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9 de noviembre 2006 - 00:00

Buen film político (si no se vio el original)

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Aunque su personaje daba para más, Sean Penn encarna correctamente al demagogo que hizo brillar Broderick Crawford en «Decepción», obra maestra de 1949 basada en la misma novela.
«Todos los hombres del rey» (All the king's men, EE.UU., 2006, habl. en inglés). Dir.: S. Zaillian. Int.: S. Penn, J. Law, A. Hopkins, K. Winslet, M. Ruffalo, P. Clarkson, J. Gandolfini, K. Baker

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"Decepción". Así se llamó en la Argentina de mediados de los años '50 la famosa película de Robert Rossen «All the King's Men», de la que ahora vemos esta nueva versión. La gran obsesión, y el gran don, de Rossen como guionista, productor o director (no siempre todo esto a la vez) fue armar sórdidos films policiales en los que no había gangsters ni ladrones de bancos. El mundo del boxeo («Carne y espíritu»), los apostadores profesionales («El audaz»), e incluso los soldados de la Segunda Guerra Mundial («Un paseo en el sol» de Lewis Milestone) podían ser los personajes de sus oscuros escenarios. Pero una cosa es convertir en gangsters a los managers de boxeadores y otra cosa es hacer lo mismo con la clase política de los Estados Unidos de la posguerra. El clima de policial negro del film original no se mantiene en la nueva versión de Steven Zaillian, que escribió su adaptación directamente desde la novela original de Robert Penn Warren, sin haber visto nunca la película que le dio el Oscar a Broderick Crawford.

La nueva «Todos los hombres del rey» comienza con fuerza y buen clima, con un ingenuo Sean Penn decidido a enfrentarse a los corruptos de Luisiana con la entereza de un Eliot Ness (de hecho, Penn se parece bastante a Robert Stack en su caracterización).

Pronto su contacto con el mundo de la política lo va transformando en un carismático demagogo que gesticula con la furia de un rockero tipo Jerry Lee Lewis.

Pero la narración la lleva el personaje del periodista de clase alta Jude Law, observador del auge y caída del flamante gobernador, y artífice de algunos trucos sucios para desactivar a sus oponentes; y es a través de este peronaje que el clima de cine negro va derivando en drama psicológico, primero, y en un claro culebrón político hacia un final interesante pero con mucho menos potencia que la más directa película de Rossen.

Hay una puesta en escena llena de imágenes atractivas y muy buenas actuaciones de reparto, empezando por la de Anthony Hopkins como el juez intachable, que como todo el mundo en esta historia, tiene algo que esconder. Pero también hay muchas repeticiones innecesarias, un ritmo no siempre parejo y un personaje tan rico como el de Penn que no está aprovechado al máximo. Y luego está el recuerdo de una obra maestra que esta remake no logra borrar ni por casualidad.

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