21 de agosto 2009 - 00:00

Washington: 48 horas en la capital del imperio

Washington: 48 horas en la capital del imperio
Imponente, por donde se la mire, así es la capital del país más poderoso del mundo. Y se lo tiene que hacer saber a todo aquel que la visite ya sea a través de sus gigantes monumentos o con sus más de 20 museos. Fundada en 1790 bajo la planificación del arquitecto francés Pierre LEnfant, las calles de esta ciudad siguen un esquema de tablero de ajedrez, con algunas diagonales -que tienen nombres de cada uno de los 50 estados que conforman este país- que se originan en el edificio del Congreso. Además, para simplificar aún más el recorrido a pie, los nombres de las otras calles son números o letras.

Buena parte de las casi 600 mil personas que viven en esta ciudad trabajan para el enorme aparato burocrático. Y el resto se reparte entre embajadas, oficinas de organismos internacionales (como el Banco Mundial o FMI) y entes relacionados con el Gobierno. Resultado: un cierto aire intelectual cosmopolita que hace que Washington tenga una movida cultural más que interesante.

Un buen punto para empezar el recorrido es el Lincoln Memorial. De estilo griego, fue edificado en 1922 para conmemorar al 16o presidente norteamericano. Consiste en una especie de templo erigido sobre 36 columnas, de 10 metros de alto cada una, y en cuyo interior hay una estatua de Abraham Lincoln sentado. Según cuentan, las manos representan las iniciales de su nombre (A.L.) en lenguaje para sordos, tal como era la hija de este presidente. Fue en las escalinatas de este monumento donde Martin Luther King pronunció su famoso discurso «Tengo un sueño». Al bajar las escalinatas están los grandes piletones de agua (Reflecting Pool), que fueron escenario de una parte de la película «Forrest Gump». Mirando hacia el Capitolio (con el Lincoln Memorial detrás), y caminando unos 15 metros hacia la izquierda, está el Vietnam Veterans Memorial, una pared de piedra negra en la que se encuentran tallados los miles de nombres de los caídos en esta guerra.

Caminando al costado de los grandes piletones se llega al monumento a Washington, un obelisco de 166 metros cuya construcción se inició en 1848, que se alza en el centro del National Mall, un enorme parque alrededor del cual está la mayoría de los museos del Instituto Smithsoniano. Desde una parte alta de este monumento se puede ver la Casa Blanca. Pero en vez de ir hacia esa zona, mejor decidir entrar a alguno de los museos: los más recomendados son el del Holocausto, el de Historia Natural o el de Aire y Espacio (este último en especial si el paseo es con chicos). Como en la mayoría de las atracciones en Washington DC, la entrada es gratuita.

Desde allí conviene tomar la línea azul del Metro en la estación Smithsonian para ir hasta el cementerio de Arlington (cerca del Pentágono, al otro lado del río Potomac). Hay más de 300.000 norteamericanos enterrados, varios presidentes, entre ellos el más conocido es John F. Kennedy. Sin embargo, la principal atracción es el cambio de guardia frente a la Tumba del Soldado Desconocido.

El sistema de Metro de Washington DC es uno de los más usados en las ciudades norteamericanas, luego del de Nueva York. Sin embargo, su trazado es útil para dirigirse sobre todo desde las afueras de la ciudad al Downtown. Pero desde el cementerio de Arlington no se encuentra lejos el pintoresco barrio de Georgetown, aunque es conveniente ir en taxi (u$s 10 o u$s 12 el viaje).

Luego de haber visto los grandiosos edificios y monumentos, caminar por calles que dan sensación de barrio no viene mal. Georgetown existe desde antes de que se fundara el DC y todavía conserva las veredas y casas de fines de 1700. Uno de los edificios más emblemáticos es la Universidad de Georgetown, fundada en 1789, donde estudiaron Bill Clinton y Felipe de Borbón, entre otros.

Georgetown es una mezcla de frivolidad de sus tiendas (sobre todo en las calles M y Wisconsin) y la elegancia de sus moradores, principalmente, de clase alta. Tiene buena movida nocturna de restoranes y bares que invitan a terminar el día en una de sus mesas.

El Capitolio, sede de las cámaras de Diputados y Senadores norteamericana, fue terminado de construir en 1800. A diferencia de la Casa Blanca, donde para poder ingresar es necesario solicitar el permiso con 6 meses de antelación, además de ser invitado por un senador (es decir, prácticamente imposible), el Palacio Legislativo está abierto al público diariamente, y hasta tiene visitas guiadas. Además de este edificio central, a una cuadra está la Corte Suprema y la Biblioteca del Congreso.

A la hora de parar a almorzar, la estación central de trenes, Union Station, ofrece en su patio de comidas una amplia variedad para todos los gustos y bolsillos. Volviendo sobre los pasos hechos y caminando dos cuadras por Louisiana Avenue se llega a la Galería Nacional de Arte. Está conformada por dos alas unidas por un pasaje subterráneo: la Oeste, con colecciones de arte norteamericano y europeo desde la época medieval hasta el siglo XIX, y la Este, diseñada por el arquitecto chino (devenido norteamericano) Ieoh Ming Pei (que construyó, entre otras cosas, la pirámide del Louvre), que se centra en arte moderno y contemporáneo, con obras de Picasso, Pollock y Andy Warhol.

- Casa Blanca

Para llegar hasta la Casa Blanca hay que continuar por la avenida Pennsylvania. Como es tan complicado entrar, lo más atractivo de la visita lo constituyen las protestas que la rodean: desde la huelga de hambre por Irán hasta los carteles de «fuera de Irak» o los supuestos naïf y sinsentido de «abrazos gratis».

Caminando unas cuadras hacia el Norte se llega al corazón de Chinatown. En sí lo que este barrio tiene de asiático es sólo su nombre ya que son cuadras de restoranes de distintas partes del mundo y bares irlandeses. Si esta opción no convence, las otras dos para terminar el día están un poco más al Norte: en la zona de U Street (calle U) -barrio que albergó a la comunidad negra más grande en EE.UU. hasta los años 20, cuando Harlem, en Nueva York, le ganó ese lugar en el podio- los bares donde tocan jazz, especialmente los viernes, se multiplican. O si no, está Adams Morgan, para un público más joven, con lugares para sentarse a tomar una buena cerveza.





Newseum

Abrió hace poco más de un año. Está enfrente de la Galería Nacional de Arte. Tiene tapas de diarios desde 1700, de distintas partes del mundo, pero casi toda la exposición se basa en el desarrollo periodístico norteamericano. Cuesta u$s 20.

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