Zapatero, en guerra con el principal diario de España

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Por EL MUNDO
Para muchos socialistas, el diario El País es como la Biblia para los cristianos. Sus editoriales les marcan la pauta mucho más que cualquier resolución del partido. Lo que dice El País va a misa.

Ese matrimonio de intereses se fraguó en plena Transición y tuvo su apogeo tras la victoria del PSOE en 1982. Juan Luis Cebrián, director entonces de El País, y Felipe González, presidente del Gobierno y líder indiscutible del partido, sellaron un pacto no escrito: tú me ayudas a mí, yo te ayudo a ti.

Por encima de ellos, Jesús Polanco, propietario del grupo editorial, un empresario sin ideología conocida que hizo sus primeros millones vendiendo libros de texto de su editorial Santillana cuando Franco era el jefe del Estado.

El País se hizo mayor con el PSOE en el Gobierno. Compró la Cadena Ser (principal cadena radiofónica de España*) a precio de risa y con pago aplazado y logró una concesión de televisión por abono (Canal Plus) cuando de lo que se trataba era de conceder canales de TV en abierto. «No hay cojones para negarme una televisión a mí», dicen que llegó a decir Polanco.

Cuando, contra todo pronóstico, Zapatero se transformó en líder del PSOE en el verano del año 2000, el flamante jefe partidario visitó, casi como un precepto, la Capilla Sixtina del Grupo Prisa (editor de El País). En el almuerzo estaba presente, como gran cardenal, Cebrián. No sólo ejerció de maestro de ceremonias, sino que le dijo a Zapatero lo que debía y no debía hacer, tratándolo casi como a un becario de su periódico.

El líder del PSOE nunca olvidó tamaña humillación, así que cuando ganó las elecciones en 2004 (también contra todo pronóstico) se propuso romper el cordón umbilical que había unido desde hacía más de dos décadas a su partido con el grupo.

Zapatero no sólo retiró la proscripción contra El Mundo (el PSOE casi no le daba entrevistas), periódico al que la vieja guardia culpaba de la pérdida del poder a manos de José María Aznar, sino que comenzó a ayudar a un grupo mediático en el que el presidente contaba con amigos y confidentes.

Las hostilidades, los celos, no tardaron en aflorar. La llamada segunda guerra del fútbol (históricamente los derechos para retransmitir fútbol por suscripción los tenía una sociedad controlada por Prisa) fue el detonante de una separación que amenaza con convertirse en violento divorcio.

Fue Felipe González, precisamente en un acto de homenaje al fallecido Jesús Polanco que se celebró en Madrid el 21 de setiembre de 2007, quien ya avisó de las consecuencias de ese inaudito y funesto desencuentro: «Me preocupa el fuego amigo y los daños colaterales...». Un mes después, el 8 de octubre, en un acto público con empresarios y en presencia del entonces número dos del PSOE, José Blanco, Cebrián acusó a los «brujos visitadores de La Moncloa» de organizar los asaltos (de grupos económicos considerados cercanos al PSOE) al Banco Bilbao Vizkaia Argentaria (BBVA) y a Endesa (energía).

En realidad, Zapatero no ha tratado tan mal al Grupo Prisa. Ni mucho menos. Les dio una solución muy favorable a sus intereses tras la sentencia de la Corte Suprema sobre el llamado antenicidio (cuando Cadena Ser compró a su principal competidora, Antena 3, la cerró, y desató un extenso conflicto judicial); le bajó el IVA para la venta de codificadores de Canal Plus del 16% al 7%, y, más importante todavía, le proporcionó un canal de TV en abierto: Cuatro.

Pero Cebrián quería más. Pretendía marcar la línea del Gobierno en relación con los medios de comunicación. Seguir siendo la prima donna del socialismo.

La guerra tiene sus consecuencias. Y en este caso han sido demoledoras para Prisa. El fútbol elevó la deuda del Grupo por encima de los 5.000 millones de euros. Y eso en un contexto de caída de la publicidad y de la difusión.

Lo primero que hizo Cebrián fue negociar con Telefónica la venta de Sogecable (el sistema de TV digital que compartían Prisa y Telefónica). Para empezar, Cebrián pidió a Telefónica nada menos que 5.000 millones de euros por su participación en la compañía. César Alierta, presidente de Telefónica, remitió un mensaje a La Moncloa: «¿Qué debo hacer en este asunto?». El Gobierno respondió con claridad: «Lo que interese a la compañía; el Ejecutivo no va a presionar ni en un sentido ni en otro».

Alierta dejó pasar el tiempo para que se enfriasen las ínfulas de Cebrián, mientras en paralelo caía el valor de las acciones de Prisa en Bolsa. De los 5.000 millones iniciales, se pasó a los 3.500 y luego a los 3.000.

En ese escenario, con una crisis económica cada vez más devastadora, a Cebrián no se le ocurrió otra cosa que lanzar una oferta pública sobre el 100% de las acciones de Sogecable. Con lo cual no sólo hizo una ruinosa operación con un alto costo para el Grupo Prisa, sino que dio la oportunidad a Telefónica y a Vivendi para salir de su capital a un precio bastante razonable.

En diciembre de 2008, el Gobierno se había comprometido con los editores (agrupados en la patronal Uteca) a lanzar la Televisión Digital Terrestre (TDT) en la primavera de 2009 (que permitía que cada canal de TV en abierto pudiera lanzar una segunda señal digital por suscripción).

Era la posibilidad que esperaba el grupo de Roures (Mediapro, en el que Zapatero «cuenta con confidentes» y que hace dos años edita el diario Público) para rentabilizar su voluminosa inversión en la compra de derechos de fútbol (que había desatado otra batalla legal que ganaron los catalanes en detrimento de Prisa).

