El lunes a la mañana, en un sanatorio de Paris, murió del corazón el cineasta chileno Patricio Guzmán, hombre tremendamente melancólico pero de una precisión y una capacidad reflexiva fuera de lo común. Su muerte ocurrió a pocos días del 11 de septiembre, la fecha en que Augusto Pinochet tomó el gobierno a sangre y fuego. Alrededor de ese drama giró casi todo el cine que hizo Guzmán durante el resto de su vida. Primero, un cine de denuncia, para que el mundo entero lo sepa y no lo olvide. Después, con los años y los cabellos blancos, un cine de poesía, dolorosa y suave poesia.
Patricio Guzmán, el cineasta chileno que convirtió la memoria en poesía
El documentalista murió a los 85 años en París. Su obra estuvo marcada por el golpe de Pinochet y la memoria, desde La batalla de Chile hasta su celebrada trilogía Nostalgia de la luz, El botón de nácar y La cordillera de los sueños.
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El cine de Patricio Guzmán giró en buena medida sobre la tragedia del golpe de Estado contra Salvador Allende ocurrido el 11 de septiembre de 1973.
De joven, Guzmán empezó a filmar de un modo amateur, con estudios de historia y filosofía (inconclusos por razones económicas) y el trabajo en una agencia de publicidad, mientras se probaba también como escritor sin mayor suerte. Al fin encauzó su vocación en el Instituto Fílmico de la Universidad Católica de Chile y la Escuela Oficial de Cinematografía de Madrid, ciudad donde trabajó en publicidad. Y en ese rubro hubiera seguido, pero el triunfo de la Unidad Popular lo impulsó a volver a su patria para registrar lo que estaba pasando. Así hizo su primer largo documental, "El primer año". Y estaba terminando otro, "La batalla de Chile", sobre los problemas que veia, cuando ocurrió el Golpe Militar y lo llevaron detenido al Estadio Nacional. Por suerte su tío alcanzó a ocultar todo el material filmado y enviarlo a lugar seguro.
Cuando Guzmán salió en libertad escapó de inmediato a Francia, donde, con ayuda del maestro holandés Chris Marker, terminó "La batalla..." y empezó a difundirla con buena repercusión. A ese film le siguieron "En nombre de Dios" (elogio de monseñor Silva Henríquez y otros sacerdotes que desde la Vicaría de la Solidaridad enfrentaron al gobierno de Pinochet), "Chile, la memoria obstinada" (registro de la reacción de los jóvenes al ver "La batalla de Chile"), luego "El caso Pinochet" (cómo Margareth Tatcher salvó de la cárcel al dictador), el biográfico "Salvador Allende" y otros trabajos. Son peliculas muy bien hechas, pero las mejores llegaron con la madurez.
No estaban urgidas por la necesidad de una lucha inmediata. Al contrario, estaban envueltas en la tristeza que da el recuerdo de todo lo perdido. La voz calma, ya envejecida, del propio autor iba relacionando minuciosamente la inmensa naturaleza, la pequeñez humana, la historia y la esperanza. Así fue haciendo una trilogía bellísima, fuera de lo común y al mismo tiempo firme en su propósito: "Nostalgia de la luz", "El botón de nácar", "La cordillera de los sueños". Se la ve, se la oye, con admiración y pena, como quien escucha un soneto de Leopardi. Y hay sabiduría en todo eso, como en otros documentales suyos, evocaciones nostálgicas y cariñosas de un mundo que lo deslumbraba desde niño: "Mi Julio Verne", "Astrónomos de mi barrio", "Isla de Robinson Crusoe". Ahora se fue a las estrellas con 85 años cumplidos. Aquí quedan sus dos hijas, Andrea y Camila Guzmán, que fueron también sus ayudantes. Dicho sea de paso, Camila es la autora de "El telón de azúcar", una visión desencantada y bien sincera sobre la experiencia cubana.


