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30 de julio 2026 - 14:33

Cuando la razón pierde la batalla

“Los domingos”, film español de Alauda Ruiz de Azúa, retrata a una familia católica convencional que se descompensa cuando la hija mayor decide volverse monja de clausura

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Juan Minujín,Patricia López Arnaiz y Blanca Soroa en "Los domingos" 

Todas las familias laicas se parecen; solo las familias practicantes corren el riesgo (o la fortuna, según de qué lado se mire) de que uno de sus integrantes quiera convertirse en cura o en monja. Parafraseando a Tolstoi, eso es lo que le ocurre a la familia de Ainara (Blanca Soroa) cuando ella decide, a los 17 años, entrar en un convento de clausura y tomar los hábitos.

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Ainara es buena alumna, canta en el coro de su colegio católico y solo le falta un año para iniciar una carrera universitaria, tal como prevé su familia. Sin embargo, la muchacha, que suele realizar algunos retiros espirituales, anuncia un día que siente la llamada de Dios y quiere iniciar un período de discernimiento en un convento. Para los demás es un balde de agua fría, porque nadie había tomado en serio la formación religiosa que la propia familia eligió para ella. La fe, más bien una costumbre heredada, solo debería —como en tantas otras familias— proporcionar algunos ritos, como el bautismo y la comunión, y presidir las reuniones de los domingos.

La directora del film, Alauda Ruiz de Azúa, encuentra ahí la primera contradicción de Los domingos. La familia sostiene una práctica religiosa rutinaria, manda a sus hijos a un colegio católico y acepta que un sacerdote joven mantenga conversaciones privadas de orientación espiritual con una menor. Pero cuando Ainara desea llevar esa educación hasta sus últimas consecuencias, para los adultos de la familia representa una revolución indeseada que escapa al pretendido catolicismo decorativo.

Entre el egoísmo paterno y la trinchera laica

Iñaki (Miguel Garcés), el padre, recibe el mazazo con una mezcla de incertidumbre y pasividad. No se trata tanto de respeto por la decisión de su hija como de una inconfesa comodidad. Viudo y concentrado en su restaurante, Iñaki tiene una nueva pareja y maneja con dificultad sus afectos y una economía sobresaltada. La eventual partida de Ainara parece aliviarle un problema que no sabe cómo enfrentar. Hay tanto respeto como egoísmo, tal como se revela en un diálogo violento, ya avanzado el film, cuando se refiere a que debe mantener a sus dos hijas (teniendo tres).

Maite (Patricia López Arnaiz, sobresaliente en el elenco), la tía atea, ocupa el lugar que el padre abandona. Es la única que comprende que en la decisión de Ainara hay motivos que exceden una fe en la que ella no cree, y le desespera que su sobrina se convierta en prisionera de por vida. Maite, en vano, le habla de la universidad, de los viajes, del amor, del conocimiento y de todas las posibilidades que todavía no ha explorado.

Sus diálogos son desesperados porque no existe un terreno común para la discusión. Cuando la fe se interpone, no hay premisas lógicas posibles. La razón carece de armas frente al dogma ciego. La conversación está perdida antes de empezar, ya que en cualquier debate es necesario que ambas partes acepten la posibilidad de estar equivocadas; pero cuando la voluntad de Cristo intermedia, todo se vuelve imposible. En ese dogma fue educada Ainara: ahora la familia tiene que hacerse cargo.

El combate de los dogmas y la trampa del tiempo

La madre priora (Nagore Aranburu) domina ese combate con una serenidad traducida, gestualmente, en una sonrisa y unos ojos fríos que, antes que piadosa, la hacen parecer diabólica. No obliga, no amenaza ni levanta la voz; se limita, en el diálogo con el padre y la tía, a atribuir a Dios la decisión de Ainara. Cuando ellos le piden que aconseje a Ainara esperar, estudiar una carrera y conocer el mundo antes de encerrarse, la religiosa rehúye toda responsabilidad: es la voluntad del Señor.

La abuela, María Dolores (Mabel Rivera), adopta una posición distinta. No intenta refutar la vocación ni celebrar el sacrificio; es la única que le dice a Ainara lo que los demás evitan: que su ausencia le causará dolor. La abuela introduce otro elemento en el diálogo —el más humano, quizás—: el tiempo limitado y la posibilidad de que una despedida sea definitiva. Por eso Ainara puede resistir los argumentos racionales de Maite con respuestas dogmáticas, pero no es capaz de neutralizar con igual facilidad la tristeza de su abuela.

Deseos terrenales y tensiones familiares

También el deseo desmiente la seguridad con que Ainara describe su vocación. Ella mantiene una relación amorosa con Mikel (Guillermo Zani), su compañero de coro. Se besan y llegan hasta el límite, en la casa paterna, de una relación sexual que no se consuma. Ainara desea tanto a Mikel como al convento. Ya vendrá la madre priora a convencerla de cuál es la opción correcta.

El descubrimiento de la pareja en la habitación provoca un terremoto. Iñaki, hasta entonces tolerante ante la posibilidad de que su hija desaparezca detrás de una clausura, se enfurece ante una experiencia sentimental tan común a los 17 años. Maite, en cambio, encuentra una esperanza.

El guion no reduce a Maite a la portavoz de una «perfección laica». Su matrimonio con un argentino (Juan Minujín) se deshace mientras ella concentra toda su energía en salvar a su sobrina. Hay algo de amor verdadero en esa obstinación, pero también una necesidad de intervenir excesivamente en la vida de su sobrina para no mirar el fracaso de la propia. Ese matiz es un acierto porque evita el riesgo de establecer un reparto maniqueo de buenos y malos.

Las trincheras del domingo y el peso de las instituciones

Las comidas familiares están filmadas como combates que conservan las formas de la convivencia. Los domingos son el día del Señor y también el de una reunión familiar sostenida por lazos forzados, donde la mesa pone a cada personaje en su trinchera. La banda de sonido, generalmente apoyada en coros de música religiosa, introduce una ambivalencia de sentimientos acorde a la temperatura del film.

Blanca Soroa compone a Ainara mediante una opacidad difícil de descifrar. Patricia López Arnaiz, la mejor, como dijimos antes, trabaja en el extremo contrario: su personaje piensa mientras habla, se contradice, se exaspera y termina rogando cuando comprende que ningún razonamiento modifica la decisión de su sobrina. Miguel Garcés hace de la indecisión el eje: cada silencio suyo permite que otros decidan.

Los domingos, en definitiva, demuestra la fuerza de cualquier institución dogmática cuando la familia revela su impotencia (aquí es el convento; en otros tantos films, el ejército). Esas instituciones solo brindan certezas a adolescentes rodeados de adultos que dudan, se ausentan o llegan demasiado tarde. La razón no pierde el debate: nunca consigue que lo haya.

“Los domingos” (España, 2025). Dir.: Alauda Ruiz de Azúa. Int.: Patricia López Arnaiz, Blanca Soroa, Miguel Garcés, Juan Minujín.

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