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Wall Street festeja la mejora del empleo
Janet Yellen
La semana corta desplegó una agenda larga. Se completó con una definición tajante de Janet Yellen, la mandamás de la Fed. La política monetaria está para velar por la actividad económica, la inflación y el empleo, no para desdoblarse también en la custodia de la estabilidad financiera. Para ello existe otro instrumento específico: la política macroprudencial. La regulación y la supervisión financiera, por caso. Las palabras de Yellen no fueron dichas al azar. Son la contundente respuesta a la tesis del Banco Internacional de Ajustes (BIS), "el banco central de los bancos centrales", que considera que ha llegado la hora de abocarse a la normalización de la política monetaria. Esto es, el desmontaje de los estímulos sin más demora. Los bancos centrales, la Fed incluida, no tienen prisa. Un dato crucial ahora que el mercado laboral de EE.UU. suelta sus bríos.
En los últimos meses, la volatilidad de los mercados cayó de manera significativa mientras se acentuó la búsqueda de rendimientos y la reducción de spreads de riesgo crediticio. ¿Los riesgos globales son menores? No, dice el BIS. Ocurre que los inversores se han convencido de que las condiciones monetarias se mantendrán extremadamente laxas por mucho tiempo y, confiados, aumentan la toma de riesgos. Urge cortar, pues, esta dependencia de los mercados en relación con la política monetaria. "Después de varios años de dinero fácil, debemos prestar más atención a los riesgos de una normalización demasiada tardía", sentenció Jaime Caruana, la cabeza visible del BIS, en la reciente Asamblea General.
Como para desterrar cualquier duda, Yellen se pronunció en las antípodas. No pondera los peligros de igual manera que el BIS (en la tradición discordante de sus inmediatos predecesores, Greenspan y Bernanke). Tampoco vislumbra un problema grave de efervescencias aunque reconoce la existencia de algunos bolsones de excesos. Y, como principio rector, defendió la separación entre política monetaria y política de estabilidad financiera. Traducción: que la Bolsa, clave récord tras récord, no moverá en nada el amperímetro de la política monetaria. Y en esta semana corta pero fructífera, definiciones similares se escucharon en Londres y Fráncfort. Mark Carney, del Banco de Inglaterra, y Mario Draghi, del BCE, coincidieron. Y el Riksbank sueco taló agresivo -¡medio punto!- sus tasas de interés. Aquí no hay debate, murió al empezar. El BIS -que vio venir la crisis internacional de 2008/9 mucho antes que sus bancos centrales miembros- sabe, por experiencia, que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Conmueve que insista en susurrar lecciones.
Así, la Bolsa no tiene enemigos a la vista. Maneja sus tiempos. Que la economía repunte le viene bien, aunque en rigor, hoy por hoy, la creación de empleos marcha más de prisa que la actividad y ello se debiera reflejar en menor productividad, aumento de los costos laborales unitarios y una merma en los márgenes de rentabilidad. Tocará dilucidarlo ahora que se arrima una nueva temporada de balances. El brote de urticaria por la inflación no molesta. En esencia, porque la Fed tampoco siente la picazón. Las tasas de interés van a subir el año que viene, pero no antes, como apura el BIS. Y, a diferencia de antaño, no deberán izarse al tope del mástil. O eso se cree. Tal la brújula sencilla que le marcará el norte a Wall Street hasta que -de manera fehaciente- se demuestre lo contrario.


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