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6 de mayo 2004 - 00:00

Crónica de una niña sola

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Secretos en voz baja a la hora de la religión: María Alché y Julieta Zylberberg en "La niña santa", de Lucrecia Martel.


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Esto no significa que su nuevo film resigne audacias, sino, por el contrario, que su inventiva y estilo están sostenidos por bases muy sólidas, fácilmente rastreables en una tradición humanista en continuo debate consigo misma (es un guión donde resuenan
Como
La llegada del doctor Jano (Carlos
En Amalia no hay dolor ni sensación de suciedad: su afán por salvar a Jano, su transformación de objeto humillado en sujeto salvador, no diferirá demasiado de la figura de la persecución, de la transformación de víctima en victimaria. Es ella quien lo tiene ahora bajo su mando, la dueña plena de su deseo, la que maneja la situación a un punto tal que, ya en el segundo acercamiento, es ella quien elige suprimir el azar en la elección de la futura víctima, desplazándose al lugar que le corresponde: el primer plano de su mano, superponiéndose a la del agresor, es de una fuerza arrolladora. No menos intensa será, más tarde, la puerta que se abra cuando esa tarea redentora se transforme en un secreto a tres puntas: a Josefina le cabe su propia misión.

Más allá de esta trinidad, la película entrelaza otros senderos, donde sobresalen personajes que ignoran, inmersos en sus propios infiernos, su condición de funcionales: la madre de Amalia, Helena (Mercedes

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