Curada por Ana Martínez Quijano, la excelente muestra en la Casa Victoria Ocampo pone en diálogo artistas, generaciones y lenguajes de la contemporaneidad
Cuadro azul de Ernesto Ballesteros y el nudo rosa de Marina De Caro en la Colección Tedesco
La inauguración de la exposición “Colección Tedesco: el valor de lo contemporáneo” reunió a centenares de visitantes que llegaron hasta la Casa Victoria Ocampo, en Barrio Parque. Todos querían ver las obras de los artistas de una colección que comenzó a ganar fama por su perfil decididamente contemporáneo desde que se exhibió en el Centro Cultural Borges hace una década. Con su doble función en la vida —ayudar a sostener la producción de numerosos artistas en su papel de coleccionista y embellecer a las personas como excelente cirujano plástico—, Tedesco se convirtió en una suerte de rockstar del arte.
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La curadora, Ana Martínez Quijano, reunió algo más de 80 obras que dejan a la vista el gusto muy especial de Tedesco y, también, su eclecticismo. El texto de presentación subraya las afinidades entre las expresiones contemporáneas que apoyó Victoria Ocampo y las que exhibe Tedesco. “Con sus líneas racionalistas, la casa materializó en 1928 una modernidad que escandalizó hasta a su propio arquitecto (Bustillo)”, señala Martínez Quijano, en referencia al autor de la casa de líneas puras y al palacete de enfrente, hoy embajada de Bélgica. Sin embargo, los vecinos de Victoria, que detestaban la modernidad de esa casa, eran los Acevedo Anchorena, entonces dueños del imponente edificio lindero y actual residencia de la embajada de Arabia Saudita.
El placer que provoca valorar “lo contemporáneo” hermana a ambos personajes. Entre las vertientes estéticas que hoy alberga la casa predomina la complejidad del conceptualismo, donde la idea es la máquina que ejecuta la obra. No obstante, en toda la exposición se advierte una cualidad muy especial: Tedesco nunca pierde de vista el atractivo visual y el placer que depara la belleza.
En su discurso de presentación, el presidente del Fondo Nacional de las Artes, Tulio Andreussi, señaló: “El arte es una pulsión creadora; en ella radica la raíz emotiva de esta muestra, en esta complicidad entre el artista que crea, Esteban que descubre y Ana que narra”. Por su parte, Martínez Quijano destacó la dificultad que enfrentan los artistas contemporáneos para ingresar a las instituciones. “Victoria fue una heroína, porque los albergó en esta casa y Esteban, que trabaja de sol a sol para sostener la producción, ¡es un héroe!”, exclamó, y sus palabras suscitaron una ovación. “Ya no sé qué decir. ¡Estoy tan agrandado que no entro en este lugar!”, agregó Tedesco. Y fue nuevamente ovacionado.
Gomez Canle
Con un esplendoroso marco dorado, captura la atención un breve paisaje metafísico de Max Gómez Canle.
La muestra
Al ingresar a la sala, el espectador se enfrenta con una pintura de Gachi Hasper, artista que da cuenta del éxtasis que provoca el color. A su lado cuelga del techo una obra de Eduardo Basualdo, un homenaje a la mirada incisiva del coleccionista. Hacia la izquierda y sobre una columna, con un esplendoroso marco dorado, captura la atención un breve paisaje metafísico de Max Gómez Canle.
La selección de Quijano tuvo en cuenta el origen de la colección, surgida hacia mediados de los años 80 y nutrida por los afectos. Los artistas que conoció del Grupo de la X —Ana Gallardo, Jorge Macchi, Ernesto Ballesteros y Pablo Siquier— lo acompañan hasta hoy.
En la salita de ingreso, la directora de la Casa Victoria Ocampo, Inés Etchebarne, atenta al aprecio del coleccionista por sus obras, replicó el color de las paredes de un departamento de Tedesco y, para que se sintiera como en su casa, agregó muebles de estilo. Allí mismo, el tríptico de Amparo Viau cubre toda una pared con sus reminiscencias de los desnudos del Quattrocento italiano y los colores restallantes de la actualidad —verde manzana, rojos, azules y amarillos vibrantes—, en contraste con las siluetas negras.
Un Botticelli psicodélico. La escultura de más de un metro de altura realizada en resina coloreada por Martín Di Girolamo, “Dolores” (Barreiro), impone un clima distendido. En el jardín hay una obra abstracta de Nicolás Vasen y “S/T”, de Nicola Costantino, uno de los frisos en metal donde deja al descubierto un holocausto de potrillos, corderos y cerdos en estado fetal. Los grupos escultóricos, calcos de animales muertos en tamaño natural, se constituyen así —por su delicada apariencia y labilidad— en metáfora de las víctimas humanas. René Girard observa que el sacrificio cumple una función social: la protege de su propia violencia. El ingreso a la casa está escoltado por los bellos árboles huecos de Andrés Paredes, símbolos de la desertificación de su provincia, Misiones. A su lado brilla un simpático personaje de Ernesto Arellano.
