30 de abril 2010 - 00:00

Ya se debe blindar a Portugal y a España

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
La crisis europea tiene marcada su hoja de ruta. Grecia, Portugal, España. Gracias a las agencias descalificadoras de deuda -en rigor, a los servicios de Standard and Poors que, esta semana, troqueló el itinerario sugerido- hasta el más distraído de los especuladores sabe, siguiendo la línea de puntos, por dónde hay que cortar. Los mercados son más miopes que nunca, dice tranquilizador el comisario europeo de la Competencia, Joaquín Almunia, pero en la eurozona (pruebas al canto, el país de los ciegos) hoy el tuerto es rey.

Quienes lanzaron el ultimátum sobre Grecia no fueron los mercados -ni las agencias descalificadoras- sino Alemania y Francia (lo que Almunia olvida) a lo largo de todo noviembre y diciembre. El Banco Central Europeo (BCE) acompañó con similar energía. La invocación de las cláusulas constitucionales antirrescate fue el latiguillo favorito para convencer a los incrédulos de que la Unión Europea le soltaría la mano a Grecia si no se embarcaba en un drástico (e improbable) ajuste fiscal. Aun así, la prédica original no tuvo éxito. En fecha más reciente, la primera ministra alemana, Angela Merkel, subió la apuesta. Dijo -sin nombrar a nadie (pero quién otro podría ser)- que un país que infringiera las reglas fiscales de Maastricht en forma reiterada podría ser expulsado de la eurozona (sin abandonar la Unión). No es así, ya que se violaría el Tratado de Lisboa. Pero las chances de un final traumático se acrecentaron. Entiéndase bien: lo gravitante no fue el comportamiento de Grecia sino la ofuscación alemana.

Es una paradoja, pero el mensaje sombrío caló hondo recién la semana pasada. Por primera vez, los mercados compraron de verdad la tesis de un percance (de ahí, la abrupta inversión de la curva de los bonos soberanos de Grecia). Es curioso porque ya no quedan rastros de beligerancia en el discurso oficial. Y, en vez de un cadalso, lo que se anunció en la plaza pública es un programa multimillonario de rescate. Pero, ahora que Trichet y las autoridades dicen que ni el default ni la reestructuración son una posibilidad, los mercados creen que sí.

¿Qué los convenció? La incapacidad de dar respuesta efectiva a un problema de menor envergadura, que luego escala de manera exponencial, es el origen del tumulto. El bloqueo persistente. Se diría que es una cuestión operacional. El blindaje griego está aprobado. Crece día a día y, en las declaraciones, ya luce formidable. Sin embargo, es todavía una caja impenetrable. Y Berlín niega las llaves del candado. Quizás porque así lo desea, quizás no las consiga. Si Standard and Poors -a pesar del paquete de ayuda- prefirió cubrirse y rebajar la calificación griega al nivel de basura (y arrastrar a Portugal y España) lo que sugiere es que, tal vez, la Unión Europea, aunque quiera, no pueda manejar la situación. Demostrar lo contrario, no debería resultar difícil. Pero hasta los miopes ahora quieren ver para creer.

Lo que antes se negaba -y le permitía a Grecia financiarse a los costos de Alemania- hoy se instaló como una verdad que parece añosa y escrita en piedra. El destino inexorable de la deuda griega, se dice, es el default o la reestructuración. ¿Es así? No. Ése es el destino más probable. Pero se puede evitar. No vale la pena fatigar la aritmética de las cuentas públicas. Y, es obvio, que los mercados le bajaron ominosamente el pulgar (es bueno recordar, de paso, que la Argentina capotó con una deuda inferior a los topes de Maastricht; que es como ahogarse con el agua a las rodillas). Pero el asunto no acaba allí. Grecia es un tapón muy conveniente para demorar el avance de la crisis (aunque, a esta altura, se haya perforado y la corrosión ya derrame sobre el Mediterráneo). La deuda griega es muy grande (123% del PBI y en alza) pero el país es muy chico (apenas el 3% de la región). Es un grano molesto para Europa pero, en definitiva, sólo un grano. Su destino no tiene nada de inexorable. Será, en principio, lo que Europa quiera (o lo que permita su pericia en gestionarlo). Más aún: el shock adverso de la deuda griega tiene poco de asimétrico. Los bancos franceses mantienen una exposición en Grecia de más de 75 mil millones de dólares. Los bancos suizos, 64 mil millones. Los alemanes, 43 mil millones. Si remover el grano de Atenas, como se piensa, genera urticaria en el Mediterráneo, la cuenta trepará. En Portugal, los activos de la banca alemana suman otros 47 mil millones de dólares. En España, más de 240 mil millones. Si se puede mantener el tapón en su lugar, y se puede, convendría dejarlo allí. Pero no hay que pasar por alto que Grecia también juega. Y es el que pone el cuerpo. Su aspiración hoy es que la Unión Europea lo mantenga a flote. Pasado mañana, ¿lo será? No se sabe. Dependerá de cuánto le rinda el sacrificio. Si el ajuste es un infierno, no querrá abonar estadía. Grecia, de motu proprio, puede escoger unilateralmente el default o la reestructuración. En tal caso, el paquete de ayuda se convertirá en una inservible línea Maginot.

Contener la crisis, a esta altura, obliga pues a trabajar en los frentes que ya se fisuraron: Portugal y España. Es verdad que las finanzas públicas de Portugal son más sólidas que las de Grecia. Ello explica por qué la corrida comenzó en Grecia. No significa, para nada, que se agotará en Portugal. Y las ramificaciones potenciales son inquietantes: si se cuestiona el nivel de deuda pública portugués, vale decir que es similar al que ostenta Francia (alrededor del 80% del PBI). Por supuesto que se puede racionalizar una explicación ad hoc de por qué sí Portugal y no Francia: la que está en boga, gira en torno al alto endeudamiento del sector privado de Lisboa. Se pueden marcar otras diferencias -el gran déficit de cuenta corriente, el bajo ahorro nacional, la rigidez del mercado laboral- pero la brecha entre París y Lisboa no es muy distante de la que separa a Lisboa de Atenas. Si una valla no frenó el contagio, no lo hará la otra. Zamarrear a España es todavía más audaz. España tiene menos deuda que Alemania (con el 55%, es de los pocos países que todavía no sobrepasó el techo de Maastricht). Standard and Poors le redujo su calificación a AA pero aun así resulta superior a la que muestra Italia.

Para qué pues remover el avispero. La banca europea, Francia, Italia, el propio Banco Central Europeo (que presta contra la garantía de los bonos que se ven afectados), ¿quién puede decir, en esta obra vertiginosa, si la trama agota rápido a sus personajes, que no dejará de ser espectador pasivo para convertirse en protagonista? Nadie. Ni Alemania -cuyos bancos, sólo en los PIGS, acumulan una exposición de 520 mil millones de dólares-. Blindar a Portugal y España es imperioso. Anticiparse a los hechos, por una vez, no estará mal.