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Wayne Shorter: una lección de jazz, sólo para entendidos
Wayne Shorter se permitió todas las libertades, jugó en el terreno que lo hizo divertir junto a sus compañeros, navegó por los temas sin preocuparse por estilos, y cerró las puertas a la demagogia.
Fue una lección de jazz y una exhibición de toda la libertad que puede permitir el género nacido en los Estados Unidos. Fue un concierto difícil, sólo apto para quienes tienen una formación previa y mucho entrenamiento en escuchar músicas y propuestas diferentes. Fue una pedantería intelectual que dejó afuera a públicos más acostumbrados a expresiones jazzeras más clásicas, como el hot, el swing y aún el bop.
Cualquiera de todas esas frases -aunque con mayor énfasis en los adjetivos- podía ser recogida al final del único concierto que Wayne Shorter, al frente de su cuarteto, dio frente a un teatro Gran Rex colmado. Porque, efectivamente, el saxofonista norteamericano se permitió todas las libertades, jugó en el terreno que lo hizo divertir junto a sus compañeros, navegó por los temas sin preocuparse por estilos, cerró todas las puertas a la demagogia, y simplemente tocó, unos 75 minutos -incluidas dos entradas para bises- para un concierto que algunos calificaron como el mejor que le vieron en Buenos Aires y otros -sólo unos muy pocos, es cierto- se fueron antes de tiempo ajenos a su discurso estético.
Para empezar a detallar lo que pasó en el Gran Rex, debemos contar que quien debió ser la baterista del cuarteto, Terri Lyne Carrington, con quien Shorter viene tocando hace un tiempo -en reemplazo del anterior Brian Blade- no pudo finalmente llegar a tiempo a Buenos Aires porque fue desviada a Santiago de Chile- por culpa de las cenizas volcánicas. Entonces, la formación que incluye a los «históricos» Danilo Pérez y John Patitucci, tuvo un reemplazo «made in Argentina», el del baterista Oscar Giunta. Es imposible saber qué hubiera ocurrido con Carrington en la percusión, pero es extraño suponer que Shorter hubiera elegido otro camino estético. En todo caso, en honor del crédito local, tendríamos que suponer que supo estar sobradamente a la altura de las circunstancias y que, con apenas un par de horas de ensayo, supo sumarse al modo «fluyente» del concierto que propuso el gran maestro del saxo. El concierto discurrió prácticamente en continuado; y, de hecho, lo que fue «el primer tema» se extendió por 50 minutos.
Es que en ese devenir, Shorter -nunca perdió el manejo de la situación y la decisión sobre el curso de las cosas- fue haciendo sonar distintas piezas -se escucharon títulos como «Footsprints», «Beyond the Sound Barrier», «Smilin Through, «As Far as We Can See», «Joy Rider», etc.-, sin llegar jamás al desarrollo extenso, entregando pequeños espacios para las improvisaciones de sus compañeros, cambiando del saxo tenor al soprano, hilvanando las composiciones con la más absoluta naturalidad.
Danilo Pérez -con su ímpetu latino a veces un poco exagerado aunque siempre enormemente musical- y John Patitucci -uno de los mejores contrabajistas que tiene el jazz actual- fueron puntales excelentes para el liderazgo musical de Shorter. Y Giunta -»me bajé del 60 y acá estoy», dijo bromeando y evidentemente emocionado- se ganó de sobra la ovación final del público y el abrazo cariñoso del resto de los músicos.


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