Es imposible resistirse a la fascinación de esta vigorosa novela de Barbara Kingsolver inspirada en sus recuerdos de infancia en el Congo Belga (hoy República del Zaire).
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La autora afirma que se trata de una obra de ficción y que sus personajes principales son «pura invención», pero cuesta creerlo. La complejidad de los hechos narrados, la espesura dramática de ciertos incidentes y el profundo impacto del que dan cuenta los propios protagonistas, hacen que todo tenga una carnadura engañosamente real.
La familia Price (un matrimonio norteamericano con cuatro hijas) llega al Congo para una estadía de doce meses, que por diversas complicaciones se prolonga un tiempo más. Nathan Price es un pastor protestante, obsesionado en bautizar infieles y poner punto final a su moral pagana. El choque entre ambas culturas no se hace esperar, reflejado en infinidad de curiosas anécdotas donde la sabiduría primitiva termina, casi siempre, arrasando la lógica occidental. Kingsolver pinta bien al detalle las paupérrimas condiciones de vida en una aldea africana de los años '60, en medio del turbulento clima sociopolítico que rodeó a la independencia del Congo. Pero, su novela, como todo buen exponente del género, desarrolla un cosmos propio. Todas las referencias a la realidad exterior se funden con la vida de los protagonistas, logrando que cada tema adquiera una dimensión universal.
La narración, escrita en primera persona, reúne a cinco voces femeninas que van alternando en cada capítulo su versión de los hechos. La madre, bondadosa pero muy sometida a la voluntad del marido, expresará su dolor a través de un exquisito relato de aliento poético. Mientras que sus hijas (tres adolescentes y una niña de 5 años) darán rienda suelta a sus emociones y sentimientos con una lucidez, a veces, escalofriante. La ironía y el humor, presentes a menudo en sus comentarios, irán reflejando también un creciente rencor hacia sus padres, en quienes nunca logran encontrar el amparo anhelado.
Intensidad
Madre e hijas resumen su intensa relación con Africa en cuatro bloques principales: «las cosas que llevamos», «las cosas que aprendimos», «las cosas que perdimos» y «las cosas que nos llevamos». En cambio, el padre, enfermo de soberbia e intolerancia, sólo persevera en sus equivocaciones lo que tendrá consecuencias nefastas para toda la familia.
El lenguaje es otro gran protagonista de la novela, empezando por los errores del padre, quien para ganar adeptos a su iglesia, chapurrea una lengua que en realidad desprecia. Su mala pronunciación hace que las palabras cambien de sentido hasta envenenar literalmente la figura de ese Dios cristiano que nadie quiere venerar. «Pasé casi treinta años esperando poseer la sabiduría y madurez que me permitieran escribir este libro», confiesa Barbara Kingsolver. Sólo cabe agregar que dicha espera fue compensada con creces.
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