El 23 de abril de 1971 vio la luz Sticky Fingers, el noveno álbum de estudio de The Rolling Stones. Hoy 55 años después de su lanzamiento sigue manteniéndose como el epítome de la decadencia elegante, el virtuosismo técnico y la iconografía rebelde de una banda que se mantiene vigente y promete nuevo álbum pronto.
"Sticky Fingers" de los Rolling Stones cumple 55 años: rock, virtuosismo y la lengua inmortal
Tras el experimento psicodélico de "Their Satanic Majesties Request", la banda había recuperado su pulso rockero y blusero con "Beggars Banquet" y "Let It Bleed", el álbum de 1971 fue un paso más allá.
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Los Rolling Stones celebrán hoy el aniversario de un disco emblemático.
Pero para entender la magnitud de Sticky Fingers es imperativo mirar hacia atrás. A finales de los años 60, los Stones habían sobrevivido a la era de las flores con altibajos. Tras el experimento psicodélico de Their Satanic Majesties Request, la banda había recuperado su pulso rockero y blusero con Beggars Banquet (1968) y Let It Bleed (1969). Sin embargo, el costo interno fue devastador.
Brian Jones, el multiinstrumentista y fundador de la banda, se había convertido en una sombra de lo que fue. Consumido por el abuso de sustancias y el aislamiento creativo, Jones fue despedido en junio de 1969. Menos de un mes después, fue hallado muerto en su piscina. La banda no solo perdía a su fundador, sino a su colorista musical. En ese momento crítico, un joven prodigio de la guitarra llamado Mick Taylor, proveniente de los Bluesbreakers de John Mayall, entró en escena.
Aunque Taylor ya había dejado pinceladas en un par de temas de Let It Bleed ("Country Honk" y "Live with Me"), Sticky Fingers fue el primer lienzo que pintó de principio a fin junto a Sus Majestades Satánicas. Su llegada no fue un simple reemplazo; fue una evolución biológica.
La Revolución de Mick Taylor: virtuosismo y fluidez
La entrada de Mick Taylor marcó el inicio de lo que muchos críticos consideran la "Era Dorada" de los Stones (1969-1974).
A diferencia de la técnica rítmica y áspera de Keith Richards, Taylor aportó una sensibilidad lírica, un manejo del sustain y una capacidad de improvisación que elevó el sonido del grupo a niveles casi jazzísticos. En Sticky Fingers, esta influencia es omnipresente en canciones como "Sway", pero el ejemplo más claro es la extensa sección instrumental de "Can't You Hear Me Knocking".
Lo que comenzó como un riff sucio de Keith terminó en una improvisación de tintes latinos y jazzeros donde la guitarra de Taylor serpentea con una elegancia que Jones tal vez nunca hubiera podido alcanzar. Taylor le dio a los Stones una "voz" melódica que equilibraba la crudeza rítmica del grupo.
Uno de los aspectos más fascinantes de este álbum es el contexto interno de la banda. Mientras se gestaba la obra maestra, Keith Richards se hundía peligrosamente en su adicción a la heroína. Esta situación, que en otras bandas habría significado la disolución, obligó a Mick Jagger a tomar las riendas creativas y buscar refugio en la capacidad técnica de Taylor.
Esta dinámica alcanzó su punto máximo en la suite final del álbum, "Moonlight Mile". Jagger y Taylor construyeron una pieza atmosférica, casi onírica, inspirada en el agotamiento de las giras. Taylor compuso los arreglos de cuerdas junto a Paul Buckmaster en una de las interpretaciones más vulnerables de la carrera de Jagger.
El hecho de que una de las mejores canciones de los Stones no cuente con la guitarra de Keith es testimonio del peso que Taylor llegó a tener. Según reveló el guitarrista tiempo después, se le prometió algún crédito de composición pero finalmente Richards y Jagger se atribuyeron el crédito de la canción.
La portada de Andy Warhol y la lengua creada por John Pasche
Sticky Fingers no solo fue un hito auditivo, sino también visual. Fue el primer álbum lanzado bajo su propio sello, Rolling Stones Records, y para la ocasión, decidieron golpear la mesa de la cultura popular.
Diseñada por el gurú del Pop Art, Andy Warhol, la portada mostraba un primer plano de la entrepierna de un hombre con jeans ajustados (se rumorea que el modelo fue Joe Dallesandro, un protegido de Warhol). La versión original en vinilo incluía una cremallera real que el usuario podía bajar, revelando debajo una imagen de ropa interior blanca.
Fue un acto de provocación que incluso causó problemas de distribución, ya que el peso y la forma de la cremallera solían rayar los discos durante el transporte. En países como España, bajo la dictadura de Franco, la portada fue censurada y reemplazada por una imagen de dedos emergiendo de una lata de almíbar.
Fue también en este álbum donde el mundo vio por primera vez el logotipo más famoso de la historia del rock: The Tongue and Lips (la lengua y los labios).
Diseñado por el estudiante de arte John Pasche, el logo fue encargado por Jagger tras sentirse insatisfecho con las propuestas de la discográfica Decca. Inspirado en la lengua de la diosa hindú Kali (y, por supuesto, en la fisonomía del propio Jagger), el logo simbolizaba la actitud anti-sistema y la carga sexual de la banda. Hoy, 55 años después, es una marca global que trasciende la música.
Un Recorrido por sus Joyas
El álbum es un desfile de clásicos que exploran el sexo, la droga y la redención:
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"Brown Sugar": El riff definitivo de Richards que abre el disco con una energía imparable, a pesar de su letra hoy considerada altamente polémica.
"Wild Horses": Una balada country-rock de una belleza desgarradora, influenciada por la amistad de la banda con Gram Parsons.
"Bitch": El poder de la sección de vientos liderada por Bobby Keys, mostrando el lado más "funky" y sudoroso de los Stones.
"Sister Morphine": Un relato crudo sobre la adicción, coescrito por Marianne Faithfull, que demuestra que la banda no tenía miedo de mirar al abismo.
"Sticky Fingers", 55 años después
En su lanzamiento, la crítica fue casi unánime: los Stones habían alcanzado la madurez sin perder el peligro. El álbum alcanzó el número uno tanto en el Reino Unido como en los Estados Unidos, consolidándolos como "La banda de Rock and Roll más grande del mundo".
A 55 años de distancia, Sticky Fingers no parece haber envejecido un solo día. Su sonido es orgánico, sucio pero sofisticado. Representa el momento exacto en que la banda dejó de ser un grupo de jóvenes que tocaban blues para convertirse en una institución cultural que trasciende la música.
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