Sharon
Stone:
encanto y
magnetismo
todavía
vigentes,
lástima la
película.
«Bajos instintos 2» («Basic Instinct 2», EE.UU-.G.B.-Alemania, 2006; habl. en inglés). Dir.: M. Caton-Jones. Int.: S. Stone, D. Morrissey, C. Rampling, D. Thewlis, H. Dancy y otros.
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El candoroso espectador que quiera contemplar lo que promete la publicidad de esta película, aquello que su protagonista dejó entrever fugazmente en el cruce de piernas más famoso del cine, deberá recurrir a Internet, donde desde hace unos meses existen algunos clips que de la película desaparecieron. Sólo sobrevive una rápida escena de cama entre Sharon Stone y la víctima de turno, con final acogotado, y un desnudo no menos fugaz junto a un jacuzzi. ¿Para qué esta película, entonces?, podrá preguntarse alguno. Interrogante de difícil respuesta, sino imposible.
Como film policial, «Bajos instintos 2» es una producción vulgar y anticuada, que no alcanza ni el nivel de factura ni la coherencia de cualquier telefilm de cable elegido al azar del zapping. Una secuela tan tardía (el original es de 1992) parte de la justificable revindicación del atractivo vigente, casi a los 50, de la señorita Stone, mientras que coetáneas suyas de Hollywood ya hace tiempo que se han resignado a papeles reflexivos y pensantes.
La señorita Stone, que devora a todos con su mirada de gatúbela en celo inextinguible, no tiene tiempo para pensar, cosa que no tendría la menor importancia si por lo menos lo hubieran hecho sus guionistas, quizá también ellos afectados por la misma fiebre que la protagonista, y eso sí es más complicado para la salud de una película. Pero lo más triste es que esta continuación desbarata la mística perversa que dejó la primera parte. En el original, la víctima del hechizo erótico de Catherine Tramell (nombre de su personaje) era el recio policía que interpretó Michael Douglas, actor convincente a quien, por aquellos tiempos, varias otras vamps tuvieron a maltraer (Glenn Close en «Atracción fatal», Demi Moore en «Acoso sexual»). Hasta se dijo que el pobre Douglas, antes de que Catherine Z. lo hiciera sentar cabeza, terminó internado en una clínica para adictos al sexo. Pero ahora el seducido es David Morrissey, que interpreta a un psicoanalista y, lo que es peor, tiene cara de psicoanalista.
Primero es forense, y le toca investigarla a ella después de la increíble escena de apertura de un accidente fatal, que combina a un futbolista negro drogado, un coche a toda velocidad y un inoportuno jueguito de dedos (según el film, los futbolistas tienen más tacto que los psicoanalistas). Poco más tarde, el doctor Morrisey se convertirá en su terapeuta personal, y obviamente en su damnificado erótico.
Todo esto rodeado por una trama disparatada y decenas de sospechosos: la ex del doctor, complicada con un muerto y también con la señorita Stone; el jefe de policía, quien no parece ser lo que es, o sí; otra amante circunstancial del doctor, un periodista valiente y su asistente, etc. Y otra psicoanalista: Charlotte Rampling, que no logra disimular de su rostro la expresión de «las cosas que hay que hacer a veces para ganarse unos dólares».
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