12 de diciembre 2022 - 00:00

¿Es posible eliminar Ingresos Brutos?

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Padecemos un sistema tributario complejo, distorsivo e injusto. Este entramado no fue obra de la Inmaculada Concepción, sino consecuencia de que los tres niveles de gobierno a través del tiempo fueron creando impuestos de manera autónoma y desarticulada. El resultado es una agobiante superposición en la que se ha naturalizado una práctica muy nociva: por un mismo hecho imponible el ciudadano es obligado a pagar varios impuestos que son administrados de manera independiente por la Nación, las provincias y los municipios.

Bajo esta configuración se multiplica la carga burocrática para los ciudadanos y prevalece la tendencia a apelar a impuestos muy distorsivos. Por ejemplo, como la Nación cobra sobre las ventas el IVA, las provincias aplican Ingresos Brutos que es mucho más rudimentario y los municipios agregan las tasas que es una imposición aún más primitiva. El resultado es el previsible: alta evasión y elusión; desaliento a la producción, la generación de empleos y las exportaciones; impactos regresivos sobre la distribución del ingreso. A su vez, el Estado se agiganta porque sostiene varias administraciones tributarias realizando tareas similares.

El escollo del déficit fiscal

Se habla mucho sobre el problema y relativamente poco sobre las soluciones. El principal escollo es que no hay espacios para bajar impuestos con un crónico y alto déficit fiscal. La razón es simple y convincente. Aun peor que soportar malos impuestos es aumentar la emisión monetaria o el endeudamiento. Algo de esto pasó en la primera etapa del gobierno de Cambiemos cuando dispuso reducir las retenciones.

Seguramente la debilidad fiscal sea la que explica que los planteos de reducción gradual de los impuestos más distorsivos tengan muchos adeptos. Dicho de manera simplificada, la idea es fijar un cronograma de reducción de impuestos, cuyos impactos negativos sobre la recaudación se compensar por los efectos positivos del crecimiento económico. El planteo suena atractivo porque permite eludir las restricciones que impone el alto déficit fiscal, pero es inconsistente. Su principal error es no tener en cuenta que con un sistema tributario tan malo como el que tiene la Argentina las probabilidades de crecimiento sostenido son muy bajas. Por eso las estrategias gradualistas, más allá de las buenas intenciones que las inspiran, son mero voluntarismo. El ejemplo más reciente es la reducción de Ingresos Brutos y Sellos acordada en el Consenso Fiscal firmado en el 2017. El resultado fue el mismo que en intentos anteriores: una gran inversión política que terminó en la frustrante suspensión de la reducción de impuestos porque la economía no creció como se había supuesto.

Unificar impuestos

En el libro “Una vacuna contra la decadencia” planteamos una estrategia diferente. El eje central es unificar los impuestos que se aplican sobre el mismo hecho imponible. Por ejemplo, que el IVA absorba impuestos internos, Ingresos Brutos, tasas municipales y otros gravámenes que se apliquen sobre las ventas. La propuesta es replicable al resto de los impuestos hoy vigentes, lo que permitiría tender a un sistema tributario que pase de los más de 160 impuestos actuales a otro basado en tres grandes impuestos: IVA, impuesto a los ingresos e impuesto a la riqueza. En simultáneo se propone redistribuir las potestades tributarias para tender a que cada jurisdicción se financie con los impuestos que ella misma recauda. Esto implica volver al esquema previsto originalmente en la Constitución donde no se contemplaba un régimen de coparticipación para distribuir recursos, sino de reglas para distribuir potestades tributarias.

Así se incorpora la sana y muy recomendable regla de que quien gaste se encargue previamente de recaudar.

Es inconducente seguir despotricando contra los daños que genera Ingresos Brutos o la mora que tiene el Congreso en sancionar un nuevo régimen de coparticipación. Esto no se arregla con enojos o planteos voluntaristas, sino con ideas. Las que desarrollamos en “Una vacuna contra la decadencia” tienen la ventaja de plantear una resolución contemplando las restricciones financieras, administrativas, legales y política. El dato esperanzador, frente a las evidencias de que ordenar el sistema tributario es imprescindible, es que, como se demuestra en el libro, con audacia e innovación el desafío puede ser superado.

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