Jorge Romero Brest en la que fuera la sala de música de su
casa de City Bell proyectada por el artista Edgardo Giménez,
quien también acaba de editar un libro sobre el crítico de
calidad inusual y valioso contenido.
"Le debo mucho a Jorge Romero Brest. Me introdujo en la realidad cultural porteña en el momento de su apogeo de la posguerra. Me invitó a participar en el jurado del Premio Di Tella en 1964, y es así como conocí y pude vivir los últimos años de la edad de oro de Buenos Aires, los últimos años de la presidencia del radical Illia, antes de la toma de poder por los militares", son las palabras del crítico francés Pierre Restany en uno de los textos incluidos en «Jorge Romero Brest, La cultura como provocación», concebido y editado hace pocos días por Edgardo Giménez. El diseño gráfico estuvo a cargo del estudio Prieto-Bonino y la publicación de más de 500 páginas con una magnífica impresión, fue posible gracias al apoyo de Nelly Di Tella, mujer de nuestro ex canciller.
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«Entendemos que la crítica, sin olvidar las reacciones sensibles y el juego de la imaginación, debe enriquecerse por sus fundamentos teóricos y por su modo inteligente de explorar la realidad, lo que no significa en modo alguno que la concibamos como una fría estructura de ideas».
Estas definiciones fueron escritas en 1948: si entonces pudieron asombrar por su novedad, todavía hoy conservan la frescura de su llamamiento. Son de Romero Brest (1905-88) y aparecieron en el número inicial de «Ver y Estimar», revista creada por él en 1947 y formalmente establecida en 1954. En esa revista, empieza el autor de esta nota su largo vínculo y aprendizaje con Romero Brest, integrando el consejo de redacción de la revista y participando a las reuniones de trabajo de los sábados que se hacían en un departamento de Samuel Oliver en la calle Tucumán. Romero Brest empieza a escribir sobre arte hacia 1929 pero su actividad se sistematiza al cabo de los años '30, primero en el diario socialista «La Vanguardia» (1939-40) y de inmediato en el periódico semanal « Argentina Libre», vocero del pensamiento antifascista (1940-46). Entre tanto, ha obtenido cátedras en la Universidad Nacional de La Plata, publicado su primer libro («El problema del arte y del artista contemporáneo», 1937), y difundido, a partir de 1945, los cinco tomos de su excelente «Historia de las artes plásticas», editada por Poseidón. En 1946, participa con Pettoruti, Lucio Fontana y Jorge Larco de la fugaz Escuela Altamira. En 1947, inicia sus ya legendarios cursos de estética y de historia del arte en la Librería Fray Mocho y el Colegio Libre de Estudios Superiores que sigue impartiendo durante más de dos décadas. La revista «Ver y Estimar», puso en circulación cuarenta y cuatro números (34, en el período 1948-53; y 10, de distinto formato, entre 1954 y 1955). Es «la única fuente de información, doctrina y crítica coherente» de su época, señala más tarde su director y animador. En verdad, no sólo es la única sino además la primera en su tipo en la Argentina contemporánea. Cuando, a fines de 1955, el gobierno provisional nombra a Romero Brest interventor en el Museo Nacional de Bellas Artes (el gobierno siguiente, presidido por Arturo Frondizi, lo hace director en 1958), coloca al hombre correcto en el lugar correcto.
Porque JRB, que en la década del 40 es ya un crítico y teórico respetado, en la del '50 se ha convertido en una figura de alto prestigio aquí y en el exterior. Vicepresidente de la Asociación Internacional de Críticos de Arte, es Presidente de la Sección Argentina, y jurado de importantes certámenes, entre ellos, la Bienal de Venecia.
El MNBA reabre sus puertas en junio de 1956. Pero se trata, en realidad, de otra institución. Romero Brest decía que en las salas del edificio de la avenida del Libertador 1473, saltó de la teoría a la práctica, porque no se limitó a reestructurar «el desquiciado Museo» sino también a «impulsar por nuevos caminos a los jóvenes creadores». La obra realizada allí por Romero Brest es incalculable: además de actualizar el MNBA a través de sus muestras, también lo puso al día en materia de organización museística y cultural. La renuncia a la dirección del MNBA, es motivada por la aceptación hecha en junio de 1962, por un secretario de Cultura del presidente Guido, de la donación que había ofrecido Cesáreo Bernaldo de Quirós (las 30 telas de su serie «Los gauchos», 1924-28) con destino al Museo. Romero Brest no fue consultado; de haberlo sido, hubiera rechazado el donativo. Cuando el Congreso se dispuso a homologar, en 1963, la aceptación gubernamental, JRB dimitió.
Pero si el Museo perdía un gran director, el Centro de Artes Visuales (CAV) ganaba no sólo un gran director sino además un gran teórico, que junto con Torcuato (padre) y Guido Di Tella convirtieron a Buenos Aires en un Centro Internacional de Arte, en esa década. Fundado en 1960, el Centro desarrollaba sus actividades -exposiciones y Premios en el Museo. Hasta que, en agosto de 1963, pudo inaugurar su sede propia en Florida 940, un edificio reciclado por Clorindo Testa y Francisco Bullrich. En adelante, pasa a ser «el Di Tella», nombre apocopado que le dan los artistas, la prensa y el público.
«Romero Brest concebía al Centro como una gran llave para la movilización y el cambio cultural y su visión totalizadora fue decisiva», recuerda el texto de Guido Di Tella, que inicia este gran documento de los años '60. El CAV -esa especiede faro en la llamada Gran Manzana- es también el territorio de un grupo de jóvenes artistas a quienes JRB incita a buscar otra filosofía del arte -un arte sin arrogancias ni solemnidades, transitorio y gozoso como la vida- y, cuyo símbolo en ese momento es Marta Minujin, con sus dos ambientaciones de 1965, «La menesunda» y «El batacazo». Sin embargo, el gran momento de ruptura son las Experiencias de 1967 y 1968, en las que intervienen artistas como Giménez, Stoppani, Trotta, Lamelas, Paksa, Boni, Plate, entre otros, y en las cuales asoman, esbozadas, las primicias del conceptualismo. El CAV desaparece formalmente en el otoño de 1970, por razones políticas y económicas. Pero ese lustro que va de 1964 hasta 1969 quedará ligado no sólo a la historia del arte en la Argentina sino también a la del país mismo. «Trabajar en este libro me ha dado una enorme satisfacción: me permite sentir que la obra de Romero Brest aún tiene peso en el mundo, que su desaparición no es total y que la gente nuevade nuestro país - tan propenso al olvido - tendrá la oportunidad de conocer su obra y de valorar su trascendencia», reconoce hoy Edgardo Giménez.
Cuando se celebraron los ochenta años de Romero Brest en el Hotel Libertador-Kempinski, en 1985, no había cesado su incansable tarea de crítico y teórico, de conferencista y polemista, de pensador y maestro, ni cesó hasta el 12 de febrerode 1988, cuando se apagó su vida. «El hombre que quiere ser libre armoniza sus actitudes éticas y estéticas, rechaza los refinamientos banales y la pudibundez de toda moral obsoleta, sin caer en la trampa de una ideología estancada». No hay duda alguna de que Jorge Romero Brest no sólo quiso ser libre: lo fue, cabalmente, en materia de arte y de vida. Por eso pudo enseñar a muchos a seguirlo.
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