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16 de abril 2026 - 14:29

Cuando la justicia es sólo proceso y no respuesta

Inspirada en hechos reales, la película policial francesa “Caso 137” muestra el desgaste de investigar cuando casi nadie quiere que la verdad aparezca

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Léa Drucker en el notable policial francés "Caso 137", de Dominik Moll.

“Caso 137” (Dossier 137) se inicia como un típico film policial sobre un procedimiento, pero termina convirtiéndose en la exposición de un conflicto personal y profesional más profundo. El film de Dominik Moll se basa en un expediente, una investigación interna sobre un operativo policial durante las protestas de los gilets jaunes, y lo va cargando de una densidad que nunca se simplifica. Al principio se aclara que es una ficción basada en un hecho real.

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Conviene recordar el contexto: los gilets jaunes (“chalecos amarillos”, por el color que usaban sus integrantes) fueron un movimiento difuso, sin conducción clara, que estalló en 2018 a partir del rechazo al aumento del combustible, y derivó en una revuelta más amplia contra el costo de vida, la desigualdad y la representación política. Las manifestaciones, muchas veces caóticas y violentas, algunas veces comparadas con el “mayo francés” de 1968, pusieron a la policía en una situación de tensión constante. De ese caldo de cultivo surge el caso: un joven desarmado, herido de gravedad en la cabeza durante una represión, y cinco oficiales cuya actuación queda bajo sospecha.

La encargada de investigar es Stéphanie Bertrand (Léa Drucker, en un trabajo formidable). El gran acierto es el punto de vista. Bertrand no es una heroína en el sentido clásico, ni siquiera una “justiciera” en potencia. Es una mujer atrapada entre dos lealtades incompatibles: por un lado, a la verdad, o lo más parecido a ella que puede reconstruirse a partir de videos borrosos generados por las cámaras de seguridad de los hoteles vecinos; los testimonios a medias, repletos de falsedades, y por el otro a la institución a la que pertenece.

Su rostro va acumulando cansancio, pequeñas derrotas, decisiones que no se toman sin costo. No hay grandes estallidos dramáticos; hay grietas. Ella perteneció hasta hace poco a la sección de Narcóticos y ahora trabaja en Asuntos Internos. La película no enuncia esta lucha interior; la deja aparecer en los silencios, en la forma en que mira un video una y otra vez, en cómo acusa cada pequeño o gran rechazo dentro de su propio entorno.

El realizador imprime a la narración un ritmo nervioso, de investigación que avanza a fuerza de insistencia. Hay un aire reconocible al cine político francés de los 70, en especial a “Z” de Costa-Gavras, en esa manera de encadenar obstáculos, burocracias, testimonios incompletos. Pero no se trata de un homenaje ni de una cita (además, en “Z” los bandos eran muy claros): es una afinidad de método, una forma de sostener la tensión sin necesidad de subrayados.

Uno de los aspectos más interesantes es aquello que la película decide no hacer. No hay trama de corrupción, no hay “manzanas podridas” ni villanos de manual que permitan aislar el problema y resolverlo narrativamente al estilo Hollywood. Los policías investigados pertenecen a una unidad, la BRI (Brigade de Recherche et d'Intervention), división de élite que fue saludada como héroe durante el infame atentado terrorista a la sala Bataclan (2015). Ese dato introduce una dificultad adicional para la protagonista: no se trata de malvados evidentes, del típico policía corrupto, ni siquiera del torturador, sino de figuras de peso en la sociedad.

El resultado difiere del modelo más habitual del cine sobre asuntos internos. Allí suele haber un maniqueísmo que ordena el relato; aquí lo que aparece es una zona gris, donde el exceso no nace de un plan sistemático sino de la presión acumulada. El exceso no aparece como excepción monstruosa sino como desborde posible. La policía se siente maltratada por el Estado, mal paga, expuesta a desbordes de todo tipo en las calles; los manifestantes son víctimas de un sistema que no escucha sus justos reclamos. En ese cruce, lo que emerge es el error —o algo peor que el error—, pero sin la facilidad de poder encapsularlo.

Cuando Bertrand, que cada vez se involucra más personalmente en el caso (la familia del joven herido, por la que siente inocultable empatía ya que proviene del mismo pueblo donde ella nació, y la madre del muchacho asistió como enfermera a la suya propia), logra finalmente acceder a una prueba decisiva, un video del momento exacto del disparo y la violencia posterior sobre el cuerpo ya caído, la película no se transforma en un relato de triunfo investigativo.

Al contrario, lo que hace es tensar aún más la cuerda: muestra hasta qué punto incluso la evidencia más contundente debe atravesar capas de resistencia, de corporativismo y de desgaste personal. Hay una resolución, pero la película tiene la inteligencia de no convertirla en un cierre convencional ni en una victoria limpia para nadie.

También hay una dimensión privada que se filtra sin estridencias: el desprecio que Bertrand recibe de sus propios colegas, el disgusto en ese encuentro casual en un bowling con la nueva pareja de su ex marido (todos ellos policías), la pregunta de su hijo sobre la imagen negativa de la institución policial. Son escenas breves, pero que van armando el contorno de un personaje aislado, sin un lugar claro donde apoyarse.

“Caso 137” elige no simplificar. Y en esa negativa está su mayor acierto: inclusive cuando llega al desenlace, evita la tentación de ordenar moralmente el mundo para el espectador. Queda, en cambio, una sensación más áspera, más persistente: la de haber asistido no a la resolución de un caso, sino a la exposición de un dilema. El film no busca absolver ni condenar. Busca observar. Y en esa observación rigurosa encuentra su fuerza. No es una historia que cierre; es una que queda vibrando, como esas preguntas que uno preferiría no tener que responder.

“Caso 137” (“Dossier 137”, Francia, 2025). Dirección: Dominik Moll. Int.: Léa Drucker, Mathilde Roehrich, Jonathan Turnbull, Pascal Sangla.

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