Minujin
El colchón de Marta Minujín trae el recuerdo de “Revuélquese y viva”, la enseñanza de la diosa sesentista.
Marta Minujín
“Cuanto más se sabe de arte, más se disfruta el recorrido”, asegura un espectador. El colchón de Minujín trae el recuerdo de “Revuélquese y viva”, la enseñanza de la diosa sesentista. Junto a Minujín está su amigo Alberto Greco, que comenzó a utilizar brea para pintar sus cuadros. Roberto Jacoby los acompaña con un afiche de 1968 titulado “Locura”, nombre de un disco de Virus, grupo que integraría en los 80 como letrista.
En el fondo de la gran sala se divisa “Columnas”, una pintura mural de Fabián Burgos relacionada con los fenómenos ópticos. La inclinación de las columnas provoca cierta incomodidad en el espectador, y Burgos la asocia con los paredones del célebre Richard Serra. Agrega que pintó los bordes esfumados y que el espectador no puede enfocarlos: otra incomodidad. “El color rojo lo trabajé sobre el verde, como los renacentistas, para darle profundidad. El gran formato fue un pedido de Tedesco y, con esa dimensión, surgió el deseo de abrazar al espectador”, concluye el pintor.
Jorge Macchi exhibe un trigal encerrado entre dos comillas, y son varias las interpretaciones que suscita. Luego, en “Espiral en caída libre”, muestra una serie de hojas arrancadas de un block espiralado y, en la última, un hombre cayendo. Es el conceptualismo apasionado de Macchi. En este sector llama la atención “El jugador”, de Marcos López, personaje de la serie Pop latino que mira hacia el futuro apostando al porvenir, parodiando el estilo de los carteles soviéticos. Entretanto, un retrato de Elba Bairon en blanco y negro es la obra favorita del coleccionista y también la de López.
A Tedesco le gustan los encuentros fortuitos con el arte, como dos dibujos a lápiz casi invisibles: una selva de Mónica Millán y las líneas de Ernesto Ballesteros que, según contaba el editor Francisco Garamona, “debía doblegar distancias inmensas con su lápiz”. Estos dibujos solían llevar como título la cantidad de kilómetros recorridos con el lápiz. Ballesteros depara, además, un encuentro con la belleza y lo inefable, la levedad y la ambigüedad. “Sin título” se llama un inmenso paisaje azul claro, tonalidad exaltada por el nudo de tela color rosa de Marina De Caro colgado a su lado. Las dos obras juguetonas se divisan desde lejos.
A Pablo Siquier lo llaman el pintor de Buenos Aires y, con pocas palabras, explica sus intrincados dibujos: “Al igual que las pinturas, siguen siendo una celebración —pálida, pesimista— de la diversidad y complejidad de la gran ciudad contemporánea, con la superposición permanente de señales, el bombardeo de signos y la información contradictoria con la que todos debemos lidiar si queremos vivir en una. Y generando todo tipo de neurosis en el camino, claro”.
Ana Gallardo representa la sensibilidad extrema y su obra, a través de cuestiones del acontecer cotidiano, brinda un sentido significativo al gran interrogante: ¿qué implica ser artista y cómo relacionarse con el mundo? Entretanto, la carrera del exitoso rosarino Adrián Villar Rojas comenzó en la accidentada Bienal del Fin del Mundo y luego, con su memorable exposición en la galería Ruth Benzacar, como ganador del Premio Curriculum Cero. Ese mismo año Villar Rojas llegó a Venecia y nunca más volvió. Tedesco atesora sus obras y su amistad. Basta conocer, aunque sea en parte, las más de 2.000 obras de la colección para advertir que el talento abunda en la Argentina.
La muestra se completa con obras de Alexis Minkiewicz, Alfredo Prior, Ana Clara Soler, Andrés Compagnucci, Beto Álvarez, Carlos Huffmann, Diego Bianchi, Fabio Kacero, Fernanda Laguna, Fernando Brizuela, Gyula Kosice, José Luis Landet, Juan Becú, Karina Peisajovich, Leandro Tartaglia, Leopoldo Estol, Luca Martini, Luna Sudaca, Magdalena Cordero, Matías Duville, Mauro Koliva, Máximo Pedraza, Nahuel Vecino, Pablo Accinelli, Rosana Schoijett y Vicente Grondona.
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