que pasará a la historia? Wall Street vivió su peor semana desde mayo 2012. El índice S&P 500 retrocedió más del 3%. El Dow Jones perdió todo lo ganado en el año y acumula un rojo del 0,2%. Peor es la situación del Russell 2000 que acusa una merma del 9,3% tras caer el 13,1% desde sus máximos de marzo. La Bolsa carece de excusas. La paliza del viernes fue extensa (e intensísima en volumen) y el cierre -en los mínimos- no resultó peor gracias al gong del final de la rueda. El S&P 500 quedó apoyado sobre la media de los últimos 200 días -1.905 puntos- como un boxeador sin defensas que se recuesta contra las sogas. El mercado lateral -la franja de cotizaciones entre 2.000 y 1.900 puntos- sigue en pie, pero está a punto de besar la lona. Y habrá que esquivar la amenaza del Lunes Negro moviéndose hacia los costados, so pena de terminar fuera del ring.

La lista de razones para tan súbito deterioro atesora múltiples motivos, todos atendibles, pero no es muy distinta de las redactadas en otros momentos y que hubiera que arrojar en el canasto de los apuntes inservibles. La Bolsa soportó chubascos peores y supo abrirse paso. Y ahora lo intentó, pero no pudo. La noción instintiva de aprovechar los retrocesos -comprar la baja, el famoso "buy the dip"- se aplicó en sendas ocasiones desde que comenzó octubre. Ambos contragolpes fracasaron, llamativamente pronto. El último rebote -un salto del 1,75% el miércoles tras conocerse las minutas amistosas de la Fed- vino con el cheque al portador de un banco central receloso de apurar una suba de tasas, y aún así no pudo cobrarse.

La salud de la economía mundial preocupa. Cuando se comentó aquí el rally urgente de los bonos del Tesoro se dijo que "un mundo debilitado -llámese Europa, Japón o los Brics- pesa hoy más en las decisiones de Wall Street que la lozanía solitaria de EE.UU.". Es así. Los malos números de Alemania fueron la gran sorpresa: la producción industrial se precipitó el 4% (cuando se preveía una merma de 1,5%) y las exportaciones, el 5,8%. Hay que remontarse más de cinco años atrás para hallar guarismos similares. Que el FMI, también esta semana, haya publicado la revisión bajista de sus pronósticos de crecimiento para este año y el próximo es una desafortunada coincidencia. Sobre todo, porque le asignan altas chances (1 en 3) a una triple recesión en la zona del euro. Ahora bien, la carambola la completó el Bundesbank.

Jens Weidmann, su titular, salió con los tapones de punta contra los planes de expansión cuantitativa del BCE. El cuadro no podía ser peor: la eurozona se mece al filo de la recesión, la locomotora alemana pone marcha atrás a gran velocidad y el rígido Bundesbank nos dice que se ocupará en que Mario Draghi no pueda cumplir sus promesas.

Difícil pensar en un mensaje más corrosivo, dada la ocasión. Sin embargo, ¿será que Europa se resigna, sin más, al riesgo del "triple dip"? Subestimar a Draghi no ha sido nunca buen negocio. Cuesta creer que el BCE no hallará maneras de expandir igual su hoja de balance y, como mínimo, devolverla al tamaño que supo tener a comienzos de 2012 (un aumento del 50%). El derrumbe vertical del precio del petróleo -fácil de tomar como proxy del debilitamiento de la demanda agregada en el mundo- es otro ejemplo de exageración. Como ocurre con los granos, pero mucho menos visible, la oferta creciente de crudo tiene un rol que no debería pasarse por alto. Cuando se atan cabos sueltos, la economía mundial no luce tan frágil como podría creerse a simple vista.

La avidez de los inversores por desmenuzar la data económica es enorme, pero aquí pesó más la propia dinámica de los precios que cualquier indicador tomado de afuera. Lo que asusta es el reacomodamiento al interior de la Bolsa, ver cómo se derriten los soportes intermedios y una corrección de manual (una asignatura pendiente desde 2011) eventualmente se pone a tiro. El vértigo que surgió de repente tiene más que ver con las alturas de la Bolsa que con los valles de la actividad económica. Por un momento, la causalidad revirtió su curso: es la economía la que debe rezar para que los mercados financieros no pierdan la fe y se le abalancen. Los balances, que eran una amenaza, ahora son la contribución más a mano para calmar a las fieras.

Dejá tu comentario