18 de noviembre 2013 - 00:00

Yellen descree de las burbujas y adelanta la acción de gracias

Janet Yellen adelantó el Día de Acción de Gracias tras su paso por el Comité de Asuntos Bancarios del Senado. Gracias. Thanks. Danke. Obrigado. Las Bolsas agradecieron sus palabras en todos los idiomas. La política monetaria de EE.UU. no cambiará. Se mantiene el libreto general de Ben Bernanke (que ella ayudó a redactar desde 2010). Pero además la candidata blanqueó ante los senadores el juego táctico de la Fed. Yellen le corrió el velo a la amenaza de un "tapering" inminente. ¿Habrá poda en la compra de bonos tras la reunión de diciembre? Sopesando sus definiciones sería una equivocación, un apresuramiento. Por supuesto, Ben Bernanke es quien todavía corta el bacalao. Pero cómo pensar que los argumentos de Yellen -expuestos con franqueza inusual- no los comparta la cúpula de la institución.

Por empezar, Yellen confía en la utilidad de la política monetaria no convencional, y, en concreto, en la herramienta del QE3. No es una ejecutante culposa. Está convencida de que rinde beneficios muy superiores todavía que sus costos y riesgos potenciales. Y, en su presentación escrita, Yellen manifiesta también su convicción de que apuntalar el proceso de recuperación económica es el mejor enfoque para poder regresar más adelante a las prácticas convencionales. Téngase presente que Yellen es una especialista en el mercado laboral y que el QE3 fue diseñado para lograr una mejora sustancial en ese terreno escabroso. En paralelo, Yellen despliega una consideración notable por la estabilidad financiera (al punto de sugerir que constituye un tercer mandato que debe atender la Fed). Las implicancias de administrar una cartera de bonos que alcanzará pronto los 4 billones de dólares no escapan, entonces, a su mirada analítica.

Su opinión, pues, es doblemente valiosa. A su juicio, el QE3 no es un adorno inútil. Sirve para el propósito de estimular las condiciones laborales (hay mucha gente dentro de la Fed que, como mínimo, no está muy segura) y su potencial aún conserva recorrido. Perseverar en el QE3 responde a esa lógica y no al temor por la eventual reacción adversa de los mercados. Por otro lado, Yellen no advierte graves "desalineamientos" en los precios de los activos. Si James Bullard, de la Fed de Saint Louis, habló de los riesgos de burbujas como una gran preocupación actual de la Fed, Yellen le confirmó al Senado que ella no percibe que sea un peligro ostensible. Es verdad que cuando la Fed amague desarmar sus políticas de incentivos, habrá turbulencias. Yellen recordó el sacudón de 1994/1995, en tiempos de Greenspan, que produjo, entre nosotros, el efecto tequila. Pero, y aquí volcó una definición clave, la línea de defensa es asegurarse que el sistema financiero sea "resiliente". Es decir, capaz de absorber los shocks y, a la vez, flexible para acomodarse a la nueva realidad. La prevención pasa, pues, por la regulación y la supervisión bancaria estricta. Quien revise la actividad de los controladores del sistema, desde marzo al presente, advertirá una tarea in crescendo para monitorear los riesgos de la banca, la evolución de sus préstamos y la capacidad de lidiar con variaciones en las tasas de interés.

Si se unen todas las pistas, el mensaje es fácil de comprender. Yellen ve espacio para persistir con el QE3 en aras de afianzar una recuperación que, más allá de sus progresos, todavía está en deuda con el mandato de pleno empleo (y tampoco satisface el requisito de precios estables por culpa de una inflación demasiado baja). Yellen no esbozó razones para apurar el "tapering" de la compra de bonos. Por supuesto, en diciembre se pasará revista a la evidencia. La decisión no está tomada de antemano. Pero hoy por hoy, nada justifica levantar el pie del acelerador.

Yellen no ve burbujas. No cree que haya un apalancamiento excesivo (aunque pareció sostener lo contrario en abril, cuando anticipó la famosa advertencia de Bernanke). Lo que sí plantea -y no es novedad, con más énfasis que Bernanke- es la necesidad de conducir al sistema financiero con las riendas cortas de una celosa supervisión. En las condiciones actuales, es difícil pensar en mejor música para los oídos de los inversores.

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