El debut de Biohazard y el regreso de Bad Religion fueron la parte central de un concierto de rock duro en el estadio Obras, precedidos por los argentinos de Nativo. El grupo liderado por el cantante Evan Seinfeld y una historia que supera ampliamente la década vino para presentar su último disco, «Tales from the B Sides», con un solo cambio respecto de su elenco original: ahora Rob Echeverría es el guitarrista en lugar del fundador Bobby Hambel. Bad Religion, por su parte, tiene más de 20 años, lo lidera Greg Graffin y trajo el material de «The New America», un álbum grabado en Hawaii.
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Las dos bandas, por supuesto, recorrieron también parte de su pasado. Ambas tienen mucho en común: estilo hardcore, formación instrumental, manera descarnada de concebir el rock, textos que apenas pueden adivinarse detrás de una masa de sonidos ásperos y guitarras distorsionadas. Y también comparten una entrega y una honestidad artística que entusiasmaron a los miles de fans que colmaron el estadio de Núñez.
Pero más allá de la crónica de lo que fue un sólido concierto -donde los cantantes participaron de los sets de la otra banda-, es necesario reflexionar sobre las condiciones que ofrece Obras. La tempera-tura de ese estadio depende del estilo de música que se ofrece. Un concierto como el del sábado convoca a un público fervoroso, dispuesto a moverse frenéticamente durante todo el show y el problema es que, al no estar debidamente preparado, ese estadio se transforma en una caldera irrespirable. La consecuencia es una buena cantidad del público mirando desde un hall mínimamente menos caluroso que el interior; otra parte escapándose a los espacios al aire libre para poder respirar, perdiéndose aquello por lo que pagaron, y la mayoría que permanece en la sala padeciendo el bochorno. Finalmente, no queda más que preguntarse por qué se siguen haciendo shows en esas condiciones en lugar de acondicionar el lugar tecnológicamente como corresponde.
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