Evitar la guerra. Ésa era la nueva consigna del Gobierno. Darle un plazo de gracia a Prisa para evitar un conflicto mediático. Así que desde el Gobierno se apostó por un acuerdo amistoso que podría concretarse en la fusión de los canales de TV abierta La Sexta (de Mediapro, afín a Zapatero, y del mexicano Slim) y Cuatro (de Prisa).

Las discusiones se centraron en la valoración de los activos que cada una de las sociedades aportaba a la que sería sociedad resultante de la fusión. Cebrián, ni corto ni perezoso, valoró Digital Plus (marca de Sogecable) en 4.000 millones de euros, aunque ya nadie daba por ella ni 2.000 millones. (Entraron a jugar entonces dictámenes de diferentes organismos sobre comunicaciones y defensa de la competencia).

Cebrián dejó boquiabiertos a sus contertulios cuando, en una de las reuniones, afirmó: «Al Consejo de Estado lo controlo yo» (se refería a un órgano consultivo de origen monárquico en el que participan ex jefes de Gobierno, funcionarios autárquicos y distintas personalidades).

La seguridad de Cebrián chocaba con la realidad. El pasado 10 de julio, la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones emitió un informe en el que dijo, entre otras cosas: «En el actual contexto, Sogecable es la única alternativa de suministro -de televisión por suscripción- en importantes áreas del territorio nacional. Dicho operador ostenta una cuota de mercado superior al 70% en todo el territorio nacional». Es decir, la descripción de un monopolio.

(Las negociaciones entre Mediapro y Prisa no prosperaron.) El 7 de agosto, Prisa comunicó a la Comisión Nacional del Mercado de Valores la ruptura formal de sus negociaciones.

El 12 de agosto, como había vaticinado el consejero delegado de Prisa, su periódico, El País, adelantó el informe del Consejo de Estado que establecía que la modificación de las reglas de juego en la televisión por abono requería su tramitación como ley (como pretendía Prisa, con lo que se aseguraba más tiempo de statu quo).

Era un golpe directo a las intenciones del Gobierno. Sin embargo, las maniobras de Cebrián no dieron resultado. El 13 de agosto, el Consejo de Ministros aprobó por sorpresa el Real Decreto 11/2009 (de necesidad y urgencia) por el que se regulaba la TDT de pago.

Cebrián se encontraba ese día en Estados Unidos y movió todos los hilos para afear la conducta del Gobierno. Incluso llamó por teléfono a Mariano Rajoy, a quien hizo ver que Zapatero estaba cometiendo una tropelía con el único objeto de beneficiar a Roures (de Mediapro) y a su grupo. «La aprobación por decreto no tiene justificación; espero que el PP se oponga a ese atropello», atribuye una fuente al enfadado Cebrián en su conversación con el líder de la oposición.

A su regreso a España, la respuesta no se hizo esperar. Al margen de editoriales y artículos críticos contra el Gobierno, el propio Cebrián tomó la pluma y arrancó en la portada de El País del 21 de agosto un duro artículo contra Zapatero. Entre otras lindezas, Cebrián acusaba al Gobierno de «favorecer los intereses de una empresa cuyos propietarios están ligados por lazos de amistad al poder» (en alusión al Mediapro). Y concluía, indignado: «Ningún demócrata que se precie de serlo puede pasar por alto semejante desatino».

Desde entonces, El País ha mostrado una inusitada beligerancia contra la política económica de Zapatero. Incluso ha reflejado en su tapa el «desconcierto» en algunos sectores del PSOE por la política «errática» del presidente del Gobierno.

Según algunas fuentes, Cebrián ha llegado a insinuar que Zapatero podría adelantar las elecciones ya que no iba a aguantar la presión de su grupo periodístico unida a la crisis económica que seguirá prolongándose, al menos, durante otros tres trimestres.

El último esfuerzo de Cebrián por impedir la catástrofe se centró en evitar la aprobación por el Congreso del decreto de necesidad y urgencia del 13 de agosto. Según algunas fuentes, el consejero delegado de Prisa, personalmente, habría hablado con diputados para que votaran en contra.

Pero Cebrián ha perdido el pulso: el Congreso aprobó por 183 votos la TDT de pago (el Partido Popular de Rajoy, Partido Nacionalista Vasco y Unión Progreso y Democracia), lo que supone un duro golpe para los intereses de Prisa.

Es verdad que algunos socialistas se preguntan si su partido podrá seguir manteniendo el poder sin el apoyo mediático de El País, la Ser y Cuatro -Iñaki Gabilondo -periodista estrella-, ha dicho en su telediario esta semana que el «problema de Zapatero no es Prisa, sino Zapatero»-.

Pero, al otro lado de la barrera, Cebrián no ha logrado que su chantaje (retirarle el apoyo a Zapatero si no cedía en la TDT de pago) surtiera efecto.

Uno de sus competidores, que le conoce bien, concluye: «Cebrián ha demostrado ser un mal gestor porque la situación del Grupo Prisa es ahora peor que nunca; pero tampoco ha demostrado que pueda lograr concesiones por parte del Gobierno. Entonces, ¿para qué le sirve ahora Cebrián al Grupo Prisa?».

Un dirigente del PSOE es aún más drástico: «Esto sólo tiene dos salidas: o Zapatero se carga a Prisa, o Prisa se carga a Zapatero».



* NDR: Los paréntesis no son de la nota original escrita por el periodista Casimiro García-Abadillo, cuyos fragmentos principales aquí se transcribieron. Sólo tienen fines aclaratorios para el lector argentino.

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