Yves Klein en La Boca: azul quedó

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• LA FUNDACIÓN PROA EXHIBE UNA MUESTRA DEL SINGULAR ARTISTA FRANCÉS, QUE SE ESPECIALIZÓ EN LA PINTURA MONOCROMÁTICA

Con la muestra "Yves Klein. Retrospectiva" llegada desde París y curada por Daniel Maquay, la Fundación Proa de La Boca atrae en estos días un público numeroso. Klein dejó una huella en la historia del arte, pero su obra hay que verla: la cualidad que la vuelve inconfundible no se aprecia en las reproducciones. Oscar Wilde aseguraba: "Mirar una cosa es muy diferente que ver una cosa. Uno no ve nada hasta que uno ve su belleza. Sólo entonces existe". En 1955 Klein expuso su primer monocromo color naranja plomo y el jurado rechazó el cuadro: un solo color resultaba poco. El artista inició entonces la extensa búsqueda de pigmentos y procesos técnicos del azul, "lo invisible tornándose visible", señaló. Entretanto, experimentó con una tonalidad de rosa descubierto en Italia y también con el dorado.

Con su misteriosa energía, el potente efecto luminoso del azul ultramar intenso de Klein hoy reverbera ante nuestros ojos. Si bien ha transcurrido más de media centuria desde su invención y, aunque en la muestra figuran varias reproducciones póstumas de las obras, la irradiación del color llamado International Klein Blue, permanece. El artista comenzó a utilizar el pigmento puro y a aplicarlo sobre distintos soportes con un procedimiento químico y un pegamento especial. Al descubrir la fórmula y la intensidad del fenómeno visual monocromático, Klein pensó en las posibilidades estéticas de su experimento. Y se preguntó a sí mismo: "¿Por qué no?". Así surgieron los monocromos, un arte estrechamente ligado a lo inefable, lo que no se puede traducir en palabras. "Ese azul me aspiraba literalmente, me sumergí totalmente en ese color", cuenta en el prólogo del extenso catálogo de Proa, Rotraut, la mujer de Klein.

Setenta obras y alrededor de 100 documentos de los Archivos Yves Klein, revelan gran parte de la breve vida (1928- 1962) y los siete intensos años de trayectoria. El artista se adelantó a su tiempo con sus tempranas performances, prenunció el minimalismo y el arte conceptual, además de demostrar su capacidad para movilizar la sensibilidad del espectador.

Klein no fue el primero que declaró su amor por el color azul. Chagall ya le había rogado a Dios: "Hazme azul". El gran cuestionamiento de Klein era "¿qué había de visible en lo absoluto?" y los monocromos le brindaron respuesta. Luego, con cierta inocencia confesó: "La monocromía me embriaga [...] creo que sólo vivo la auténtica vida plástica a través de la monocromía. Aquí estoy: ¡soy yo mismo! ¡Desde que pinto en monocromo soy feliz por primera vez!"

En la galería Colette Allendy, de París, Klein espolvoreó el pigmento puro sobre el piso, en otra sala presentó llamas azules y, en otra, objetos impregnados de azul ultramar: sus rodillos, esponjas y esculturas. Esa noche mil globos ascendieron hasta el cielo y de este modo el arte se transformó en espectáculo. En 1960 Klein exacerbó la teatralidad con sus "Antropometrías", convirtió el Instituto de Arte Contemporáneo en un escenario y utilizó un grupo de mujeres desnudas como "pinceles vivientes". Los cuerpos íntegramente embadurnados con pintura color azul, presionaban y desplazaban sus formas sobre telas y papeles hasta estamparlas. Klein dirigía la acción y un conjunto de cámara: nueve violines que simultáneamente interpretaban la sinfonía "Monocorde". Las pinturas de estas acciones se exhiben en Proa. La influencia de Klein se advierte de inmediato en el arte actual. El artista hizo imprimir sus "Cheques de lo inmaterial", unos certificados de la venta de "sensibilidad" artística que los clientes de la galería podían pagar con oro puro. Los trámites de adquisición se asemejan a los acuerdos con los clientes del artista contemporáneo alemán, Tino Sehgal. El mismo humor los inspira.

Como cualquier artista mediático de nuestros días, Klein realizó sus cuadros con lanzallamas frente a las cámaras de TV y escoltado por los bomberos. Para superarlo, el español Santiago Sierra hace pintar sus cuadros por un hombre lanzallamas. En un cubículo de Proa se escucha la voz cálida de Yves Klein. Con el simple recurso de proyectar sobre la pared un muy elocuente retrato que mira fijo al espectador mientras corren los textos de la traducción, el observador se interna en el quehacer de un artista cuando con honestidad reflexiona sobre la posibilidad de estar satisfecho, o la importancia de pensar y dar un paso hacia adelante en busca de la perfección. Finalmente, la experiencia sensual de los monocromos acorta la distancia con el espectador, permite establecer una comunicación directa con la obra, el color es un despertador natural de la percepción y la capacidad sensitiva.

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