“Creo, cada vez más, que el amor es un simulacro. No una mentira, sino eso... un simulacro. Nacemos solos y morimos solos. Esa es nuestra condición. Por fortuna, en el medio, suelen existir esos bellísimos simulacros. Mi cine es la historia de esos simulacros”.
"Tres adioses": la vida estaba en otra parte
En su nuevo film, la catalana Isabel Coixet convierte una ruptura y una enfermedad terminal en otra variación sobre una idea que recorre su obra: amar puede protegernos de la muerte, pero también distraernos de la vida.
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Alba Rohrwacher, excelente en su papel de enferma terminal, mesurada y sin desbordes efectistas.
Así terminaba mi entrevista con la directora catalana Isabel Coixet, publicada en este diario en marzo de 2007, cuando ella rodaba “Elegía”, sobre una novela de Philip Roth. “Tres adioses”, que se estrena hoy, demuestra que su modo de pensar el amor (y el cine) se ha afianzado.
Pero simulacro, tal como ella decía, no debe ser entendido en el sentido peyorativo de falso, sino más bien como la puesta en escena de un recurso salvador ante una situación de crisis, o un estado liminar: así como hablamos de simulacro de incendio, Coixet entiende el amor como el bellísimo simulacro ante la inevitabilidad de la muerte, aunque no se haga tan explícito en la totalidad de su obra.
En “La vida secreta de las palabras” relató la historia de un amor impracticable: una muchacha con traumas de la guerra de los Balcanes, que en su papel de enfermera improvisada curaba las heridas de un obrero temporalmente ciego en un accidente en una plataforma petrolífera. Allí introdujo una referencia directa a Julio Cortázar: el hombre le cuenta “La señorita Cora”, el relato sobre un adolescente internado y la joven enfermera que lo atiende hasta su muerte.
En la película colectiva “Paris, je t'aime”, compuesta por cortometrajes de 18 realizadores, el suyo —el mejor— era “Bastille”: un hombre, cansado de la vida conyugal y amante de una muchacha más joven, no se atreve a plantearle el divorcio a mujer. Cuando al fin junta coraje, ella se le anticipa informándole que acaban de diagnosticarle un cáncer. El hombre deja a su amante, cuida con amor a su esposa hasta los últimos momentos, y después de su muerte no sólo abandona a la amante sino que se muestra incapaz de amar a otra mujer.
En “Tres adioses” (cuyo título original italiano, “Tre ciotole”, significa “tres cazuelitas”, que son las que una pareja en crisis recibe como regalo en un supermercado, y que se resignificarán al término del film), también hay enfermedad terminal y ruptura, aunque desde otra perspectiva, sobre la que ya volveremos.
Pese a que el argumento no sea original de la directora —se basa en relatos del libro homónimo de Michela Murgia, publicado en mayo de 2023, tres meses antes de que la escritora muriera a los 51 años, después de haber hecho público que padecía un carcinoma renal—, los temas de Coixet son inconfundibles.
Marta (Alba Rohrwacher) es profesora de educación física en un colegio de Roma; Antonio (Elio Germano), su pareja desde hace siete años, un chef con restaurante propio. Una discusión trivial termina con Antonio abandonando la casa. Marta recibe la ruptura con una mezcla de desconcierto y abatimiento, pierde el apetito y comienza a vomitar. Lo que podría confundirse con una somatización tiene una causa más grave: los estudios revelan un cáncer con metástasis.
Está también Elisa (Silvia D’Amico), su hermana, que intenta acompañarla con una mezcla de intromisión y torpeza. Es ella quien insiste ante los trastornos físicos de Marta y la empuja a consultar a una especialista. Su relación está lejos de la armonía sentimental que el cine reserva a las hermanas cuando aparece una enfermedad.
Marta empieza a observar de otra manera una vida que, hasta entonces, parecía organizada alrededor de la pareja. La pareja le daba sentido a su existencia. En ese tránsito aparece Agostino (Francesco Carril), un colega en la escuela, aunque Coixet evita convertirlo en la tercera punta convencional de un triángulo: por el contrario, ignorante él de la sentencia que pesa sobre Marta, la escena en que ella lo invita a besarlo recuerda, a otra escala, la inocencia de Hermie en “Verano del 42”, cuando el adolescente cree acercarse al amor de la mujer interpretada por Jennifer O’Neill, sin alcanzar a comprender la tragedia que ella acaba de sufrir.
Cuando Antonio desaparece de su vida, Marta descubre algo que difícilmente hubiera considerado una iluminación: afuera de la pareja existía el mundo. Había una canción, una bicicleta, una conversación inesperada, el deseo, el cuerpo y también, desde luego, la certeza de que ese cuerpo va a morir. El amor era real, lo ilusorio era su pretensión de totalidad.
La respuesta aparece en un diálogo entre ella y Antonio después de un tardío reencuentro. “Yo pensaba —dice Marta— que la vida éramos los dos, que sólo sería nosotros dos, pero no era así. La vida es otra cosa, y si no me hubieses dejado, si no me hubiese enfermado, no lo habría descubierto”. Hay algo incluso cruel: necesita ser abandonada y recibir una sentencia médica para descubrir que estaba viva.
Coixet lleva esa paradoja hacia otro lugar en una de las escenas más extrañas de la película. Algunos alumnos han matado brutalmente una paloma y Marta decide enterrarla junto a dos muchachas que se han hecho cortes en los brazos como parte de un pacto de sangre (una antigua costumbre de “amistades particulares”, que sólo habíamos visto en las obras de Montherlant y Peyrefitte, de la década del 50 del siglo XX, pero que parecería vigente). Con el cuerpo del ave muerta entre las manos, Marta dice que “la vida es una aventura bellísima” como podría haber dicho, también, un “simulacro bellísimo”.
La película conserva algo de la estructura fragmentaria del libro de Murgia, y ciertos personajes laterales entran y salen únicamente para colocar a Marta frente a una nueva revelación. Algunos, como el inanimado cantante coreano Jirko, un cartón publicitario de su figura a tamaño real (a falta de mascota, buenas son esas imágenes), tiene casi sobre el desenlace el momento más discutible del film.
Coixet habla para públicos más amplios que, por caso, en “La vida secreta de las palabras”, y puede ganar sentimiento allí donde resigna lo conceptual. Su cine posee una reconocible debilidad por los objetos, las canciones, las pequeñas ceremonias y las frases destinadas a cargar de sentido una situación cotidiana. Lo que interesa es la persistencia de una mirada, de una firma reconocible.
Alba Rohrwacher comprende a su personaje desde el cuerpo. Sería sencillo interpretar a Marta acumulando señales de deterioro y derivar en personajes “conmovedores” al estilo del Hollywood que persigue un Oscar, pero aquí, por suerte, no hay nada de eso. Marta comienza a experimentar con mayor intensidad la vida cuando sabe que va a perderla. Sabe, como escribió Milan Kundera, que la vida está en otra parte. Que siempre está en otra parte.
“Tres adioses” (“Tre ciotole”, Italia-España, 2025). Dir.: Isabel Coixet. Int.: Alba Rohrwacher, Elio Germano, Silvia D’Amico.


