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16 de julio 2024 - 15:20

De Diego: "Hay regímenes a los que la cultura les cae mal"

Diálogo con el especialista en el mundo editorial a propósito de su nuevo libro, "La sagrada mercancía", donde desmenuza el presente del libro en el contexto político y económico.

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José Luis de Diego acaba de publicar su nuevo trabajo "La sagrada mercancía"

Un admirable y exhaustivo panorama del mundo de los libros en la Argentina ha ido estableciendo, libro a libro, el profesor y doctor en Letras (UNLP) José Luis de Diego, que ahora profundiza con “La sagrada mercancía” (Ampersand). Dialogamos con él.

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Periodista: ¿Qué tipo de mercancía es el libro, en especial la obra literaria?

José Luis de Diego: En “La otra cara de Jano” jugué con la idea de Pierre Bourdieu: “el editor es un personaje de dos caras, con una mira el dinero y con la otra la cultura”. Las dos caras forman una especie de oxímoron, cosas que se oponen o parecen rechazarse. Ahora, en “La sagrada mercancía” juego con la idea de Bertolt Brecht, en “Vida de Galileo”. “¡Oh irresistible presencia del libro, mercancía sagrada!”, que por un lado alude a lo trascendente, lo sublime, la alta literatura y por otro a un bien de cambio como cualquier otro.

P.: ¿Es como cualquier otro?

J. L. de D.: No, porque todo valor de cambio tiene un valor económico y otro simbólico. El libro es un soporte material que permite reproducir ideas, pensamientos, creación libre. Ese es un valor diferencial fundamental frente a cualquier bien de uso o de cambio. Y hay una diferencia entre un libro de medicina, jurídico o de autoayuda y uno de literatura. Eso tiene que ver con el contenido más que con el soporte. Todos son libros, y entran en un mercado con circulaciones diferentes. En realidad, el del libro es un mercado como cualquier otro. El contenido sí es diferente. La literatura tiene público, críticos y mecanismos de consagración diferenciados; y reglas que no comparten con otros libros, que circulan en otros mercados.

P.: ¿La obra literaria ayuda a establecer una identidad nacional?

J. L. de D.: Lo que llamamos "identidad nacional" es algo complejo de definir. En casi todos los países se advierte que ha habido operaciones de creación de su identidad. Operaciones que se han formulado con posterioridad, como parte de debates políticos. Ocurrió en países europeos en el siglo XIX, que además de querer territorio, moneda, simbología, querían tener su propia literatura. Y muchas veces buscaron las fuentes cuando esos países no existían.

P.: ¿Por ejemplo?

J. L. de D.: En España, en el siglo XIX, se comenzó a identificar lo español con el “Cantar del Mío Cid”, que es del siglo XI, cuando España no existía y era un conjunto de reinados aislados en guerra. En la Argentina a inicios del siglo XX Rojas y Lugones producen una operación para glorificar o canonizar el “Martín Fierro”. Son operaciones ideológicas. Algunas exitosas, algunas fracasadas, algunas disparatadas, que buscan en el pasado obras literarias que permitan fundar algo que nos identifique como país.

P.: ¿Estamos ante una nueva etapa de ataques a la cultura?

J. L. de D.: Hay regímenes a los que la cultura les cae mal. Lo sufrió, por dar un caso, Boris Spivacov, fundador del Centro Editor de América Latina, durante el onganiato. Ahora en la Argentina se está repitiendo. Hay algo cíclico en que gobiernos autoritarios o de ese perfil, surgidos de elecciones democráticas o no, tomen una actitud autoritaria respecto a la cultura. Aunque no la censuren, le quitan dinero, la hostigan para que no haga lo que debe hacer. Y hay algo más macro: un deterioro general del mundo de la cultura. En el mundo del libro se da a partir de la concentración de grupos y la empresarización de la cultura, que ha perdido su especificidad y se ha mezclado con el mundo de los negocios. Se han licuado las referencias: las personas que conviene escuchar, los autores que hay que leer. Ya no se discute el valor literario. Esta es una transformación de fondo que nos pone perplejos y alertas a quienes estamos dedicados a la cultura sobre qué diablos tenemos que hacer.

P.: ¿El mundo editorial pasó a ser la de “la edición sin editores”?

J. L. de D.: El escritor y editor André Schiffrin publicó “La edición sin editores” luego de que Random House se vendiera a la alemana Bertelsmann. Fue una herida narcisista en Estados Unidos que una editorial nacional se vendiera a un consorcio europeo. Schiffrin advierte un cambio de época, junto al cambio de siglo, en que los grandes consorcios editoriales, presionados por sus accionistas que reclaman una alta circulación de los productos y creciente rentabilidad. Eso en el mercado del libro es distinto a otros mercados, produce un bastardeo de los productos. Es que muchos de los capitales provienen de lugares que nada tienen que ver con el libro (a Yenny El Ateneo la compró una petrolera) imprimiendo lógicas de rentabilidad muy diferentes a las del mundo de los libros. Remplazan a los viejos editores por gerentes de marketing con un notable empobrecimiento de los productos.

P.: ¿Qué queda esperar?

J. L. de D.: Que los grandes conglomerados toquen trecho. En la Argentina había tres grandes hasta que Penguin Random House compró Santillana, y solo quedaron Penguin y Planeta. ¿Qué pasa si uno compra a otro? En Francia hubo un intento de ese tipo y tuvieron que aplicar leyes antimonopólicas. Que un grupo posea 75 por ciento de lo publicado es un riesgo enorme para el pensamiento. La alternativa es la edición independiente, que tiene un techo: no puede conseguir grandes autores porque se los llevan los grandes grupos. Tiene realidades diferentes, va de un editor de garaje que saca libros a años a Anagrama. Lo importante son las editoriales medianas que están creciendo con catálogos sustentables y que favorecen a la bibliodiversidad editando a autores que no les interesan a los grandes grupos.

P.: ¿El publisher venció al editor?

J. L. de D.: Cuando el publisher contrata directamente al autor a través de los agentes hay un borramiento del editor que produce un libro intelectualmente, aconseja y dialoga con el escritor. Esa figura se ha debilitado en algunos casos, en otros no, donde se le llama área de contenidos, a mí me sigue gustando llamarlo editor.

P.: ¿En que está ahora?

J. L. de D.: Sobre qué pasó con la edición de libros en los 80, cuando volvió la democracia.

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