Haciendo gala de una ingenuidad digna del Agente 86 (eso sí, compensada con un savoir faire muy porteño) Alfonso decide enfrentar a sus perseguidores con la ayuda de Mara, su bella administradora. Pero antes inicia un entrenamiento en diversas técnicas de defensa (incluido el aprendizaje de húngaro). Tras algunos contactos en Colombia ambos llegan finalmente a Hungría, donde mantienen un desopilante encuentro con la maffia local. Las maniobras de Alfonso surten efecto gracias a su sangre fría, a los archivos secretos de su amigo André y a unos cuantos pasaportes falsos.
Tal vez no resulte del todo creíble que un hombre tan convencional termine envuelto en aventuras tan peligrosas, pero el humor casi inglés del personaje, su tendencia a no tomarse muy en serio a sí mismo, invita al lector a acompañarlo y a entretenerse con él.
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